Existe una pregunta que flota incómoda en los círculos de la política progresista global, y México no es la excepción: ¿por qué ningún gobierno, ni siquiera los que se declaran de izquierda, logra acometer una verdadera reforma fiscal? La economista italiana Mariana Mazzucato, asesora de administraciones como la de Pedro Sánchez en España y Lula da Silva en Brasil, ha planteado esta interrogante de manera directa durante una gira en Europa presentando su libro más reciente.

La pregunta no es retórica. Detrás hay una realidad política incómoda que trasciende fronteras y gobiernos. Mientras México sigue debatiendo cómo financiar sus instituciones, mientras la recaudación fiscal se estanca y la desigualdad persiste, la respuesta que ofrece Mazzucato es brutal en su sencillez: falta coraje político. Falta, literalmente, la voluntad de confrontar los intereses establecidos.

¿Qué significa una verdadera reforma fiscal?

Cuando se habla de reforma fiscal, no se trata apenas de ajustar tasas o crear nuevos impuestos. Una transformación estructural del sistema tributario implicaría cuestionar la arquitectura misma de cómo se distribuye la carga impositiva en la sociedad. Significa, en términos concretos, que quienes más tienen paguen proporcionalmente más, que las grandes corporaciones no encuentren fisuras legales para evadir contribuciones, y que el estado tenga recursos reales para financiar educación, salud y seguridad social.

En México, sabemos bien cómo funciona esta lógica de evasión. Nuestro sistema tributario es notoriamente regresivo: los más pobres pagan proporcionalmente más que los ricos. La informalidad económica, que alcanza casi 60% de la población ocupada, reduce la base gravable. Mientras tanto, grandes empresas y fortunas privadas encuentran maneras legales —y a veces ilegales— de minimizar sus contribuciones.

La reform fiscal no es un asunto técnico, aunque muchos gobiernos lo presenten así. Es, fundamentalmente, un asunto de poder político y distribución de recursos. Por eso el diagnóstico de Mazzucato es pertinente incluso para América Latina.

El dilema de los gobiernos progresistas

Lo paradójico es que Mazzucato asesora justamente a gobiernos que se presentan como alternativas al neoliberalismo. Pedro Sánchez en España, Lula da Silva en Brasil: administraciones de centroizquierda que ganaron prometiendo cambios redistributivos. Y sin embargo, cuando llega el momento de la verdad tributaria, muchos encuentran razones para no avanzar: presión de mercados financieros, amenazas de capital que emigra, temor a afectar la inversión privada.

En Brasil, Lula enfrentó exactamente este dilema. A pesar de su retórica transformadora, la realidad de gobernar con una economía integrada a mercados globales genera limitaciones reales. No son inventadas, pero tampoco son insuperables. El problema es que la mayoría de gobiernos ni siquiera lo intenta en serio.

Para México, esto tiene consecuencias directas. Un estado débil en su capacidad recaudatoria es un estado débil en seguridad, en educación, en infraestructura. Y un estado débil beneficia precisamente a quienes menos quieren que se cambie el sistema fiscal.

¿Por qué falta coraje político para la reforma fiscal?

La respuesta de Mazzucato apunta a algo más profundo que la incompetencia. Se trata de captura política real. Los gobiernos, incluso progresistas, operan dentro de estructuras de poder en las que los sectores económicos más concentrados tienen influencia desproporcionada. Cambiar el sistema fiscal de verdad significaría enfrentar resistencia organizada, campañas mediáticas sofisticadas, advertencias sobre consecuencias catastróficas para la economía.

¿Es eso totalmente falso? No completamente. Hay costos reales en cualquier reforma tributaria profunda, al menos en el corto plazo. Pero la pregunta que Mazzucato deja al aire es si esos costos son realmente insuperables, o si simplemente los gobiernos deciden que no vale la pena pagar el precio político.

En el contexto mexicano, la pregunta se vuelve aún más urgente. Tenemos niveles de desigualdad que son entre los más altos de la OCDE. Tenemos violencia ligada a la economía informal y al crimen que lucra con esa informalidad. Tenemos instituciones públicas desfinanciadas. Una reforma fiscal progresiva no solucionaría todo eso, pero sería un paso esencial.

El libro como brújula, no como solución

Mazzucato presentó en España su nuevo trabajo, descrito como una especie de orientación para construir una nueva economía de forma colectiva. El título, «Bien común», suena esperanzador. Pero hay algo que el título no revela: que cambiar el sistema tributario no es un asunto de buenos argumentos en un libro, sino de poder político en la calle, en el congreso, en las calles.

Dicho de otra manera: el análisis de Mazzucato es válido, pero incompleto. El coraje que falta no es intelectual. Es político. Y eso solo se construye con presión social organizada, con movimientos que hagan más costoso políticamente mantener el statu quo que cambiarlo.

Para México, la lección es clara: no esperemos que la próxima administración llegue con una reforma fiscal transformadora inscrita en su agenda. Eso no sucede por clarividencia de los líderes. Sucede cuando hay suficiente presión, suficiente organización, suficiente demanda ciudadana de que las cosas cambien. Y sucede, frecuentemente, cuando se agota la paciencia.

Mientras tanto, seguiremos en una economía donde quienes más tienen pagan menos, donde el estado carece de recursos, y donde gobiernos de cualquier color descubren que el sistema tributario es demasiado importante para cambiar de verdad. Esa es la verdad incómoda que Mazzucato nombra: no es falta de ideas. Es falta de poder político de quienes lo necesitan.

Información basada en reportes de: Eldiario.es