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Criptomonedas estables: ¿la solución real para pagos en América Latina?

Las stablecoins prometen revolucionar transacciones y remesas con costos radicalmente menores, pero ¿qué hay detrás del discurso tecnológico?
Criptomonedas estables: ¿la solución real para pagos en América Latina?

El atractivo de las criptomonedas estables en la región

Cuando hablamos de pagos en América Latina, nos encontramos ante un ecosistema fragmentado. Cada país tiene sus propias barreras bancarias, tasas inflacionarias y restricciones regulatorias. En este contexto, las stablecoins —criptomonedas diseñadas para mantener un valor fijo, típicamente vinculado al dólar estadounidense— han comenzado a ganar tracción como alternativa para transferencias de dinero y comercio digital.

Los números que circulan en la industria son, francamente, impresionantes. Se habla de reducciones de costos que rondan el 99% comparadas con sistemas de remesas tradicionales. Para una región donde millones de personas dependen de giros desde el exterior —generando miles de millones en comisiones para intermediarios— esta promesa no es trivial. Pero conviene examinar el fenómeno con cuidado.

Desmantelando la narrativa corporativa

Primero, hay que ser honesto: estos números provienen de empresas con interés directo en que adoptes sus plataformas. Polygon, la red que impulsa este discurso, es una solución blockchain que se beneficia directamente si más personas transan en su infraestructura. Eso no la hace necesariamente incorrecta, pero sí requiere contexto.

Las stablecoins realmente sí ofrecen costos de transacción menores que Western Union o sistemas bancarios tradicionales. Un envío de remesas internacional típico en Latinoamérica cuesta entre 5% y 10% del monto. Una transferencia cripto puede costar fracciones de centavo. Ese diferencial es real y significativo.

Pero aquí viene el pero: esos números de «99% más baratos» comparan transacciones de criptomonedas con el sistema financiero más ineficiente de la región. No todos los servicios tradicionales cuestan lo mismo. Un banco a banco es más barato que un remesador. Y la comparación con «sistemas tradicionales» es vaga: ¿cuál sistema? ¿En qué país?

Los obstáculos que la industria minimiza

Segundo, hay un abismo entre lo técnicamente posible y lo socialmente viable. Una stablecoin es solo un token en una blockchain. Para que funcione en la práctica, necesitas que gente en ambos lados tenga acceso a internet, una billetera digital, comprenda cómo usarla, y confíe en que su valor se mantendrá. En Latinoamérica, donde la inclusión financiera es parcial y la desconfianza en activos digitales es considerable, esto es una barrera no trivial.

Además está el problema regulatorio. La mayoría de países latinoamericanos aún define su posición sobre criptomonedas. El Salvador adoptó Bitcoin como moneda de curso legal en 2021, pero el experimento ha sido caótico. México y otros países mantienen posiciones cautelosas. Una industria que prospera en grietas regulatorias no es una industria que pueda escalar indefinidamente.

¿Dónde realmente podrían brillar?

Dicho esto, las stablecoins tienen casos de uso legítimos en la región. Para remesas entre inmigrantes latinoamericanos, entre comerciantes internacionales y para personas que ya han sido excluidas del sistema bancario, pueden ser una herramienta valiosa. El comercio transfronterizo entre países latinoamericanos podría beneficiarse genuinamente de una infraestructura de pagos más barata y rápida.

Las fintechs están explorando esto, algunos países están diseñando marcos regulatorios, y hay innovación real sucediendo. Pero no es la revolución total que sugieren algunos comunicados de prensa.

La pregunta que importa

El verdadero interrogante no es si la tecnología funciona —funciona—, sino quién se beneficia y a qué costo. Si las stablecoins reducen costos de transacción pero concentran poder en plataformas privadas, ¿es un progreso? Si requieren acceso a internet y educación financiera, ¿llegará a quienes más lo necesitan? Y si dependen de que gobiernos regulen favorablemente, ¿qué sucede si esas reglas cambian?

La tecnología es una herramienta. Puede democratizar pagos o puede crear nuevas formas de exclusión. En Latinoamérica, históricamente, hemos visto ambas. Por eso, mientras seguimos la evolución de las stablecoins, vale la pena mantener el escepticismo productivo. El progreso no se mide solo por números impresionantes, sino por accesibilidad real.

Información basada en reportes de: Diariobitcoin.com

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