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La carrera por la IA deja un rastro de conflictos por recursos vitales

Mientras el mundo construye cientos de megacentros de datos para alimentar la inteligencia artificial, emergen tensiones sobre agua, energía y territorio que amenazan el modelo de desarrollo.
La carrera por la IA deja un rastro de conflictos por recursos vitales

La carrera por la IA deja un rastro de conflictos por recursos vitales

La explosión del desarrollo en inteligencia artificial está generando una demanda sin precedentes de infraestructura física que trasciende los límites de Silicon Valley. Cada año se proyecta la construcción de entre 120 y 130 centros de datos de hiperescala en todo el planeta, lo que significa que hasta 2030 podríamos estar hablando de aproximadamente 800 instalaciones masivas distribuidas globalmente. Estos números no son solo estadísticas; representan una transformación territorial y ambiental que está comenzando a generar conflictos reales en múltiples geografías.

Detrás de cada chatbot, modelo de lenguaje o sistema de visión computarizada existe una infraestructura colosal que demanda recursos de manera insaciable. Un centro de datos de hiperescala no es un servidor más grande. Es una ciudad dedicada al procesamiento de información: ocupan desde decenas hasta cientos de miles de metros cuadrados, consumen la electricidad de pueblos enteros y requieren volúmenes de agua comparables a los de ciudades medianas para refrigeración.

La sed insaciable de las máquinas

El consumo de agua es quizás el aspecto más visible del conflicto. Los centros de datos utilizan sistemas de enfriamiento que demandan millones de litros diarios. En regiones ya bajo estrés hídrico, como partes de América Latina, África y Asia, esto genera fricciones con comunidades agrícolas, ciudades que compiten por agua potable y ecosistemas frágiles. No es casual que empresas tecnológicas estadounidenses estén explorando ubicaciones en países con regulaciones menos estrictas y costos operativos menores. La geografía del desarrollo de IA sigue mapas de explotación familiar para quienes estudiamos historia de tecnología.

La energía es el segundo caballo de batalla. Un único centro de datos de clase mundial puede consumir entre 50 y 100 megavatios continuos, equivalente al suministro de una ciudad pequeña. Esto ha disparado la demanda de electricidad en regiones seleccionadas, presionando grillas eléctricas nacionales y forzando inversiones masivas en generación energética. Algunos países están considerando plantas nucleares nuevas, mientras que otros aceleran proyectos eólicos y solares, no necesariamente porque sea su prioridad climática, sino porque las corporaciones de tecnología lo exigen.

El territorio como campo de batalla silencioso

El tercer conflicto es territorial y menos visible mediáticamente. Construir 800 megacentros requiere tierra. Tierra que antes podría haber sido agrícola, forestal, o estar bajo derechos comunitarios. En algunas regiones latinoamericanas, se han documentado transacciones de tierras aceleradas, desplazamientos comunitarios silenciosos, y cambios en el uso del suelo que responden más a cálculos corporativos que a planificación territorial participativa.

Lo preocupante no es solo la escala, sino la velocidad. Las corporaciones tecnológicas operan en tiempos de mercado: si el competidor construye tres centros de datos en un año, necesitan construir cuatro el siguiente. Los gobiernos, especialmente en países en desarrollo, no tienen infraestructura legal ni administrativa para procesar estas transformaciones con reflexión.

¿Quién paga realmente el costo?

Las narrativas corporativas suelen enfatizar empleos y desarrollo económico. Y sí, llegan inversiones y puestos laborales. Pero los beneficios se concentran en corporaciones multinacionales y profesionales altamente calificados, mientras que los costos ambientales —agua contaminada, energía cara para usuarios locales, territorio transformado— se distribuyen entre comunidades sin poder de decisión.

Para América Latina, esto es particularmente delicado. La región tiene abundancia relativa de agua y energía, lo que la hace atractiva para estas inversiones. Pero también tiene historias de extracción de recursos sin retorno significativo a las poblaciones locales. El boom del litio para baterías, el cobre para electrónica, y ahora los centros de datos, siguen patrones similares: la riqueza se exporta, los conflictos se quedan.

¿Hay alternativas?

No se trata de detener la innovación en IA. Se trata de que esta expansión ocurra con regulación inteligente. Algunos países europeos están implementando estándares de eficiencia energética y protecciones ambientales más rigurosas. Otros están exigiendo planes de reutilización de agua y compensación territorial. No es perfecto, pero es un movimiento hacia la responsabilidad.

La pregunta que deberíamos hacer no es si construiremos 800 centros de datos, sino bajo qué condiciones, para quién, y qué comunidades tienen poder de veto. Porque la inteligencia artificial que corre en esas máquinas promete democratizar el conocimiento, pero la infraestructura que la sostiene está siendo muy poco democrática en su implantación.

Información basada en reportes de: Elespectador.com

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