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Seis perspectivas femeninas transforman la pantalla mexicana

Imcine y Cineteca Nacional abren diálogo sobre cine hecho por mujeres con una programación que visibiliza miradas diversas en el séptimo arte.
Seis perspectivas femeninas transforman la pantalla mexicana

Cuando las mujeres cuentan historias desde la dirección

El cine es, ante todo, un acto de visión. No solo en el sentido técnico de lo que la cámara captura, sino en la capacidad de quien sostiene esa cámara para imponer una perspectiva única sobre el mundo. Durante décadas, esa visión ha estado mayormente en manos de directores hombres, dejando una brecha profunda en las narrativas que pueblan nuestras pantallas. Ahora, en los umbrales del Día Internacional de la Mujer, instituciones mexicanas como el Instituto Mexicano de Cinematografía y la Cineteca Nacional se proponen cerrar esa grieta, al menos simbólicamente, mediante una iniciativa que pone en el centro seis miradas distintas del cine hecho por mujeres.

Esta programación especial no es un acto de caridad hacia el cine femenino, sino un reconocimiento tardío de una verdad incómoda: durante años, el sistema cinematográfico ha privilegiado ciertas voces mientras silenciaba otras. Las mujeres cineastas mexicanas han producido obras de profunda calidad artística, han ganado premios internacionales, han explorado territorios narrativos complejos. Sin embargo, su visibilidad sigue siendo fragmentaria, su acceso a recursos desigual, su presencia en festivales y salas comerciales notoriamente menor que la de sus colegas hombres.

Un contexto que persiste

Los números son elocuentes. Según diversos reportes de industria, apenas una cuarta parte de las películas producidas en Latinoamérica tienen a una mujer en la dirección. En México, ese porcentaje fluctúa entre el 20 y el 25 por ciento. Cuando se habla de presupuestos, la disparidad se acentúa: las directoras reciben en promedio menores financiamientos que sus homólogos masculinos, lo que repercute directamente en la escala de sus producciones. No es coincidencia que muchas de las cineastas más relevantes del país hayan tenido que buscar coproducciones internacionales para llevar sus proyectos a la pantalla.

La iniciativa que anuncian Imcine y la Cineteca Nacional intenta, modestamente, alterar este panorama. Al curar una selección de seis películas bajo la lente específica de «miradas de mujeres», estas instituciones hacen algo más que programar películas: establecen un diálogo público sobre cómo el género del cineasta influye inevitablemente en lo que elige contar y cómo lo cuenta.

Más allá de la representación

Lo que resulta particularmente interesante es que el cine hecho por mujeres no constituye un género homogéneo. Una directora puede acercarse al cine de terror, otra al documental político, una tercera al melodrama o la comedia. Lo que las une no es una estética común, sino la experiencia compartida de navegar una industria que históricamente las ha tratado como cineastas de segunda categoría, si es que las ha tratado como cineastas al todo.

En Latinoamérica, directoras como Laura Poitras, Claudia Llosa, Débora Franco o la mexicana Óscar Menéndez han demostrado que la visión femenina enriquece el lenguaje cinematográfico, abre nuevas posibilidades narrativas, introduce inquietudes que el cine masculino dominante había dejado al margen. Cuando una mujer cuenta una historia, inevitablemente trasluce una relación particular con el poder, con el cuerpo, con la familia, con el conflicto. No porque ello sea esencial de las mujeres, sino porque la posición social desde la cual ven el mundo es específica, compleja, frecuentemente contradictoria.

Un acto de justicia cultural

La programación que proponen estas instituciones debe entenderse como parte de un movimiento más amplio de justicia cultural que recorre el continente. No se trata solo de dar visibilidad, sino de redistribuir el poder de la narración, de reconocer que el cine es un bien público, una herramienta de construcción de imaginarios colectivos, y que esos imaginarios no pueden seguir siendo dibujados exclusivamente por la mitad de la población.

Estas seis miradas que México decide destacar en este momento son, ante todo, un recordatorio de que el futuro del cine pasa por democratizar la dirección, por garantizar que cualquier persona con una historia urgente, una visión original y una pasión por el séptimo arte pueda acceder a los recursos necesarios para realizarla. Eso es, finalmente, lo que estas instituciones, aunque modestamente, están comenzando a reconocer.

Información basada en reportes de: Jornada.com.mx

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