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Parteras indígenas resisten reforma sanitaria que amenaza su autonomía

Defensoras de la medicina tradicional advierten que nueva norma busca subordinar el conocimiento ancestral al sistema de salud estatal.
Parteras indígenas resisten reforma sanitaria que amenaza su autonomía

El pulso entre dos saberes: parteras indígenas contra la estandarización estatal

En las comunidades indígenas de México persiste una batalla silenciosa pero tenaz. No es una confrontación armada, sino epistémica: la lucha por preservar formas ancestrales de atención al parto frente a marcos regulatorios que, bajo la promesa de modernización, amenazan con absorber y domesticar conocimientos transmitidos de generación en generación.

La nueva Norma Oficial Mexicana (NOM) 020-SSA-2025 ha encendido las alarmas entre organizaciones de parteras tradicionales. El punto de fricción es claro: estas defensoras del saber ancestral denuncian que el documento pretende subordinar la partería indígena y tradicional a la estructura vertical de la Secretaría de Salud, con lo que se reduciría a simple tramitología lo que es, en realidad, un sistema integral de conocimiento.

Autonomía versus tutela: el nudo del conflicto

Amparo Calderón, vocera de la Comunidad de Casas de Medicina Tradicional y Partería Indígena en México, ha expresado con claridad la preocupación que recorre los territorios: esta normativa no busca reconocer, sino encauzar. La palabra «tutela» es clave en su crítica. Tutela implica control, supervisión, la imposición de una lógica que considera al Estado como padre protector de sabidurías que supuestamente requieren ordenamiento.

La partería tradicional no opera bajo los mismos parámetros que la medicina occidental. Su enfoque es holístico: contempla el bienestar emocional, espiritual y comunitario de la gestante. Implica rituales, conocimiento de plantas medicinales locales, técnicas de masaje específicas, y fundamentalmente, una relación de confianza construida dentro de la propia comunidad. Cuando una mujer indígena recibe a su partera, no está accediendo a un «servicio de salud» en el sentido biomédico, sino participando en un evento comunitario enraizado en cosmologías propias.

Un precedente latinoamericano preocupante

Esta tensión no es exclusiva de México. Desde hace décadas, países como Guatemala, Perú y Bolivia han experimentado procesos similares donde gobiernos han intentado institucionalizar la partería tradicional bajo marcos nacionales. Los resultados son mixtos: mientras algunos reconocimientos han traído beneficios económicos, otros han resultado en la pérdida progresiva de autonomía y hasta el despojo cultural.

En Perú, por ejemplo, iniciativas de «interculturalidad en salud» que sonaban progresistas derivaron en que parteras tradicionales terminaran ocupando posiciones subordinadas en hospitales, completando formularios diseñados desde Lima por especialistas que desconocen los contextos locales. La lógica fue siempre la misma: integración como sinónimo de mejora.

El riesgo de la homogeneización

Lo que estas defensoras advierten es el riesgo de la homogeneización. Una norma única, emanada desde la capital, no puede contemplar la diversidad de partería que existe en Oaxaca, en Yucatán, en Chiapas, en las sierras de Guerrero. Cada región tiene sus propias prácticas, sus propias plantas, su propia sabiduría acumulada.

Además, existe una dimensión económica importante. Si las parteras tradicionales deben cumplir con requisitos de certificación diseñados para profesionales de medicina occidental, muchas simplemente quedarán fuera del sistema. Y las mujeres de sus comunidades perderán acceso a figuras en las que confían, a quienes pueden pagar, y que entienden su lengua y su cosmovisión.

Una deuda histórica pendiente

México tiene una deuda histórica con sus pueblos indígenas. Durante siglos, sus saberes fueron criminalizados y perseguidos. El reconocimiento formal de la partería tradicional debería significar respeto genuino a su autonomía, no su absorción burocrática. Reconocer no es lo mismo que regularizar desde arriba.

Las parteras indígenas piden, justamente, eso: ser reconocidas en su libertad, no tuteladas en su subordinación. La pregunta que permanece en el aire es si el Estado está realmente dispuesto a aprender de estos saberes o solo a domesticarlos.

Voces que resisten

Organizaciones como la Comunidad de Casas de Medicina Tradicional continúan alzando sus voces en espacios legislativos y públicos. Su insistencia es una lección para toda América Latina: los pueblos indígenas no necesitan que les enseñen sobre sus propias tradiciones. Lo que necesitan es que se respete su derecho a decidir cómo se transmiten, quién las practica, y bajo qué condiciones.

En el fondo, esta es una batalla por la autodeterminación. Y en un país de profundas raíces indígenas como México, las respuestas que se den aquí resonarán en todo el continente.

Información basada en reportes de: Jornada.com.mx

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