Tenancingo: Cuatro décadas de honor y mérito civil
Hay reconocimientos que trascienden las modas políticas y los cambios administrativos. La Presea Estado de México es uno de ellos. Desde que se entregó por primera vez el 2 de marzo de 1984, este galardón representa lo que el Estado considera digno de perpetuarse en la memoria colectiva: el mérito civil de quienes han contribuido genuinamente al desarrollo de la entidad.
Lo que llama la atención no es la existencia del premio, sino su rareza. En 42 años, solo cuatro tenancinguenses han sido acreedores a este honor. Cuatro. Esa cifra habla de selectividad, de un proceso que presuntamente mantiene la exigencia intacta. O al menos eso esperamos.
Los cuatro pilares del reconocimiento
El primero fue Jorge Garcés Cruz en 1985, reconocido por el fomento empresarial y económico que generó con la empresa que fundó junto a su familia. Un empresario que entendió que el crecimiento económico de Tenancingo era también su crecimiento personal.
Once años después, en 1996, llegó el turno de Genaro Díaz Mañón, médico cirujano cuya vida se dedicó al servicio de la sociedad. Su nominación bajo el nombre de Dr. Gustavo Baz Prada subraya algo importante: estos reconocimientos buscan perpetuar valores, no solo nombres. La medicina, la ciencia al servicio de la comunidad, merece memoria institucional.
La tercera Presea llegó en 2004 para Mucio Gómez López, periodista que llevó la voz de Tenancingo a toda la región mexiquense a través de sus años en «La Tribuna del Estado de México». Aquí viene una reflexión necesaria: un periodista recibe el máximo honor civil por informar. Eso debería decirnos algo sobre el valor que una sociedad debe otorgar al periodismo cuando este se ejerce con integridad.
2026: El arte popular como mérito
Y ahora, en 2026, Rosario Núñez Flores se suma a esta selecta lista por su dominio en la elaboración del rebozo tenancinguense. No es un reconocimiento a la nostalgia, sino a la maestría. Núñez Flores no solo preserva una tradición; la proyecta hacia los más altos ámbitos del arte popular. Eso es diferente. Es lo que los técnicos llamarían «innovación dentro de la tradición»: mantener vivo un oficio ancestral sin convertirlo en pieza de museo.
Los cuatro pilares resultan claros ahora: empresa con visión, medicina comunitaria, periodismo responsable y arte popular. No son categorías al azar. Parecen responder a una pregunta fundamental: ¿qué sostiene realmente a una comunidad?
Una pregunta incómoda
Pero aquí viene la pregunta que incomoda: ¿por qué solo cuatro en 42 años? ¿Es que Tenancingo carece de suficientes méritos cívicos, o acaso el proceso de selección es tan riguroso que la excelencia se vuelve casi inalcanzable? ¿O quizá existe un problema de visibilidad, de que muchos méritos simplemente no llegan ante los ojos del jurado calificador?
No se trata de democratizar el honor. El mérito, por definición, debe ser escaso. Pero conviene preguntarse si estamos identificando correctamente dónde reside. Si en 42 años de instituciones públicas, educadores, trabajadores sociales y otros profesionales no han merecido este reconocimiento, tal vez deberíamos revisar nuestros criterios, no nuestras comunidades.
Lo que está claro es que Tenancingo sigue produciendo gente que merece ser recordada. La pregunta es si sabemos verla.