Domingo, 5 de abril de 2026 Edición Impresa
Recientes
La rebelión de la IA económica: cómo startups desafían el monopolio de Big TechCuando la vida se convierte en una batalla por el derecho a decidirRamírez evalúa viaje a Argentina con Kast para gestionar caso ApablazaMéxico invertirá en infraestructura del Estadio Azteca para Mundial 2026IECM invierte 2 millones en observadores internacionales pero reporta ahorro mínimo¿Qué perdió el marxismo cuando ignoró la etnicidad?La IA económica desafía el monopolio tecnológico desde América LatinaMéxico apuesta por la ciencia colaborativa: hacia una investigación de clase mundialLa rebelión de la IA económica: cómo startups desafían el monopolio de Big TechCuando la vida se convierte en una batalla por el derecho a decidirRamírez evalúa viaje a Argentina con Kast para gestionar caso ApablazaMéxico invertirá en infraestructura del Estadio Azteca para Mundial 2026IECM invierte 2 millones en observadores internacionales pero reporta ahorro mínimo¿Qué perdió el marxismo cuando ignoró la etnicidad?La IA económica desafía el monopolio tecnológico desde América LatinaMéxico apuesta por la ciencia colaborativa: hacia una investigación de clase mundial

La erosión del poder: cuando la impulsividad desplaza la gobernanza

En México, la institucionalidad enfrenta un desafío cuando quien ocupa la presidencia prioriza lo inmediato sobre lo estructural. Un análisis sobre los costos políticos de la improvisación.
La erosión del poder: cuando la impulsividad desplaza la gobernanza

La erosión del poder: cuando la impulsividad desplaza la gobernanza

En América Latina hemos visto repetirse un patrón inquietante: líderes que llegan al poder con promesas de ruptura terminan erosionando las mismas instituciones que deberían fortalecer. No se trata de un fenómeno exclusivamente mexicano, pero sus manifestaciones en la Casa Blanca nacional merecen análisis más allá de la anécdota diaria.

Cuando un servidor público en posición de máxima responsabilidad se caracteriza por emitir constantemente declaraciones contradictorias, genera un efecto corrosivo difícil de cuantificar en términos electorales inmediatos, pero devastador en el mediano plazo. La coherencia es un activo político fundamental. No porque los políticos deban ser perfectos —nunca lo serán—, sino porque la consistencia mínima es lo que permite a ciudadanos, inversionistas y aliados internacionales hacer pronósticos razonables sobre el comportamiento institucional.

México enfrenta desafíos estructurales que demandan concentración: criminalidad organizada, desigualdad económica, deterioro ambiental, y fragilidad institucional. Cada minuto dedicado a gestionar conflictos innecesarios o a aclarar posiciones contradictorias es tiempo sustraído de enfoque estratégico. Es economía política básica.

El costo de la volatilidad

La volatilidad en el comportamiento ejecutivo impacta más allá de la opinión publicada. Los mercados financieros premian previsibilidad. Las inversiones requieren certidumbre regulatoria. Los inversores nacionales y extranjeros necesitan saber que las reglas de juego permanecerán estables, al menos en sus fundamentos.

Cuando un presidente alterna entre promesas expansivas, críticas agresivas hacia sus opositores, y cambios súbitos de dirección política, crea un ambiente de incertidumbre que desalienta precisamente aquello que México necesita: capital productivo, empleo de calidad, y apuestas empresariales a largo plazo.

Esto no es moralina: es realismo económico. Las agencias calificadoras, los analistas de riesgo país, y los consejos directivos de corporaciones toman decisiones basadas en patrones predecibles. El ruido político constante se traduce en cifras: inversión que no llega, empleos que no se crean, innovación que se desarrolla en otras jurisdicciones.

El desgaste del liderazgo

Todo liderazgo tiene una carga vital limitada. Los recursos de atención pública, lealtad política y capital social se agotan. Cuando se gastan principalmente en gestionar crisis autoinducidas o en responder agresiones, quedó poco para construir legado institucional duradero.

En contextos de fragilidad democrática como la nuestra, esto es particularmente grave. Las instituciones mexicanas no son tan robustas como las europeas. Dependen en mayor medida de la reputación, el respeto y la legitimidad de quienes las conducen. Un liderazgo errático las debilita más rápidamente.

¿Hacia dónde apunta esto?

La pregunta no es si un político comete errores o tiene un estilo confrontacional. Todos los tenemos. La pregunta es si esos patrones impiden que el gobierno cumpla su función fundamental: gobernar con mínima competencia institucional.

Cuando la energía presidencial se consume en contradicciones y confrontación, la maquinaria estatal funciona por inercia. Las dependencias avanzan o retroceden según la capacidad de sus equipos técnicos, no según una dirección clara. El caos administrativo es un lujo que países con instituciones débiles no pueden permitirse.

Los mexicanos merecemos un debate honesto sobre qué modelo de presidencia queremos: más confrontacional o más institucional, más centralizador o más colaborativo. Pero ese debate debe tener una base común: que quien dirija el Estado tenga mínima capacidad de mantener consistencia en lo fundamental.

Sin eso, no hay reforma que aguante, no hay inversión que prospere, y no hay futuro que construir.

Información basada en reportes de: Jornada.com.mx

🗞️
Edición Impresa Leer ahora →