Sábado, 11 de abril de 2026 Edición Impresa
Recientes
¿Qué le falta a Chile para liderar la IA en Latinoamérica?CDMX se posiciona como potencia mundial en defensa de derechos humanosSentencia a 15 años: la red de droga de lujo que llegó hasta HollywoodMéxico envejece: cómo prepararse para la transición demográficaChile tendrá árbitro en Mundial 2026: Cristián Garay integra equipo de juecesLa paradoja digital: ¿Puede la IA crecer sin asfixiar nuestras redes eléctricas?La ganadería devora los bosques: México pierde 73% de sus selvasLa Oficina México regresa: qué significa para la industria audiovisual latinoamericana¿Qué le falta a Chile para liderar la IA en Latinoamérica?CDMX se posiciona como potencia mundial en defensa de derechos humanosSentencia a 15 años: la red de droga de lujo que llegó hasta HollywoodMéxico envejece: cómo prepararse para la transición demográficaChile tendrá árbitro en Mundial 2026: Cristián Garay integra equipo de juecesLa paradoja digital: ¿Puede la IA crecer sin asfixiar nuestras redes eléctricas?La ganadería devora los bosques: México pierde 73% de sus selvasLa Oficina México regresa: qué significa para la industria audiovisual latinoamericana

La Tierra sin fronteras: un llamado a reconocer nuestra responsabilidad compartida

Más allá de muros y banderas, expertos reflexionan sobre cómo el planeta exige una visión colectiva que trascienda divisiones políticas y nacionalistas para enfrentar desafíos comunes.
La Tierra sin fronteras: un llamado a reconocer nuestra responsabilidad compartida

La Tierra sin fronteras: un llamado a reconocer nuestra responsabilidad compartida

En una época donde los nacionalismos resurgen con fuerza y los gobiernos levantaban barreras cada vez más altas, resurge una pregunta incómoda pero necesaria: ¿de quién es realmente el mundo en el que vivimos? No es una pregunta nueva, pero cobra urgencia renovada ante crisis que no respetan líneas en mapas ni documentos de identidad.

Los muros que dividimos continentes, las aduanas que controlan flujos migratorios, las banderas que ondean sobre territorios disputados, todos ellos representan un acto de fe en la idea de que podemos fragmentar lo que por naturaleza es indivisible. La atmósfera que respiramos en Ciudad de México es la misma que circula en Nueva York. El agua que corre en ríos fronterizos no entiende de soberanías. El cambio climático no pide permiso para cruzar fronteras.

Una herencia sin dueño

Latinoamérica ha conocido históricamente esta tensión. Desde la colonización, hemos visto cómo potencias externas impusieron fronteras que dividieron pueblos originarios, que separaron familias y recursos. Las líneas trazadas en mapas coloniales persisten hoy, recordándonos que muchas de nuestras divisiones no nacieron de consensos comunitarios, sino de imposiciones externas.

Sin embargo, también hemos visto comunidades que trascienden esas divisiones. Los pueblos indígenas, que habitan territorios ancestrales que se extienden más allá de cualquier frontera moderna, mantienen una relación integral con la tierra que contrasta radicalmente con la idea de posesión absoluta. Para muchas cosmogonías originarias, la tierra no se posee; se habita, se cuida, se respeta.

Cuando los desafíos son verdaderamente globales

Hoy enfrentamos problemas que desmienten la viabilidad del aislacionismo. Una pandemia global nos recordó que un virus no respeta pasaportes. La crisis climática no tiene solución nacional: el carbono emitido en un continente afecta a todos. La desigualdad económica genera flujos migratorios que ninguna barda puede detener permanentemente. Las crisis humanitarias rebasan cualquier frontera que imaginemos.

México, posicionado geográficamente entre dos grandes potencias, experimenta constantemente esta tensión. Nuestro territorio es puente y también barrera, según quién controle la narrativa. Millones de mexicanos tienen familia en Estados Unidos, formando redes de solidaridad que atraviesan el río Bravo como si no existiera. A la vez, políticas migratorias de ambos lados han criminalizado la movilidad humana, naturalizando la idea de que cruzar fronteras es un acto delictivo cuando, históricamente, los seres humanos siempre hemos migrado.

Más allá de la retórica: hacia prácticas reales

Reconocer que la Tierra es una no es romanticismo ingenuo; es realismo pragmático. Significa aceptar que los problemas ambientales requieren coordinación internacional, que la pobreza en una región genera inestabilidad en otras, que las decisiones económicas de un país afectan a millones en territorios vecinos.

En América Latina, movimientos sociales y comunidades indígenas han liderado propuestas alternativas: la defensa de cuencas hidrológicas compartidas, la protección conjunta de la Amazonía, iniciativas de comercio justo que priorizan relaciones humanas sobre ganancias especulativas. Estas experiencias demuestran que otra forma de relacionarnos con el territorio y con los demás es posible.

Un replanteamiento necesario

No se trata de eliminar gobiernos o instituciones. Se trata de reconocer sus límites. Los Estados tienen legitimidad para regular muchos aspectos de la vida colectiva, pero no para negar la realidad fundamental: compartimos un mismo hogar.

Los jóvenes mexicanos y latinoamericanos, particularmente, crecen en un mundo donde las fronteras se erosionan digitalmente mientras se refuerzan físicamente. Acceden a información global en segundos, pero enfrentan restricciones para circular físicamente. Heredan un planeta degradado como resultado de decisiones tomadas sin su consentimiento, por actores que priorizaron ganancias sobre sustentabilidad.

La reflexión sobre una Tierra compartida no es nostalgia del pasado; es urgencia del futuro. Requiere reimaginar cómo convivimos, gobernamos nuestros recursos comunes y reconocemos nuestra interdependencia. En un planeta que calienta, que agota sus reservas, que enfrenta migraciones masivas, la ilusión de autosuficiencia nacional es cada vez menos viable.

Quizá es tiempo de que nuestras instituciones, nuestras políticas y nuestras narrativas comiencen a reflejar una verdad que la naturaleza ya conoce: somos uno solo.

Información basada en reportes de: Jornada.com.mx

🗞️
Edición Impresa Leer ahora →