Latinoamérica frente al ecocidio: la batalla por convertir la destrucción ambiental en crimen

En las selvas amazónicas, en las cuencas de agua dulce y en los océanos del Pacífico y el Atlántico, ocurren actos de depredación sistemática que generan daños irreversibles. Sin embargo, quienes los perpetúan rara vez enfrentan consecuencias legales comparables a otros crímenes graves. Esta brecha en la justicia ambiental es lo que busca cerrar una iniciativa que avanza en América Latina: la construcción de un marco legal que reconozca el ecocidio como un crimen internacional formal.

La región latinoamericana concentra desproporcionadamente los ecosistemas más valiosos del planeta. El Amazonas almacena el 10% del carbono terrestre, la Patagonia regula sistemas climáticos globales, y los arrecifes de coral del Caribe sostienen cadenas alimenticias de alcance mundial. Paradójicamente, también concentra tasas aceleradas de destrucción. La deforestación, los derrames petroleros, la contaminación hídrica y la minería ilegal no son fenómenos aislados sino patrones estructurales que permanecen mayormente impunes dentro de los sistemas jurídicos existentes.

La propuesta de una Ley Modelo de Ecocidio representa un cambio conceptual profundo. No se trata simplemente de aumentar multas ambientales o mejorar regulaciones sectoriales. El ecocidio, en su definición más rigurosa, implica daño tan masivo y duradero a un ecosistema que reduce su capacidad de sustentar vida. Criminalizarlo significa reconocer que destruir los sistemas naturales de los que depende la existencia humana constituye un acto equiparable a otros delitos contra la humanidad.

Varios países de la región ya han iniciado conversaciones legislativas sobre este tema. Ecuador, que en 2008 incorporó derechos de la naturaleza en su Constitución, representa un antecedente importante. Colombia y Perú, ambos con territorios amazónicos críticos, enfrentan presiones urgentes para actuar. Bolivia ha experimentado incendios forestales catastróficos. Chile lidia con la desertificación acelerada. La necesidad es común, aunque los contextos sean distintos.

El desafío central radica en la operacionalización. Una ley que tipifique el ecocidio requiere definiciones precisas sobre umbrales de daño, criterios de responsabilidad y conexiones causales complejas. ¿Quién es responsable cuando una corporación multinacional opera a través de filiales locales? ¿Cómo se mide el daño intergeneracional en ecosistemas que tardan décadas en mostrar colapso total? ¿Quién tiene legitimidad para presentar denuncias? Estas preguntas no tienen respuestas simples, pero son indispensables resolver las antes de que una ley pueda ser efectiva.

Otro factor crítico es la capacidad institucional. América Latina posee sistemas judiciales frecuentemente débiles, corruptos o capturados por intereses económicos. Una ley de ecocidio será letra muerta si no va acompañada de investigadores ambientales capacitados, fiscales especializados, y tribunales independientes con acceso a recursos técnicos para evaluar daños ecosistémicos. Esto implica inversión pública significativa en un contexto donde muchos países enfrentan limitaciones presupuestarias.

La dimensión política es igualmente compleja. Las actividades económicas que constituirían ecocidio—la ganadería extensiva, la agricultura de monocultivo, la extracción de recursos naturales—generan empleos y recaudación fiscal en economías vulnerables. Criminalizar estas prácticas sin ofrecer alternativas económicas viables desencadenaría conflictividad social seria. El marco legal debe acompañarse de transiciones productivas realistas que no sacrifiquen a comunidades dependientes de estas actividades.

A nivel internacional, el momentum es notable. En 2023, la Asamblea de Naciones Unidas reconoció el derecho a un ambiente limpio como derecho humano fundamental. Varios países fuera de la región han adoptado legislación sobre ecocidio o están en proceso de hacerlo. Una ley modelo latinoamericana podría servir como catalizador, demostrando que la criminalización del ecocidio es viable en contextos de economías en desarrollo altamente dependientes de recursos naturales.

Lo urgente ahora es que esta iniciativa no quede como ejercicio académico. Los países de la región deben establecer procesos de consulta amplios con comunidades indígenas, científicos ambientales, actores económicos, y organizaciones defensoras de derechos. Deben evaluar qué capacidades institucionales existen y cuáles deben construirse. Deben negociar cómo proteger ecosistemas sin generar nuevas injusticias sociales.

La pregunta de si América Latina es ecocida no tiene una respuesta binaria. Lo que sí es cierto es que la región está siendo destruida de manera sistemática y rentable para muy pocos. Una ley de ecocidio, si se implementa con rigor, inteligencia política y recursos adecuados, podría comenzar a revertir esta realidad. No es la solución única, pero sí es un paso fundamental hacia una justicia ambiental que sea también justicia social.

Información basada en reportes de: DW (English)