Una voz desde las márgenes: Sophie Demange denuncia la ineficacia estatal contra la violencia de género
Sophie Demange lleva años cargando historias. No son ficción literaria, aunque ella es escritora. Son testimonios reales de mujeres, trabajadoras sexuales y menores que viven en condiciones de extrema vulnerabilidad. Cada jornada de trabajo en el centro que dirige en Francia le permite documentar realidades que las estadísticas oficiales no siempre visibilizan: cómo la violencia de género opera en los intersticios de la pobreza, el abandono institucional y la marginalización social.
En una afirmación contundente, Demange sostiene que ningún país se ha preparado adecuadamente para proteger a las víctimas de violencia de género. Esta declaración resuena particularmente en América Latina, donde los números son desgarradores. Según datos de la Organización Panamericana de la Salud, una de cada tres mujeres experimenta violencia física o sexual en la región. México, específicamente, ha registrado cifras alarmantes de feminicidios: más de diez asesinatos de mujeres diarios en algunos períodos, según reportes de organizaciones de derechos humanos.
El trabajo de Demange: donde la realidad supera los textos
Lo que distingue el trabajo de Sophie Demange es su aproximación integral. No separa la violencia de género de otras vulnerabilidades. Entiende que las mujeres trabajadoras sexuales, aquellas sin hogar, las menores en situación de calle, enfrentan capas adicionales de violencia que los sistemas de protección tradicionales ignoran. Su experiencia directa atendiendo a estas poblaciones le ha permitido identificar brechas críticas: falta de espacios seguros, recursos insuficientes, estigmatización de las víctimas y, fundamentalmente, una arquitectura institucional que no fue diseñada para escuchar a quienes están más afuera.
En México, esta realidad es particularmente visible. Las mujeres indígenas, las trabajadoras del hogar, las migrantes y aquellas que viven en contextos de pobreza extrema tienen acceso limitado a sistemas de justicia que, además de ser lentos, frecuentemente las culpabilizan. Los centros de atención a víctimas de violencia sexual muchas veces están concentrados en capitales estatales, dejando a poblaciones rurales sin acceso. Las alertas de género que se han emitido en varios estados reconocen esta realidad, pero las acciones concretas siguen siendo insuficientes.
La brecha entre la teoría y la práctica
Demange no es la primera en señalar esta desconexión. Durante años, académicas, activistas y trabajadoras sociales en toda América Latina han documentado cómo existen leyes contra la violencia de género—incluso avanzadas—pero su implementación es deficiente. México cuenta con la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia desde 2007, reformada múltiples veces. Sin embargo, la impunidad sigue siendo la norma: según cifras del Instituto Mexicano para la Competitividad, aproximadamente el 99% de los casos de violencia no llega a sentencia condenatoria.
La observación de Demange toca un punto neurálgico: los gobiernos no tienen los «deberes hechos». Esta metáfora escolar es potente. Los gobiernos no han hecho la tarea. No han capacitado a sus policías, no han dotado presupuestos suficientes a las unidades especializadas, no han creado rutas seguras de denuncia, no han erradicado la corrupción que permite que agresores queden impunes. Y lo más importante: no han escuchado verdaderamente a las víctimas para diseñar intervenciones que respondan a sus necesidades reales.
Historias que demandan justicia estructural
Las narrativas que Demange recoge diariamente revelan patrones que trascienden fronteras. Una mujer trabajadora sexual que no denuncia violaciones por miedo a represalias de autoridades. Una menor sin hogar sin acceso a anticonceptivos ni información sobre derechos sexuales. Una madre migrante que no puede reportar abuso porque carece de documentos. Estas historias no son excepciones; son síntomas de sistemas diseñados sin ellas en mente.
Lo radical de la propuesta de Demange es que demanda repensar la protección desde la base. No es suficiente crear leyes o campañas de sensibilización. Se requiere inversión en infraestructura de cuidado, en sistemas de justicia restaurativos que no re-victimicen, en educación sexual integral, en economía feminista que permita independencia económica, y crucialmente, en espacios donde las mujeres más marginalizadas puedan hablar sin temor.
Un llamado que América Latina no puede ignorar
En contextos como el mexicano, donde la violencia de género intersecta con violencia por narcotráfico, pobreza estructural y represión estatal, las palabras de Demange adquieren urgencia. No es suficiente denunciar el problema. Es hora de que gobiernos, instituciones y sociedad civil reconozcan que proteger a las víctimas de violencia requiere reimaginar por completo las estructuras de poder, acceso y justicia.
Sophie Demange, desde su trinchera en Francia, está haciendo la tarea que muchos gobiernos evaden: documentar, visibilizar y exigir. América Latina necesita más voces como la suya, especialmente aquellas que emergen de trabajar directamente con quienes viven la violencia a diario.
Información basada en reportes de: Elperiodico.com