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Raíces y fronteras: el cine que reimagina la ecología desde la diáspora

Joaquín del Paso presenta en Málaga una reflexión sobre migración y naturaleza que dialoga con las urgencias del presente latinoamericano.
Raíces y fronteras: el cine que reimagina la ecología desde la diáspora

Cuando el cine planta semillas de resistencia

En los festivales de cine contemporáneo, cada tanto emerge una película que parece hablar desde el presente inmediato, como si sus imágenes fueran una respuesta urgente a las preguntas que nos desvela la actualidad. ‘El jardín que soñamos’, la propuesta de Joaquín del Paso presentada en la 29 edición del Festival de Málaga, es uno de esos trabajos que reclama nuestra atención no solo por su propuesta estética, sino porque toca dos de los dilemas más hondos de nuestro tiempo: la migración y nuestra relación con el territorio.

La llegada de esta película al certamen malagueño viene precedida de una acogida favorable en Berlín, donde el mercado cinematográfico internacional suele detectar con precisión aquellas obras que trascienden las fronteras nacionales para convertirse en documentos de época. Esto no es casual. En un momento donde el desplazamiento forzado de poblaciones alcanza cifras históricas y donde la crisis ecológica se agudiza con cada estación, el cine necesita explorar precisamente estas intersecciones: cómo la pérdida de territorio genera heridas que van más allá de lo geográfico, cómo la memoria de la tierra se entrelaza con la experiencia del exilio.

Ecología desde las márgenes

Lo que resulta particularmente significativo es la perspectiva desde la que del Paso aborda estos temas. No se trata de una reflexión abstracta sobre la naturaleza, ni de un alegato ambiental de tono moralizante. Por el contrario, todo indica que la película busca anclar estas preocupaciones en experiencias vitales concretas, en cuerpos y historias que cargan con el peso de haber dejado algo atrás.

Para el espectador latinoamericano, esta búsqueda resuena con particular intensidad. Nuestras regiones han sufrido décadas de despojos —tanto de tierra como de ciudadanía—, y la relación entre migración y devastación ambiental no es teórica sino visceral. Desde Centroamérica hasta el Cono Sur, millones de personas han visto secarse sus fuentes de agua, degradarse sus suelos, desaparecer sus bosques, y muchas de esas mismas personas se han visto obligadas a partir. El documentalista, el ensayista y el poeta han intentado contar estas historias desde hace años, pero el cine de ficción tiene la capacidad única de habitar el espacio emocional de la contradicción, de mostrar cómo una persona puede amar profundamente un lugar mientras se ve obligada a abandonarlo.

Competencia y relevancia en el festival

Que ‘El jardín que soñamos’ compita en la sección oficial del festival de Málaga habla de una selección curatorial interesada en cinematografías que dialogan con el presente. El festival malagueño, lejos de ser una vitrina de entretenimiento, ha consolidado en años recientes una postura de apertura hacia películas que combinan rigor formal con inquietud social. Su presencia en competencia subraya precisamente que existe hoy un espacio importante en la industria fílmica para estas historias, para estas formas de ver.

La trayectoria de del Paso como director es también reveladora. Es un cineasta que ha construido su obra en diálogo con realidades que trascienden las pantallas de cine, que busca encontrar en la forma cinematográfica una manera de amplificar voces y experiencias que de otro modo permanecerían marginales en el relato público.

El acto de soñar un jardín

El título mismo, ‘El jardín que soñamos’, porta una carga poética deliberada. Los jardines en el imaginario cultural son espacios de cultivo, de domesticación de la naturaleza, pero también de refugio, de intimidad, de utopía. Soñar un jardín cuando se ha sido arrancado de la tierra propia adquiere dimensiones que van más allá de lo sentimental. Es un acto de resistencia, una afirmación de que otra relación con la tierra es posible, que la memoria no se erosiona tan fácilmente, que la imaginación puede ser un acto político.

Con esta película en pantalla, el Festival de Málaga abre un espacio para esa conversación necesaria. No es sorprendente que sea así: el cine europeo y latinoamericano han estado en permanente diálogo en estos últimos años, buscando en las historias ajenas respuestas a preguntas propias. La migración y la ecología no respetan fronteras, y tampoco lo hace el arte que intenta pensarlas con honestidad.

Información basada en reportes de: Europapress.es

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