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Iñárritu lleva la migración al cuerpo: realidad virtual como acto político

El cineasta mexicano despliega en Bilbao una instalación que convierte 500 testimonios migrantes en experiencia sensorial. Una apuesta por entender desde adentro lo que números y discursos no alcanzan a revelar.
Iñárritu lleva la migración al cuerpo: realidad virtual como acto político

Cuando el cine se vuelve territorio

Guillermo del Toro alguna vez dijo que el cine es la mejor manera de contar mentiras para llegar a la verdad. Gonzalo Iñárritu parece haber llevado esta premisa a su máxima expresión con Carne y Arena, una instalación que abandona las convenciones del séptimo arte para habitar un espacio completamente distinto: el de la experiencia física, corporal, irreductible a pantallas.

La llegada del proyecto a Bilbao marca un momento crucial en la circulación internacional de una obra que no es cine, aunque provenga de alguien cuya maestría narrativa se construyó en celuloide. Es una instalación inmersiva basada en la tecnología de realidad virtual, pero decir esto es apenas rozar su esencia. Lo que Iñárritu ha creado es un dispositivo ético, un espacio donde el visitante no observa la migración desde la distancia cómoda del espectador, sino que es conminado a habitarla, aunque sea por unos minutos, en la piel de quien la experimenta realmente.

De las voces al territorio sensorial

El proceso de creación de Carne y Arena involucró entrevistas profundas con quinientas personas migrantes. Ese número no es casual: representa un volumen significativo de historias, de itinerarios, de traumas y resiliencias que raramente encuentran cabida en el espacio público. Iñárritu no buscaba datos o estadísticas. Buscaba lo que los números ocultan: la textura de la experiencia, el miedo específico de cruzar un río particular, el olor de un autobús abarrotado, la angustia de ser perseguido.

Este archivo de voces se convirtió en materia prima para una ficción que pretende ser más verdadera que cualquier documental convencional. En Latinoamérica, donde la migración no es tema abstracto sino realidad cotidiana que atraviesa familias completas, esta operación conceptual adquiere un peso diferente. No se trata de sensibilizar a audiencias lejanas sobre un problema remoto, sino de hacer que aquellos que viven en sociedades de tránsito experimenten lo que sus conciudadanos padecen.

La realidad virtual como herramienta política

Durante años, la realidad virtual fue considerada principalmente como plataforma de entretenimiento, un juguete de tecnología para videojuegos y experiencias lúdicas. Iñárritu, como ha hecho en otros momentos de su carrera, desafía los usos establecidos. Aquí, la tecnología inmersiva se convierte en instrumento de empatía forzada, en un ejercicio donde el privilegio de quien entra a la instalación se suspende temporalmente frente a la vulnerabilidad de quien migra.

La gira internacional que ahora lleva la obra a Bilbao y seguramente seguirá expandiéndose responde a una convicción: que ciertos conocimientos no pueden transmitirse mediante explicación, sino únicamente mediante experiencia directa. Es una postura que tiene ecos en las prácticas artísticas contemporáneas, en esa corriente que entiende el arte como generador de situaciones más que como productor de objetos.

Un espejo incómodo para el presente

En un momento donde los discursos sobre migración están más polarizados que nunca, donde la xenofobia encuentra plataformas públicas y donde los migrantes son con frecuencia abstracciones estadísticas o enemigos políticos, una instalación que los devuelve a su dimensión humana, compleja e innegable, resulta radicalmente perturbadora.

Lo que Iñárritu propone no es consuelo ni reconciliación fácil. Es incomodidad. Es obligar al visitante a reconocer que detrás de cada titular, de cada política migratoria, de cada frontera cerrada, hay cuerpos, aspiraciones, historias que merecen ser sentidas, no solamente conocidas intelectualmente.

Cuando Carne y Arena se instale en otros territorios europeos y, presumiblemente, llegue también a ciudades latinoamericanas, cada presentación será una intervención cultural en el sentido más profundo: un llamado a repensar qué significa vivir juntos, qué significa la compasión más allá del sentimentalismo, y qué capacidad tiene el arte contemporáneo para provocar transformaciones en la conciencia colectiva. Esa es quizás la verdad que Iñárritu buscaba exponer.

Información basada en reportes de: Europapress.es

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