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La ganadería devora los bosques: México pierde selvas por pastos

Tres de cada cuatro árboles talados en México desaparecen para criar ganado. Un modelo económico que hipoteca el futuro ambiental del país.
La ganadería devora los bosques: México pierde selvas por pastos

Ganadería industrial: el motor silencioso de la deforestación en México

En las profundidades de los registros de la Comisión Nacional Forestal mexicana yace una cifra inquietante: casi tres cuartas partes de toda la pérdida permanente de bosques en el país obedece a una razón específica. No es la urbanización caótica, ni la minería a cielo abierto, ni siquiera la tala ilegal para madera. Es la ganadería.

Cuando el ganado llega a un territorio forestal, lo que queda atrás no es regeneración: es ausencia. La conversión de selvas y bosques templados en pastizales representa el 73% de la deforestación bruta documentada oficialmente en México, según datos de la autoridad forestal nacional. Esta cifra no es un accidente estadístico ni una anomalía temporal. Es la consecuencia directa de décadas de políticas de expansión ganadera sin regulación ambiental efectiva.

Un patrón que se repite en toda América Latina

México no experimenta este fenómeno en soledad. Desde el Amazonas brasileño hasta los bosques de Guatemala, la ganadería extensiva se ha posicionado como la principal amenaza para los ecosistemas forestales latinoamericanos. En Brasil, estudios independientes señalan que la crianza de ganado vacuno demanda más territorio que cualquier otra actividad económica, superando incluso a la agricultura comercial a gran escala.

La región enfrenta una paradoja incómoda: mientras gobiernos y corporaciones promueven la ganadería como motor de desarrollo rural y empleo, los bosques que sostienen la regulación climática, la biodiversidad y los servicios ecosistémicos desaparecen bajo el casco del ganado. Para 2024, México ha experimentado pérdidas forestales que continúan la tendencia histórica, con millones de hectáreas convertidas permanentemente en pasturas.

¿Por qué es tan rentable destruir el bosque?

La respuesta económica es brutal en su simplicidad: la ganadería extensiva requiere poco capital inicial y genera ingresos visibles a corto plazo. Un campesino o un ganadero comercial puede limpiar un bosque, sembrar pasto y comenzar a criar animales con una inversión mínima comparada con otras actividades productivas. Los costos ambientales reales nunca aparecen en el balance contable.

El modelo se reproduce porque funciona para ciertos actores económicos, aunque fracasa espectacularmente para el interés público. Las ganancias privadas de hoy se transforman en pasivos ambientales compartidos por toda la sociedad: pérdida de captura de carbono, reducción de biodiversidad, alteración de ciclos hídricos y mayor vulnerabilidad a eventos climáticos extremos.

Consecuencias que trascienden las fronteras

La deforestación para ganadería no respeta límites jurisdiccionales. Los bosques mexicanos actúan como sumideros de carbono y generadores de precipitación que afectan patrones climáticos regionales. Su destrucción incide en la estabilidad climática de toda América del Norte y contribuye marginalmente al calentamiento global que impacta a todos.

Además, estos bosques albergan especies endémicas cuya extinción sería irreversible. Los ecosistemas forestales mexicanos, particularmente las selvas tropicales del sureste y los bosques templados del centro, contienen reservas de biodiversidad que científicamente apenas comenzamos a comprender.

¿Hacia dónde avanzar?

La solución no es prohibir la ganadería, actividad que sustenta a miles de familias rurales. Se requiere transformación: intensificación de sistemas productivos en tierras ya degradadas, certificación ambiental real con consecuencias, créditos para reconversión agroforestal, y—lo más importante—voluntad política para hacer cumplir las regulaciones existentes.

Países como Costa Rica han demostrado que es posible aumentar cobertura forestal mientras se mantienen actividades ganaderas, mediante la combinación de incentivos económicos, control ambiental estricto y apoyo a ganaderos que adoptan prácticas regenerativas.

México posee la legislación ambiental necesaria. Lo que falta es su aplicación consecuente. Mientras tanto, cada mes que pasa, hectáreas de bosque se transforman irreversiblemente en pastizal. La pregunta que debe responderse es si el costo de esta conversión justifica sus beneficios económicos limitados frente a la pérdida de servicios ecosistémicos invaluables para el presente y futuro del país.

Información basada en reportes de: Jornada.com.mx

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