Cuando la tecnología vence a la política
Donald Trump regresó a la Casa Blanca con una promesa clara: desmantelar la globalización mediante aranceles masivos. Pero existe un problema incómodo para esta estrategia: la infraestructura que sostiene la inteligencia artificial ha creado una red de interdependencias tan compleja que ni siquiera el mayor poder económico del planeta puede simplemente desconectarse sin sufrir consecuencias catastróficas.
La carrera por dominar la IA no es solo una competencia tecnológica entre potencias. Es una fiebre de recursos que ha transformado el comercio mundial en algo parecido a una cadena de montaje de un solo producto: la capacidad computacional. Y esa cadena atraviesa fronteras, océanos y jurisdicciones de una manera que hace que los aranceles tradicionales sean casi irrelevantes.
El problema de los semiconductores: la grieta en el muro proteccionista
Para entrenar un modelo de lenguaje grande, necesitas miles de chips especializados. Para desplegar sistemas de IA en producción, necesitas más miles. Para mantener todo funcionando, necesitas un suministro constante de componentes que solo existen en determinados lugares del planeta.
Taiwan produce la mayoría de los chips más avanzados del mundo. Corea del Sur domina la fabricación de memoria. Japón controla componentes críticos de la cadena de suministro. Incluso China, a pesar del aislamiento parcial impuesto por restricciones estadounidenses, sigue siendo esencial en la producción de semiconductores menos avanzados que alimentan infraestructura más antigua pero aún crítica.
¿El resultado? Que una empresa estadounidense que quiera competir en IA no puede simplemente rechazar componentes extranjeros. Su competitividad depende de acceso inmediato a la mejor tecnología, sin importar dónde se fabrique. Un arancel que encarezca estos componentes es, en esencia, un impuesto a la propia capacidad de innovación norteamericana.
La paradoja del proteccionismo tecnológico
Aquí está la ironía que los gobiernos están descubriendo lentamente: intentar aislar tu cadena de suministro de IA no te hace más fuerte, te hace más débil. Las economías que logran mantener acceso fluido a componentes globales son las que avanzan más rápido en desarrollo de IA. Las que se cierran simplemente se quedan atrás.
Trump enfatiza la necesidad de «traer de vuelta» la manufactura a Estados Unidos. Es un argumento que tuvo sentido en los años ochenta cuando se trataba de automóviles o textiles. Pero la manufactura de chips de última generación requiere ecosistemas de investigación, infraestructura y talento que llevó décadas construir en lugares como Taiwan y Corea del Sur. No puedes simplemente replicar eso con inversión gubernamental y patriotismo corporativo.
La perspectiva desde América Latina: espectadores sin entrada
Para la región latinoamericana, esta dinámica presenta un dilema fascinante. Mientras Estados Unidos y China compiten por dominio en IA, y mientras la cadena de suministro de semiconductores se vuelve más crítica, los países latinoamericanos permanecen mayormente como espectadores. No controlamos fabricación de chips. No tenemos ecosistemas de investigación de IA comparables. Importamos tecnología, no la producimos.
El proteccionismo estadounidense podría afectarnos indirectamente: si los costos de infraestructura de IA suben en el norte, los costos para adoptar estas tecnologías en la región suben también. El sueño de que América Latina cierre la brecha digital se vuelve más caro. Y mientras tanto, el flujo de talento tecnológico que podría quedarse en la región sigue yendo hacia Silicon Valley.
¿Qué significa esto realmente?
La globalización tecnológica probablemente resistirá embates arancelarios porque la lógica económica es demasiado poderosa. Una empresa que necesita competir en IA global no puede darse el lujo de ignorar dónde están los mejores componentes. Un país que quiera líderes en IA no puede hacer que sus empresas compren insumos más caros solo por principios proteccionistas.
Pero eso no significa que Trump no logre cambios. Los aranceles probablemente acelerarán intentos de «nearshoring» (traer producción a países cercanos), inversiones en manufactura local de chips menos avanzados, y quizá algunos ajustes en cómo se estructuran las cadenas de suministro. Lo que casi seguramente no logrará es desconectar la economía estadounidense de las realidades globales de la producción tecnológica.
La pregunta real no es si la globalización resistirá. Es quién pagará los costos de intentar detenerla.
Información basada en reportes de: Expansion.com