Cuando las corporaciones se atreven a educar: el modelo de Ternium en Brasil
La inauguración de un nuevo centro de formación técnica en Santa Cruz, Río de Janeiro, protagonizada por el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y el empresario Paolo Rocca, representa mucho más que un acto protocolar corporativo. Es, en realidad, un termómetro de cómo la industria manufacturera latinoamericana está reaccionando ante el déficit estructural de capacitación especializada que caracteriza a nuestros países.
Ternium, la siderúrgica más grande de América Latina con operaciones estratégicas en Brasil, Argentina, Colombia y México, ha decidido invertir recursos propios en la educación técnica. Esta decisión no es casual ni es filantrópica en su esencia: responde a una lógica empresarial clara. Las grandes corporaciones industriales necesitan trabajadores calificados y, frente a la incapacidad de los sistemas educativos públicos para satisfacer esa demanda, toman la iniciativa.
Un vacío que la educación pública no logra llenar
Durante décadas, los gobiernos latinoamericanos han invertido porcentajes insuficientes en formación técnica y profesional. Mientras los países desarrollados destinan presupuestos significativos a este tipo de educación —reconociendo que no todo estudiante necesita o desea una carrera universitaria— en nuestro continente persiste la creencia de que la educación técnica es de segunda categoría.
Esta brecha ha generado consecuencias palpables: desempleo juvenil elevado, empleos precarios sin calificación, y empresas que deben importar talento especializado o invertir recursos en entrenamientos costosos. La nueva escuela técnica de Ternium en Brasil, ubicada a proximidad del complejo industrial donde opera la compañía, intenta resolver precisamente este problema desde la oferta privada.
El modelo de capacitación integrada al territorio
Lo interesante del modelo que Ternium implementa es su localización estratégica. No se trata de una institución educativa desconectada de la realidad productiva. Al estar junto a sus operaciones industriales, la escuela puede ofrecer prácticas en entornos reales, internados en empresas, y una conexión directa entre lo que se enseña en el aula y lo que demanda el mercado laboral.
Esta fórmula, común en Alemania y Suiza, es aún incipiente en América Latina. La educación dual —aquella que alterna trabajo teórico con práctica en planta— ha demostrado reducir significativamente el desempleo juvenil y mejorar la calidad de los trabajadores. Que una corporación como Ternium lo replique en Brasil envía señales importantes a otros sectores industriales de la región.
¿Un modelo exportable a México?
Para los observadores de la educación en México, esta iniciativa brasileña plantea interrogantes provocadores. Ternium opera también en nuestro país, con inversiones significativas. ¿Replicará este modelo en México? ¿Qué está esperando?
México enfrenta un desafío educativo mayúsculo. Millones de jóvenes abandonan la educación sin contar con habilidades técnicas transferibles. El desempleo juvenil sigue siendo crítico, particularmente en zonas alejadas de los centros urbanos. Una red de escuelas técnicas integradas con la industria siderúrgica, automotriz y manufacturera mexicana podría transformar realidades locales enteras.
La responsabilidad social empresarial redefinida
Es importante no romantizar esta iniciativa de Ternium. Las corporaciones no son filántropos. Invierten en educación porque esperan retornos: una cantera de trabajadores calificados, reducción de costos de entrenamiento, mejora en la reputación corporativa, y acceso a incentivos fiscales ofrecidos por gobiernos.
Sin embargo, el cinismo tampoco es productivo. Que exista un alineamiento entre los intereses empresariales y las necesidades educativas del territorio es, en realidad, lo ideal. Es cuando la responsabilidad social corporativa deja de ser un departamento de relaciones públicas y se convierte en estrategia integrada.
Un llamado a gobiernos y otras corporaciones
La inauguración en Brasil debe funcionar como espejo para gobiernos latinoamericanos. Si las empresas privadas tienen que asumir responsabilidades que debería cumplir el Estado, algo está fallando sistémicamente. No obstante, mientras el sistema falla, los jóvenes continúan siendo el grupo más perjudicado.
Un escenario ideal requeriría alianzas público-privadas más fuertes, donde el Estado invierte en infraestructura educativa y las corporaciones aportan expertise, recursos y conexión con el mercado laboral. Varios países como Colombia han avanzado en esta dirección con resultados alentadores.
La experiencia de Ternium en Brasil es un paso en la dirección correcta, pero insuficiente. Debe ser replicada, expandida, mejorada y, fundamentalmente, complementada con políticas educativas nacionales que hagan de la formación técnica una prioridad real, no un discurso.
Reflexión final: educación como infraestructura
América Latina invierte en carreteras, puertos y energía. Es hora de invertir con la misma seriedad en educación técnica, reconociendo que es una infraestructura tan crítica como cualquier otra para el desarrollo. Cuando corporaciones como Ternium asumen este rol, es porque el Estado ha dejado un vacío. La pregunta que debemos hacernos es: ¿cuándo cerraremos ese vacío?
Información basada en reportes de: La Nacion