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La carrera de la IA deja un rastro de conflictos por agua y energía

Mientras el mundo construye cientos de megacentros de datos para alimentar la inteligencia artificial, emerge una pugna silenciosa por recursos naturales que afecta especialmente a América Latina.
La carrera de la IA deja un rastro de conflictos por agua y energía

La otra cara del boom de la inteligencia artificial: una crisis silenciosa de recursos

En los próximos siete años, el planeta verá nacer aproximadamente 800 centros de datos de escala masiva. No se trata de oficinas modernas con aire acondicionado y escritorios ergonómicos. Estos son complejos industriales enormes, consumidores insaciables de electricidad y agua, que ya están generando tensiones geopolíticas y ambientales que nadie esperaba discutir cuando hablamos de tecnología.

La cifra es desconcertante: entre 120 y 130 megacentros anuales hasta 2030. Cada uno de estos gigantes digitales funciona como una pequeña ciudad industrial, alojando miles de servidores que procesan y entrenan modelos de inteligencia artificial. Pero detrás de cada predicción de ChatGPT, cada imagen generada por IA y cada búsqueda que parece instantánea, hay un consumo energético que rivaliza con ciudades completas.

¿Cuánta energía realmente consume la IA?

Las grandes empresas tecnológicas minimalizan estos números. Dicen que utilizan energía renovable, que optimizan sus operaciones, que invierten en sostenibilidad. Pero la realidad matemática es brutal: un centro de datos de hiperescala consume entre 100 y 300 megavatios continuamente. Para ponerlo en perspectiva, eso equivale al consumo de una ciudad mediana de 200,000 habitantes.

El problema se agudiza porque esta demanda de energía es constante, sin fluctuaciones. No puede desconectarse en las noches. No puede reducirse en temporada baja. Los datos nunca duermen, y por ello los centros tampoco. Esto crea una presión insostenible sobre las redes eléctricas nacionales, especialmente en países en desarrollo donde la infraestructura energética ya está comprometida.

El agua: el recurso que nadie mencionaba

Pero hay otro recurso que se consume en cantidades aún más alarmantes: el agua. Los centros de datos necesitan agua para enfriar sus servidores. Algunos sistemas requieren hasta 3,7 millones de litros de agua diarios por cada instalación. Eso no es una cifra marginal; es un volumen comparable al consumo residencial de decenas de miles de personas.

Ya hay conflictos documentados en Estados Unidos, donde ciudades estadounidenses se han opuesto a nuevas instalaciones de data centers porque representan una amenaza directa a sus reservas acuíferas. En el Medio Oeste, comunidades agrícolas están alarmadas por la competencia por agua con estas megainstalaciones. ¿Qué significa esto para América Latina, donde muchas regiones ya enfrentan estrés hídrico severo?

América Latina en la mira

La región es particularmente vulnerable. Chile, Argentina, Brasil y Colombia tienen condiciones ideales para acoger estos centros: acceso a energía renovable (hidroeléctrica, geotérmica, solar), disponibilidad de terreno y, en algunos casos, incentivos tributarios agresivos. Pero también tienen cuencas hídricas frágiles, comunidades indígenas con derechos ancestrales sobre el agua, y gobiernos frecuentemente presionados por deuda externa que los hace susceptibles a negociaciones desfavorables.

Ya hay precedentes preocupantes. En regiones donde se han instalado operaciones mineras de gran escala, vimos cómo los gobiernos locales fueron superados por la presión corporativa, el agua se contaminó, y los beneficios económicos nunca llegaron realmente a las comunidades afectadas. ¿Por qué asumir que con los data centers será diferente?

La narrativa corporativa versus la realidad

Las grandes tecnológicas cuentan una historia hermosa: estamos construyendo el futuro, generamos empleos, traemos progreso. Y es cierto que hay empleos, aunque menos de los que se promete. Pero ¿cuál es el costo real? ¿A quién se le cobra ese costo?

Típicamente, los beneficios se concentran en la corporación y en elites locales que facilitan la instalación. Los costos —agua contaminada, energía cara para usuarios residenciales, daño ambiental, conflictividad social— se dispersan entre poblaciones que nunca pidieron ni consintieron formar parte de este experimento global.

Preguntas que debemos hacer ahora

¿Sabemos realmente cuál es el consumo energético total de toda la industria de IA? Los datos públicos son limitados e incompletos. ¿Hay regulación ambiental en los países donde se están construyendo estos centros? ¿Se está consultando a las comunidades locales? ¿Qué sucede cuando el agua se agota?

El boom de la inteligencia artificial es real y probablemente inevitable. Pero la forma en que lo enfrentemos —si priorizamos ganancias corporativas sobre recursos naturales compartidos, si permitimos que estas decisiones se tomen sin participación democrática— dirá mucho sobre qué tipo de futuro estamos construyendo realmente.

Por ahora, mientras celebramos cada nuevo modelo de IA cada vez más poderoso, vale la pena preguntarse: ¿a qué precio?

Información basada en reportes de: Elespectador.com

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