El 8M en tiempos de turbulencia: feminismo que se reinventa
Cada 8 de marzo, las calles de México se tiñen de morado. Pero este año, las mujeres que marcharon lo hicieron bajo un cielo cargado de incertidumbre global. No es la misma coyuntura de hace cinco años. El contexto cambió, y con él, también los desafíos que enfrenta el movimiento feminista mexicano.
Las plazas públicas volvieron a ser escenario de consignas, carteles caseros y voces que reclaman justicia. Sin embargo, esta edición del 8M llegó marcada por realidades que trascienden las fronteras nacionales: conflictos armados que golpean a mujeres en Medio Oriente y Europa del Este, el avance de gobiernos de corte ultraderechista en América Latina y el mundo, y una polarización política que permea hasta los espacios feministas.
Un movimiento diverso y, a veces, contradictorio
Lo que quedó evidente en las manifestaciones es que el feminismo mexicano ya no responde a una sola narrativa. Las mujeres indígenas marcharon con sus demandas de tierra y autonomía. Las trabajadoras del sector informal exigieron mejores condiciones laborales. Las víctimas de violencia de género buscaban justicia en un país donde cada día mueren más de diez mujeres. Las jóvenes estudiantes debatían sobre género y educación. Y mientras tanto, otras voces feministas reflexionaban sobre cómo responder a las crisis humanitarias que suceden lejos pero que nos tocan de cerca.
Esta pluralidad no es debilidad, aunque algunos así lo intenten ver. Es la expresión viva de que la lucha por igualdad atraviesa múltiples ejes: clase, raza, orientación sexual, capacidad física. Pero también revela tensiones reales. ¿Cómo articular demandas locales cuando el sistema patriarcal se globaliza? ¿Cómo mantener la unidad cuando el discurso antifeminista crece entre sectores que antes parecían impensables?
La amenaza del conservadurismo resurgente
El panorama político latinoamericano se ha endurecido. El surgimiento de fuerzas políticas que cuestionan derechos reproductivos, que promueven una restauración de roles tradicionales de género, y que utilizan la retórica antifeminista como herramienta electoral, representa una amenaza concreta para las conquistas que el movimiento ha logrado en décadas.
En México, aunque se avanzó en reconocimiento de derechos—como la paridad política y la tipificación de feminicidios—el retroceso es una realidad palpable. Iniciativas que buscan restringir el acceso al aborto, discursos que criminalizan a madres solteras, y políticas públicas que ignoran la violencia de género estructural, conviven en un Estado que dice reconocer la igualdad pero actúa de manera inconsistente.
Las guerras lejanas que nos tocan de cerca
Algo nuevo este 8M fue la presencia de demandas sobre conflictos armados. Mujeres y disidencias expresaron su solidaridad con mujeres palestinas, ucranianas, sirias. No es casualidad. El patriarcado y el militarismo son hermanos gemelos. Las guerras siempre golpean más duramente a las mujeres: son víctimas de violación como arma de guerra, pierden sus redes de contención social, ven cómo sus hijos e hijas mueren en combates que no eligieron.
Para el feminismo mexicano, esta conexión no es nueva. Basta recordar la represión que enfrentó el movimiento en 1968, o cómo las desapariciones forzadas en México han afectado desproporcionadamente a mujeres y personas LGBTQ+. Pero sí representa un giro hacia una perspectiva más global, reconociendo que no hay emancipación posible mientras el mundo siga sumido en conflictos.
¿Hacia dónde avanza la lucha?
Las marchas del 8M son un termómetro. Este año mostró un movimiento que sigue siendo capaz de convocar masivamente, pero que también debe enfrentar preguntas incómodas. ¿Cómo se traduce la rabia en políticas públicas? ¿Cómo se sostiene la movilización sin caer en el agotamiento? ¿Cómo se construye unidad en la diversidad sin pretender homogeneidad?
Lo cierto es que en México, como en toda América Latina, el feminismo sigue siendo necesario. Las mujeres siguen siendo asesinadas. Las disidencias sexuales siguen siendo perseguidas. Las trabajadoras domésticas siguen siendo explotadas. Y mientras eso sea así, habrá 8M. Habrá marchas. Habrá gritos que reclamen un mundo diferente.
El desafío ahora es construir estrategias que logren trascender la calle. Que se conviertan en presión política concreta, en transformación de leyes, en cambio cultural profundo. En un mundo donde la ultraderecha avanza y las guerras se multiplican, el feminismo mexicano debe seguir siendo faro de resistencia y, a la vez, espacio de imaginación de futuros posibles.
Información basada en reportes de: El Financiero