El dilema de Chile: ¿screening de inversiones o proteccionismo encubierto?
Existe un momento incómodo en la vida de las democracias cuando deben elegir entre lo que predican y lo que sus aliados demandan. Chile está viviendo ese momento ahora, y la fecha límite es diciembre. El Gobierno se prepara para enviar al Congreso un mecanismo de revisión de inversiones extranjeras, un proyecto que hasta hace poco parecía tabú en un país que construyó su marca internacional sobre los pilares del libre comercio.
Pero aquí está la paradoja fundamental: quien insiste más en esta legislación no es la sociedad civil chilena, ni movimientos nacionalistas locales, sino Estados Unidos. Su embajada ha sido persistente desde febrero, reiterando la necesidad de este screening como si fuera una prioridad nacional chilena. Y eso, precisamente, debería hacer pensar.
Cuando el libre mercado se redefine según conveniencias
Durante décadas, Chile fue estandarte de la ortodoxia económica liberal en la región. Mientras otros países latinoamericanos debatían nacionalizaciones y control estatal de recursos, Santiago celebraba su apertura comercial como virtud moral. Las inversiones extranjeras llegaban sin mayores obstáculos, y eso se vendía como prueba de modernidad.
Hoy, cuando las mismas potencias que impulsaron esa lógica neoliberal descubren que les resulta conveniente tener mecanismos de control sobre dónde fluye el capital —particularmente pensando en China—, nos piden hacer exactamente lo opuesto. El screening de inversiones es, dicho directamente, lo que hace décadas hubiera sido tachado de proteccionista.
No es que el mecanismo sea intrínsecamente malo. Muchas democracias desarrolladas lo usan: Estados Unidos tiene el CFIUS, Europa ha reforzado sus marcos de revisión. Pero la pregunta que Chile debe hacerse es distinta: ¿lo necesitamos porque nuestros intereses nacionales lo exigen, o porque estamos cediendo ante presión externa?
La invasión silenciosa de las prioridades ajenas
Hay algo revelador en que una embajada extranjera deba insistir durante meses para que un tema llegue a la agenda legislativa. Sugiere que no responde a una demanda genuina del debate nacional. En cambio, refleja que las prioridades externas terminan siendo nuestras prioridades, y los tiempos de otros se convierten en nuestros tiempos.
El contexto geopolítico es evidente: la rivalidad entre Estados Unidos y China genera presiones sobre aliados como Chile para que adopten medidas de control sobre inversión china. Es una táctica conocida, sofisticada, pero al fin y al cabo sigue siendo influencia externa sobre decisiones que deberían ser profundamente nacionales.
¿Qué debate falta en Chile?
Antes de legislar sobre screening, Chile debería hacer algo más fundamental: preguntarse realmente cuáles son sus intereses en inversión extranjera, qué sectores requieren protección, cuáles se benefician de apertura, y cuál es la visión de país que queremos construir.
¿Queremos proteger la industria tecnológica nacional? ¿Defender recursos estratégicos? ¿Asegurar que la inversión en energía se alinee con transición ecológica? Esas serían preguntas legítimas. Pero el debate público sobre screening en Chile ha sido opaco, técnico, y condujo principalmente por cancillerías, no por el país.
La democracia requiere que los ciudadanos conozcan y deliberen sobre cambios estructurales en sus reglas económicas. Un proyecto legislativo sobre inversiones extranjeras es precisamente eso: estructural. Merece más que impulso diplomático.
La madurez está en pensar propio
No se trata de rechazar un screening por principios ideológicos, ni de aceptarlo por presión geopolítica. Se trata de que Chile diseñe sus propias reglas, desde sus propios intereses, con sus propios tiempos democráticos.
Diciembre llegará igual. Lo importante es que cuando el proyecto entre al Congreso, sea porque Chile decidió que lo necesita, no porque alguien más consideró que conviene. Esa es la diferencia entre soberanía real y simulada.
Información basada en reportes de: Www.df.cl


