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Más allá del césped: cómo un Mundial puede transformar derechos humanos

Autoridades de la FIFA plantean que los torneos deportivos son oportunidades para fortalecer agendas de derechos en las ciudades anfitrionas, no solo espectáculos.

El fútbol como catalizador de cambio social

Cuando se habla de un Mundial, la mayoría imagina goles, estadios llenos y pasión en las gradas. Pero representantes de organismos deportivos internacionales comienzan a plantear una perspectiva diferente: estos eventos masivos pueden ser palancas para impulsar agendas de derechos humanos que trasciendan el terreno de juego.

En el caso de la Ciudad de México, esta visión cobra particular relevancia. La capital mexicana, con sus 21 millones de habitantes en la zona metropolitana, enfrenta desafíos históricos en seguridad, vivienda, acceso a justicia y libertades fundamentales. En este contexto, funcionarios vinculados con la FIFA han señalado que un torneo de esta magnitud no debe limitarse a ser una vitrina económica, sino una oportunidad para fortalecer estructuras que protejan y promuevan derechos.

Cuando el deporte se convierte en escenario político

La conexión entre grandes eventos deportivos y transformación social no es nueva en América Latina. Desde las Olimpiadas de 2016 en Río de Janeiro hasta los procesos previos a Catar 2022, se ha documentado cómo estas plataformas globales pueden visibilizar luchas locales o, en el peor de los casos, servir para lavar la imagen de gobiernos cuestionados.

México tiene experiencia previa. El país fue sede del Mundial en 1970 y 1986. Ambos eventos dejaron infraestructuras, pero también interrogantes sobre cómo se distribuyeron recursos, quiénes fueron excluidos y qué promesas quedaron incumplidas. Las comunidades de barrios marginales raramente vieron beneficios directos de estas celebraciones deportivas.

Una propuesta desde la integración comunitaria

Lo novedoso en el planteamiento actual es el énfasis en la «proximidad espontánea de las comunidades». Esta frase aparentemente simple carga con un significado profundo: la idea de que el torneo no ocurra solo en los estadios, sino en las calles, en los espacios cotidianos donde viven millones de mexicanos.

¿Qué significa esto en la práctica? Podría implicar que durante la realización del evento, se fortalezcan programas de seguridad ciudadana participativa, se amplíe el acceso a justicia en zonas de menor cobertura, se impulsen iniciativas de vivienda digna cerca de los espacios de competencia, o se documenten historias de derechos en territorios frecuentemente invisibilizados.

Derechos humanos bajo presión económica

Sin embargo, existe tensión inherente entre estos objetivos. Los Mundiales modernos requieren desplazamientos poblacionales, construcción acelerada de infraestructuras y control territorial intenso. En México, donde ya existe conflictividad sobre restitución de tierras y desplazamientos forzados en varias regiones, esta presión económica podría chocar directamente con agendas de derechos.

Organizaciones de derechos humanos han alertado históricamente sobre cómo megaproyectos deportivos pueden acelerar procesos de gentrificación, desplazamiento de vendedores ambulantes, criminalización de la protesta social bajo justificaciones de «seguridad» para el evento, y concentración de ganancias en manos de corporaciones globales mientras las comunidades locales cargan con los costos.

Construir memoria desde la inclusión

La mención a «construir memoria» es particularmente relevante para una nación que vive procesos de búsqueda de personas desaparecidas, justicia transicional incompleta y traumas colectivos. Un evento mundial podría servir para documentar historias de resiliencia comunitaria, fortalecer espacios de remembranza, o amplificar voces de quienes han sido silenciados.

Ciudad de México, con su diversidad y su capacidad de organización comunitaria, tiene potencial para demostrar que un espectáculo global puede coexistir con agendas de derechos. Pero esto requeriría que no sean solo los funcionarios de la FIFA o del gobierno quienes definan qué significa este «otro mundial posible», sino que sean las propias comunidades, movimientos sociales y organizaciones de derechos humanos quienes tracen la ruta.

La pregunta que persiste

La pregunta central sigue siendo: ¿quién escribe la historia de este evento? ¿Será la narrativa corporativa de éxito económico, o será una construcción colectiva que refleje las luchas, esperanzas y dignidad de quienes realmente viven en estas ciudades?

El fútbol, en su esencia, es un juego democrático. Cualquiera con una pelota puede jugar. Cuando los gobiernos y organizaciones internacionales hablan de derechos humanos en el contexto de un Mundial, deberían preguntarse si están creando espacios para que esa democracia se expanda, o si simplemente están usando el lenguaje de derechos como decoración de un negocio que sigue siendo, fundamentalmente, excluyente.

Información basada en reportes de: Jornada.com.mx

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