El espejo incómodo de nuestras decisiones
Hace apenas una década parecía que habíamos aprendido. Que la historia de destrucción masiva, de guerras que diezmaron continentes, de armas capaces de borrar civilizaciones en segundos, era un capítulo clausurado. Una lección cara pero finalmente asimilada. Hoy, con la frialdad de quien observa desde fuera, vemos cómo esa ilusión se desmorona con cada anuncio de inversión militar, con cada nuevo arsenal nuclear activado, con cada recurso que se desvía hacia la guerra cuando podría alimentar vidas.
No es dramatismo. Es aritmética simple. Los presupuestos de defensa mundial alcanzan cifras astronómicas mientras 735 millones de personas viven en pobreza extrema. En América Latina, donde casi el 30% de la población enfrenta inseguridad alimentaria, algunos gobiernos destinan más dinero a armamento que a educación. Es una declaración política más clara que cualquier discurso: hemos decidido colectivamente que la capacidad de destruir vale más que la capacidad de construir.
La paradoja latinoamericana
Nuestra región vive una contradicción particularmente aguda. Países que libraron guerras civiles devastadoras durante décadas, que conocen en carne propia el costo de los conflictos armados, hoy se suman a la carrera por modernizar arsenales. ¿Qué lecciones olvidamos? ¿Quién nos vendió la idea de que la seguridad viene de las armas y no de la educación, la salud, el empleo digno?
Los datos internacionales son inequívocos. Desde 2015, el gasto militar global se incrementó 60%. Mientras tanto, la inversión en desarrollo sostenible se estancó. Es una prioridad invertida, una política que confunde medios con fines. Porque ningún misil resuelve pobreza. Ninguna ojiva nuclear educa a un niño. Ningún submarino de última generación cura el desempleo que genera desesperación.
La política reducida a su peor expresión
Lo más perturbador es reconocer que esto es política en su sentido más crudo: la asignación de recursos escasos según valores y prioridades. Y nuestros líderes, democráticamente elegidos, están diciendo sin ambages: preferimos bombas. Algunos lo justifican con amenazas geopolíticas reales, otros con narrativas de seguridad nacional que funcionan como comodín para cualquier presupuesto militar.
Pero la política también puede ser otra cosa. Puede ser el arte de construir futuro, de priorizar vida sobre muerte, de imaginar que los recursos que hoy gastamos en capacidad destructiva podrían transformar sistemas educativos, derrotar pandemias, crear empleos dignos. Eso también es política. Y parece ser la que dejamos ir.
¿Quién se atreve a cambiar el libreto?
Vivimos en la era de los presupuestos participativos, de democracias exigentes, de ciudadanía que grita en las calles. Tenemos herramientas para presionar por otros gastos, otras prioridades. Pero falta voluntad política, esa que emerge cuando los ciudadanos realmente demandan cambio.
No se trata de pacifismo ingenuo. Cualquier estado requiere defensa legítima. Pero hay una diferencia abismal entre defensa y carrera armamentista. Entre seguridad razonable y acumulación de capacidad destructiva que no responde a ninguna amenaza existencial real, sino a narrativas de poder y rivalidad.
La pregunta que deberíamos hacer en cada elección, en cada debate público, es simple: ¿qué clase de sociedad queremos? ¿Una que invierte en armas nucleares que jamás usará, o una que invierte en escuelas que transforman vidas hoy? La respuesta define quiénes somos. Y hasta ahora, la política está respondiendo de forma avergonzante.
Información basada en reportes de: El Financiero