¿Qué perdió el marxismo cuando ignoró la etnicidad?
Durante décadas, la izquierda latinoamericana operó con un lente que distorsionaba la realidad. Bajo la premisa de que todas las contradicciones se reducían a la lucha de clases, muchos intelectuales marxistas simplificaron brutalmente las demandas de pueblos indígenas y comunidades afrodescendientes. Asumieron que la emancipación económica lo resolvería todo, como si la identidad cultural, la tierra ancestral y la cosmovisión fuesen asuntos secundarios que se resolverían automáticamente después de la revolución.
Fue un error estratégico y teórico colosal. En América Latina, donde la explotación de clase se entrelaza inextricablemente con la opresión étnica y la colonialidad, ignorar esta realidad no era solo incompleto: era ciego. Los pueblos originarios no luchaban únicamente por salarios dignos; luchaban por existencia, por territorio, por la supervivencia de sus lenguas y saberes. Los afrodescendientes no buscaban solo inserción en mercados laborales; demandaban reconocimiento de su humanidad negada por siglos.
En los años sesenta, algunos pensadores comenzaron a interrogar estas contradicciones del marxismo occidental. Buscaban rescatar aquello que la ortodoxia había enterrado: la posibilidad de entender cómo las opresiones étnicas y las económicas se refuerzan mutuamente, cómo funcionan simultáneamente en sociedades desigualmente estructuradas. Esta búsqueda no representaba una traición al materialismo histórico, sino su prolongación inteligente hacia territorios que la teoría clásica nunca habitó.
Un marxismo que escucha
Lo que algunos denominan etnomarxismo no es una fusión superficial de dos marcos teóricos. Es el reconocimiento de que las sociedades latinoamericanas operan bajo lógicas múltiples y superpuestas de dominación. No se trata de sumar identidades a una fórmula económica preexistente, sino de repensar completamente cómo funciona el poder en contextos donde la conquista colonial estableció jerarquías no solo de clase sino de raza, cultura y pertenencia territorial.
Un indígena explotado como trabajador enfrenta una opresión que no es puramente económica. Su marginalización incluye la negación histórica de su lengua, sus instituciones políticas propias, su cosmovisión. Un campesino sin tierra en Bolivia no es solo un proletario; es alguien cuya comunidad fue desposada durante 500 años. Estas realidades requieren herramientas analíticas que el marxismo ortodoxo simplemente no proporcionaba.
La importancia de revitalizar estos debates radica en que aún nos enfrentamos a las mismas injusticias. En México, Perú, Bolivia, Colombia y Ecuador, los pueblos indígenas siguen siendo los más pobres estadísticamente. ¿Es coincidencia? No. Es el resultado de cómo el capitalismo heredó y perpetuó estructuras de explotación étnica. Atacar una sin considerar la otra es trabajar con las manos atadas.
¿Por qué esto importa hoy?
Cuando ignoramos estas intersecciones, los movimientos políticos fracasan o se distorsionan. Hemos visto cómo gobiernos progresistas se han desmoronado parcialmente porque no integraron genuinamente las demandas étnicas en sus proyectos de cambio. Hemos presenciado cómo la derecha ha cooptado discursos identitarios, llenando el vacío que la izquierda dejó.
Pensar seriamente en cómo la etnicidad y la clase operan juntas no es un lujo intelectual. Es una necesidad política. Los movimientos más potentes en América Latina en los últimos años —indígenas, afrodescendientes, feministas— han comprendido intuitivamente que sus luchas no pueden limitarse a un solo eje de análisis. Demandan reconocimiento, territorio, poder político y redistribución económica simultáneamente.
La pregunta que deberíamos hacernos no es si el etnomarxismo es una tendencia académica legítima. La pregunta verdadera es: ¿podemos seguir pensando la transformación social en América Latina sin integrar seriamente la etnicidad en nuestro análisis? La historia sugiere que no. Y mientras sigamos evitando esta conversación, las estructuras de dominación seguirán ganando.
Información basada en reportes de: Jornada.com.mx