El precio de estar del lado correcto
Hace poco fallecía un abogado cuya vida fue menos un currículum y más una toma de postura permanente. No era un personaje de película: era alguien que entendió algo fundamental que muchos jueces y legisladores nunca comprenderán. La frontera no es una línea en un mapa; es un abismo entre derechos humanos garantizados y derechos humanos ignorados.
Trabajar por migrantes, desplazados y explotados en territorios fronterizos es elegir estar al lado de quienes nadie elige. Es rechazar la comodidad de un escritorio en la capital para enfrentar la realidad de personas cuyas historias incomodan a gobiernos y corporaciones por igual. Eso fue lo que hizo este profesional del derecho durante décadas: convertir su expertise jurídica en escudo para los vulnerables.
La frontera como laboratorio de injusticia
Latinoamérica vive una crisis migratoria que no comenzó ayer ni terminará mañana. Millones de personas cruzan fronteras huyendo de violencia, pobreza estructural y falta de oportunidades. En ese tránsito, quedan expuestos a explotación laboral, trata de personas, extorsión y abandono legal. Los gobiernos construyen muros; los sistemas judiciales crean laberintos de trámites; y las corporaciones aprovechan la vulnerabilidad.
Frente a ese panorama, algunos abogados eligen especialización en derecho corporativo o fiscal. Otros, menos, deciden que su profesión debe ser un acto de resistencia. No es una opción lucrativa. No trae poder político. Pero trae algo que los sistemas de justicia latinoamericanos necesitan desesperadamente: coherencia moral.
¿Qué significa defender lo indefendible?
Aquí reside la paradoja que debería hacernos reflexionar. Las personas migrantes y desplazadas no son indefendibles; sus casos son politizados como tales. Un abogado que se dedica a este trabajo no está defendiendo «lo indefendible», sino lo que el poder intenta dejar sin defensa. Hay una diferencia crucial.
Cuando alguien arriesga credibilidad profesional, seguridad personal y estabilidad económica para cuestionar políticas fronterizas o denunciar explotación laboral, no está siendo ingenuo. Está siendo claro sobre cuáles son sus prioridades éticas. Y en un continente donde la corrupción y la impunidad son enfermedades crónicas, esa claridad es más valiosa que cualquier título.
El lado olvidado de las historias fronterizas
Las noticias sobre fronteras suelen enfocarse en números de deportaciones, en seguridad nacional, en control de drogas. Raramente hablan de los nombres, las familias, las historias específicas de quienes quedan atrapados en esos sistemas. Un abogado fronterizo competente es quien convierte esos números en rostros, en expedientes donde aparece la dignidad humana.
Lo que muere con la desaparición de profesionales comprometidos no es solo la capacidad de defensa legal. Es la memoria de que existió alguien que se atrevió a cuestionar lo cuestionable, a documentar lo invisibilizado, a poner nombres donde había estadísticas.
La lección que duele
El llanto en ambos lados del río no es solo dolor por una persona. Es reconocimiento de ausencia. Ausencia de alguien que miraba con los mismos ojos a migrantes, desplazados y explotados. Alguien que entendió que la justicia no es un concepto abstracto sino un servicio que se presta a quienes menos pueden pagarlo.
Latinoamérica necesita preguntarse: ¿cuántos abogados así perdemos cada año? ¿Cuántos abandonan la práctica de justicia social por burnout, por amenazas, por falta de recursos? ¿Qué tan sostenible es esperar que individuos excepcionales carguen solos con la responsabilidad de que exista alguna rendición de cuentas?
Porque aquí está el verdadero desafío: las fronteras seguirán existiendo, la migración seguirá siendo una realidad, la explotación seguirá buscando víctimas. Sin estructuras de justicia comprometidas con los vulnerables, volveremos a depender de héroes individuales. Y los héroes no son sostenibles; se agotan, se enferman, se van.
La pregunta que debe quedarnos no es solo cómo honrar a quien ya no está. Es cómo construir sistemas donde ya no sean necesarios estos actos de sacrificio extraordinario para que exista algo tan básico como justicia.
Información basada en reportes de: Jornada.com.mx