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Italia en la encrucijada: Bosnia decide si hay Mundial o crepúsculo

Los azzurri buscan resurrección en el playoff europeo mientras Dinamarca, Turquía y Suecia también luchan por viajar a Qatar. Una noche de verdad para Mancini y compañía.

Italia en la encrucijada: Bosnia decide si hay Mundial o crepúsculo

La Nazionale italiana llega a Sarajevo con un peso que va mucho más allá de tres puntos o noventa minutos de fútbol. Es la oportunidad de resarcirse de un fantasma que persigue al calcio transalpino desde hace dieciocho años: la ausencia del Mundial. Porque sí, aunque cueste trabajo creerlo, Italia no pisaba una Copa del Mundo desde Brasil 2014, una eternidad en el calendario futbolístico moderno.

Bajo la dirección técnica de Roberto Mancini, los italianos lograron romper un ciclo negativo ganando la Eurocopa 2020 hace apenas un año y medio. Ese título parecía el punto de partida de una nueva era dorada, el renacimiento de una potencia que había perdido brújula. Pero los playoffs de clasificación para Qatar ponen a prueba si aquel éxito fue consolidación de un proyecto o destello fugaz de gloria.

El escenario es tan dramático como la narrativa que lo rodea. No es un rival cualquiera en una cancha cualquiera. Bosnia-Herzegovina, una nación futbolística que ha sufrido su propio calvario histórico, juega en Sarajevo, una ciudad donde cada partido es catarsis colectiva, donde el deporte trasciende las rayas de cal y se convierte en prolongación de identidad nacional. Los italianos saben que allí enfrentarán más que un equipo: enfrentarán la pasión de un pueblo que entiende el fútbol como salvación emocional.

Las otras historias que también tiemblan

Pero la presión sobre la Azzurra no es solitaria. En este playoff europeo que define el futuro de cuatro selecciones, otras gigantes también juegan su supervivencia mundialista. Dinamarca, vigente subcampeona de Europa, llega como candidata seria pero no intocable. Suecia, con su tradición nórdica y su capacidad de sorpresa, busca volver a un Mundial después de años de ausencia relativa. Y Turquía, siempre peligrosa, siempre impredecible, aspira a meterse nuevamente en la competición máxima.

Lo que hace especial el encuentro italiano es la magnitud de lo que representa. Italia no es solo otro país europeo persiguiendo un boleto. Italia es una de las cuatro potencias históricas del fútbol mundial, ganadora de cuatro Mundiales, dueña de una filosofía táctica que ha influido globalmente, creadora de dinastías defensivas y cuna de técnicos que revolucionaron el juego. Verla temblando por clasificarse suena casi herético, pero es la realidad brutal del fútbol moderno donde no existen garantías ni derechos adquiridos.

Mancini y el legado de la redención

Roberto Mancini tiene en sus manos la responsabilidad de ser el arquitecto de la resurrección o el testigo del ocaso. El técnico italiano ha demostrado su capacidad de regeneración en proyectos complejos, pero esto es diferente. Es la posibilidad de escribir un párrafo más en su propia leyenda: el hombre que devolvió a Italia a la gloria después de la década perdida. O bien, el que no pudo sostener el impulso de Wembley.

Desde una perspectiva latinoamericana, el drama italiano resuena porque toca temas universales del deporte: la renovación generacional, la presión de la historia, el peso del pasado glorioso. Así como Argentina vivió sus propios calvarios clasificatorios antes de resurgir, así como Brasil ha enfrentado momentos de incertidumbre, Italia ahora enfrenta su prueba de fuego. El fútbol es implacable: no importa cuántos títulos tengas en la vitrina si no logras meterte en la fiesta más grande del planeta.

Sajevo como juez final

La cancha en Bosnia será el veredicto. No hay segundas oportunidades después del playoff, no hay mañana garantizado. Solo existe ese encuentro, esa concentración de 90 minutos donde la historia se decide. Italia debe encontrar el equilibrio entre la presión de ser favoritos y el respeto a un rival que juega en casa, con un público que comprende que el fútbol es, para ellos, mucho más que un juego.

Los azzurri viajan hacia una encrucijada donde la redención y el abismo son vecinos demasiado cercanos. Mancini y sus jugadores lo saben. Todo el fútbol europeo también. Por eso este partido trasciende fronteras y se convierte en uno de esos encuentros que definen legados, que separan épocas, que marcan el antes y después en la carrera de naciones y entrenadores.

Información basada en reportes de: Lavozdegalicia.es

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