Cuando las empresas se atreven a educar: el caso Ternium en Brasil
En un contexto donde la brecha entre la demanda laboral y la capacitación disponible sigue siendo uno de los mayores desafíos de América Latina, la decisión de Ternium de invertir en infraestructura educativa técnica representa un movimiento que merece análisis crítico y esperanzador.
La inauguración de este nuevo centro de formación profesional en el municipio de Santa Cruz, en el estado de Río de Janeiro, no es un evento menor. La presencia del presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva en la ceremonia, junto con Paolo Rocca, presidente ejecutivo de la multinacional argentina, subraya la importancia política y económica que ambos gobiernos y sectores privados atribuyen a la educación industrial.
¿Por qué las empresas invierten en educación?
La lógica es compleja pero transparente: las grandes compañías siderúrgicas operan en ecosistemas productivos altamente especializados. Para que sus plantas mantengan competitividad global, requieren trabajadores capacitados en tecnologías modernas, procesos sofisticados y estándares de seguridad rigurosos. Sin embargo, los sistemas educativos públicos, especialmente en regiones alejadas de grandes centros urbanos, frecuentemente no disponen de recursos para formar perfiles técnicos de alto nivel.
Desde la perspectiva empresarial, entonces, construir sus propias instituciones educativas es inversión estratégica. Desde la perspectiva social, genera oportunidades concretas de movilidad económica para comunidades que de otro modo tendrían acceso limitado a formación de calidad.
El contexto brasileño y regional
Brasil enfrenta desafíos educativos similares a los de México y la región: tasas de deserción escolar, desconexión entre currículum académico y necesidades del mercado laboral, y concentración de oportunidades en zonas metropolitanas. Santa Cruz, localidad donde opera el complejo siderúrgico de Ternium, es precisamente un caso de esos territorios que pueden beneficiarse de infraestructura educativa asociada al sector productivo local.
La elección de este sitio no es casual. Las siderúrgicas demandan miles de trabajadores y profesionales técnicos anuales. Una escuela ubicada a pocos kilómetros de la planta facilita tanto la formación como la inserción laboral inmediata. Para jóvenes de la zona, significa reducir costos de transporte y tiempo, aumentando viabilidad de permanencia en programas educativos.
¿Un modelo replicable para México?
México podría aprender mucho de iniciativas como esta. Nuestro país posee sectores manufactureros, minería, petroquímica y tecnología que enfrentan crisis similares de talento técnico. Sin embargo, la relación entre grandes empresas mexicanas y sistemas educativos públicos ha sido históricamente débil, fragmentada y ocasionalmente conflictiva.
Esto no significa romantizar la participación empresarial en educación. Existen riesgos legítimos: privatización encubierta, captura de currículum por intereses corporativos, y desigualdad en acceso según ubicación geográfica. Pero también existen oportunidades que México desaprovecha sistemáticamente.
Preguntas críticas que debemos formular
¿Cuál será la gobernanza de esta escuela? ¿Participan trabajadores, comunidades locales y gobierno en decisiones sobre qué se enseña y cómo? ¿Los egresados quedan vinculados laboralmente a Ternium indefinidamente o pueden buscar empleo en otros sectores? ¿Existen mecanismos para que conocimiento generado beneficie a otras empresas y no solo a quien invirtió?
Estas interrogantes no son obstáculos sino condiciones para que modelos como este sean genuinamente progresistas y no meros instrumentos de captura estatal corporativa.
Un rayo de esperanza con tareas pendientes
La inauguración de centros técnicos especializados, financiados por el sector privado pero abiertos a población vulnerable, representa un paso adelante. Brasil lo hace. Ahora, la pregunta es si México y otros países latinoamericanos pueden construir marcos institucionales donde estas iniciativas se multipliquen, se regulen adecuadamente y verdaderamente transformen oportunidades de vida para millones de jóvenes que esperan su oportunidad.
La educación técnica de calidad no es lujo. Es inversión en ciudadanía, en productividad, en dignidad. Cuando empresas multinacionales lo entienden mejor que algunos gobiernos, algo anda mal. Pero cuando entienden que invertir en educación de calidad beneficia a todos, algo empieza a cambiar.
Información basada en reportes de: La Nacion