La ciencia mexicana existe y funciona: el desafío es escalarla
Durante años, la narrativa sobre la ciencia en México ha oscillado entre el pesimismo paralizante y la negación de realidades. Sin embargo, una verdad incómoda permanece en el fondo: México produce investigación de calidad. El problema nunca ha sido la capacidad de los científicos mexicanos, sino los ecosistemas institucionales que los rodean y las políticas públicas que los financian.
Este reconocimiento, ahora más visible en los espacios de decisión gubernamental, representa un giro conceptual importante. No se trata solamente de celebrar lo que ya existe, sino de reconocer que existe un margen significativo para amplificar el impacto de ese trabajo científico en la solución de problemas nacionales urgentes.
Una oportunidad política diferente
Lo que diferencia este momento es la presencia de voluntad estatal en impulsar iniciativas estratégicas que vinculen la investigación con las necesidades reales del país. Educación de calidad, salud pública, transición energética, seguridad alimentaria: todos estos desafíos tienen componentes científico-tecnológicos que México está en condiciones de abordar desde sus propias capacidades.
La innovación aplicada es particularmente relevante aquí. Mientras que la ciencia básica genera conocimiento fundamental, la capacidad de convertir ese conocimiento en soluciones concretas determina si la inversión en investigación produce beneficios medibles para la población. México ha demostrado tener esa capacidad en sectores como biotecnología, energías renovables y tecnologías de información, aunque estos esfuerzos permanecen fragmentados y poco visibles.
La necesidad de pensamiento colectivo
Sin embargo, avanzar requiere abandonar el trabajo en silos. La investigación científica contemporánea es cada vez más colaborativa, multidisciplinaria y abierta. Un investigador mexicano trabajando en la UNAM, otra en una universidad privada, y un tercero en un laboratorio público, frecuentemente ignoran el trabajo de los otros. Esta desconexión genera duplicación de esfuerzos y desperdicio de recursos, un lujo que el presupuesto científico mexicano no puede darse.
La convocatoria hacia el trabajo colectivo implica crear mecanismos formales de coordinación. Rondas de financiamiento colaborativo, plataformas de información sobre investigaciones en curso, espacios de encuentro regular entre investigadores de diferentes instituciones. Estos elementos existen en otros países latinoamericanos y europeos, con resultados demostrables en términos de productividad y relevancia científica.
Mirada internacional, raíces locales
Simultáneamente, abrirse a colaboraciones internacionales no es traición a lo local: es multiplicar capacidades. Brasil, Colombia y Argentina han avanzado notablemente en ciencia de calidad mundial justamente porque construyeron redes regionales que no anulan sino potencian la investigación nacional. Un científico mexicano colaborando con pares en Chile o Perú en un proyecto de adaptación al cambio climático no abandona México; lo representa.
La pregunta que debe guiar la política científica mexicana en los próximos años no es si tenemos capacidad científica. Claramente la tenemos. La pregunta correcta es: ¿estamos diseñando instituciones y políticas que permitan que esa capacidad florezca, se conecte, escale y resuelva problemas?
El factor educativo que nadie menciona
Uno de los aspectos menos discutidos en estos debates es cómo la educación básica y media condiciona el futuro de la ciencia. Un país que no forma lectores críticos, que no desarrolla pensamiento científico desde primaria, que no cultiva curiosidad por la naturaleza, inevitablemente tendrá dificultades para mantener comunidades científicas robustas. La ciencia no brota solamente de universidades; comienza en aulas donde se enseña a cuestionarse y a verificar.
Los esfuerzos recientes por impulsar educación STEM en escuelas públicas mexicanas avanzan en la dirección correcta, aunque lentamente. La relación entre una población científicamente alfabetizada y la capacidad de un país para generar innovación es directa y comprobada.
Un horizonte con condicionales
El optimismo sobre la ciencia mexicana debe ser realista. No basta el reconocimiento político si no va acompañado de presupuesto consistente, independencia institucional para los investigadores, y políticas que atraigan talento joven. México ha experimentado fuga de cerebros; retenerlos requiere más que discursos.
Pero hay motivos para la esperanza. Existe capacidad. Existe ahora, aparentemente, interés político. Lo que falta es la paciencia institucional para sostener políticas científicas a través de ciclos electorales, y la humildad para aprender de experiencias como la de otros países latinoamericanos que han transitado este camino.
La pregunta no es si México puede. Claramente puede. La pregunta es si tenemos el coraje político para construir los sistemas que lo permitan.
Información basada en reportes de: Jornada.com.mx