La ilusión del progreso: cuando la política elige bombas sobre pan
Hay momentos en la historia donde uno se detiene y se pregunta si realmente avanzamos o simplemente giramos en círculos cada vez más peligrosos. Estamos en uno de esos momentos. Los arsenales nucleares globales se expanden, los presupuestos militares rompen récords año tras año, y mientras tanto, en América Latina y el mundo entero, millones de personas luchan por acceso a educación, agua potable y alimentos dignos. No es dramatismo; es matemática política pura.
La paradoja es desconcertante. Somos la generación que cuenta con más tecnología, más datos, más conexión global que nunca en la historia humana. Científicamente sabemos qué se necesita para erradicar la pobreza extrema. Económicamente tenemos recursos suficientes. Políticamente… bueno, allí está el problema. Porque «hacer política» parece haberse reducido a decisiones que contradicen cualquier lógica de supervivencia colectiva.
En las últimas décadas, los gastos militares mundiales han alcanzado niveles obscenos. Los cinco países con mayores presupuestos de defensa gastan más que el resto del mundo combinado. Mientras tanto, la Organización Mundial de la Salud documenta que invertir un dólar en educación primaria retorna siete dólares en beneficio económico y social. ¿Y aún así elegimos las armas? Es una decisión, no una inevitabilidad. Y toda decisión política es reversible.
Para América Latina, esta dinámica global tiene consecuencias directas. Nuestros países, muchos aún convalecientes de décadas de conflicto armado, absorben lecciones peligrosas: que la fuerza militar es moneda válida, que la carrera armamentista es normalidad, que la seguridad se compra con fusiles. México, Colombia, Perú enfrentan violencias que se retroalimentan precisamente de esta lógica: más armas, más conflicto, más demanda de armas. Es una profecía autocumplida.
Algunos dirán que la disuasión nuclear mantiene el equilibrio. Otros argumentarán que la defensa nacional es un derecho inalienable. Ambos tienen puntos válidos. Pero la pregunta incómoda persiste: ¿a costa de qué? Cuando un país gasta el 3 o 4% de su PIB en defensa mientras sus escuelas carecen de maestros y sus hospitales de medicinas básicas, no se trata de seguridad racional. Se trata de prioridades distorsionadas por la historia, el miedo y la falta de imaginación política.
Lo que es verdaderamente revolucionario—lo que requeriría coraje político real—sería repensar estas prioridades. No de forma ingenua o desarmada, sino estratégica. Brasil, hace años, consideró seriamente reducir gastos militares para invertir en universidades. Uruguay ha mantenido un perfil de defensa modesto mientras invierte en educación. No son países invadidos ni sumidos en caos. Son excepciones que prueban que alternativas existen.
La civilización no se mide por la sofisticación de sus armas, sino por cómo trata a sus ciudadanos más vulnerables. Por cuántos niños pueden ir a la escuela. Por si una madre puede acceder a atención médica prenatal. Por si un joven tiene perspectivas de empleo digno sin necesidad de empuñar un arma.
Hacer política, en su sentido más noble, significa articular visiones de futuro que trasciendan el ciclo infinito de amenaza y contraamenaza. Significa atreverse a preguntarse: ¿y si invirtiéramos como si nuestros hijos realmente importaran? No es utopía; es pragmatismo duro. Porque los arsenales nucleares no alimentan a nadie. Las universidades sí. Los hospitales sí. La educación técnica sí.
La pregunta para cada gobernante, para cada congresista en América Latina y el mundo es simple: ¿Qué tipo de legado queremos dejar? La respuesta está en el presupuesto.
Información basada en reportes de: El Financiero