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La IA consume recursos: data centers amenazan agua y energía en Latinoamérica

Mientras el mundo construye cientos de megacentros de procesamiento para alimentar la inteligencia artificial, América Latina enfrenta una competencia creciente por agua y energía en territorios ya vulnerables.
La IA consume recursos: data centers amenazan agua y energía en Latinoamérica

La carrera silenciosa por los recursos: cómo la IA está rediseñando el mapa de conflictos ambientales

La inteligencia artificial se ha convertido en el motor tecnológico del siglo XXI, pero detrás de cada consulta a un chatbot, cada imagen generada y cada análisis de datos masivo, existe una infraestructura monumental que demanda recursos naturales en cantidades sin precedentes. Mientras las grandes tecnológicas anuncian avances revolucionarios, sobre el terreno crece una tensión ambiental que pocas veces aparece en los titulares: la batalla por controlar agua, energía y territorio para alimentar los gigantescos centros de procesamiento de datos que sustentan esta revolución digital.

Las proyecciones son contundentes. En los próximos siete años, se espera la construcción de aproximadamente 800 megacentros de datos a nivel mundial, con un ritmo de entre 120 y 130 instalaciones nuevas anuales. Estas infraestructuras no son pequeñas: cada una requiere la potencia eléctrica de una ciudad mediana y consume agua como si fuera una planta industrial de gran escala. Para Latinoamérica, esta expansión representa un dilema crítico que toca directamente a nuestras comunidades más vulnerables.

¿Cuánta agua bebe realmente la inteligencia artificial?

Un data center de hiperescala típico consume entre 300 y 600 millones de galones de agua al año. Esa cifra parecerá abstracta hasta que se contextualiza: es el consumo equivalente a una ciudad de 100,000 habitantes. En regiones como el Altiplano andino, donde el estrés hídrico ya afecta a comunidades indígenas y agricultores, la llegada de estas megainstalaciones genera un conflicto directo por el acceso a un recurso cada vez más escaso.

En países como Chile, Colombia y Perú, donde empresas tecnológicas han mostrado interés en establecer estos centros, la competencia por agua dulce se vuelve especialmente aguda. Las cuencas hidrográficas que alimentan poblaciones enteras, sistemas de riego ancestrales y ecosistemas de importancia global podrían verse comprometidas por infraestructura que, paradójicamente, promete beneficios económicos a corto plazo pero genera pasivos ambientales a largo plazo.

La factura energética del progreso digital

La demanda de electricidad es el segundo talón de Aquiles de esta expansión. Un data center de escala masiva consume entre 100 y 300 megavatios continuos. Para dimensionar: eso equivale a la producción de una planta hidroeléctrica completa. Latinoamérica, con su potencial renovable considerable, se ha vuelto atractiva para estas inversiones. Pero aquí surge la paradoja incómoda: mientras se promueven como «sostenibles», muchos de estos proyectos compiten con la energía destinada a hospitales, escuelas y hogares de poblaciones que aún carecen de acceso eléctrico confiable.

Brasil ha visto crecer el interés de gigantes tecnológicas; Argentina busca atraer inversión con incentivos; México negocia grandes instalaciones. En cada caso, gobiernos prometen empleos y divisas, pero rara vez transparentan el costo ambiental real o los beneficios que llegarán efectivamente a las comunidades locales.

El territorio como moneda de cambio

Más allá del agua y la energía, existe un tercer elemento en disputa: el territorio mismo. La construcción de 800 centros de datos requiere suelo, infraestructura de transporte y conexiones de telecomunicaciones. En Latinoamérica, donde la concentración de tierras ya es problemática y donde proyectos extractivos han causado daño social sistemático, la expansión de data centers introduce nuevos actores en conflictos territoriales antiguos.

Comunidades indígenas y rurales que históricamente han visto sus derechos ignorados en favor de minería, agricultura industrial y represas, ahora enfrentan la posibilidad de perder acceso a recursos para sustentar una tecnología de la que serán usuarios pasivos, no beneficiarios directos.

¿Hay salida constructiva?

No se trata de rechazar la tecnología, sino de establecer reglas del juego claras. Latinoamérica debe exigir estudios de impacto ambiental rigurosos, participación comunitaria vinculante, garantías de acceso local a energía y agua, y contribuciones significativas a la transición energética regional. El data center del futuro debe ser una oportunidad para acelerar la descarbonización, no un depredador más de nuestros recursos naturales.

La velocidad a la que avanza la IA es innegable. Pero también lo es nuestra responsabilidad de asegurar que su crecimiento no se construya sobre la vulnerabilidad de quienes menos han contribuido a esta crisis ambiental global.

Información basada en reportes de: Elespectador.com

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