Cuando la ley se ajusta al poder: el dilema de castigar al Estado

Cada tanto, la arquitectura legal de una nación nos muestra su verdadero rostro. No es el que aparece en los libros de texto cívico, sino el que emerge cuando los legisladores se sientan a redefinir qué conductas merecen castigo y cuáles no. Lo que sucedió recientemente con las modificaciones a los tipos penales relacionados con abuso de autoridad es un ejemplo perturbador de cómo el poder puede reescribir las reglas de su propio juicio.

Durante años, diversos ordenamientos legales en América Latina han intentado establecer mecanismos para sancionar cuando funcionarios públicos utilizan su posición de manera indebida. La teoría es clara: nadie está por encima de la ley. La práctica, sin embargo, tiende a ser más complicada. Las reformas introducidas buscan, según sus defensores, precisar el lenguaje legal para evitar interpretaciones arbitrarias. Suena razonable. Pero cuando miramos el resultado, descubrimos algo más inquietante: reducciones de penas y circunscripciones tan estrictas que prácticamente blindan ciertas conductas.

Este patrón no es nuevo en la región. Hemos visto cómo en diversos países, cuando la presión política se intensifica sobre funcionarios cuestionados, aparecen misteriosamente iniciativas legislativas que coinciden con sus intereses. México, Guatemala, El Salvador, Perú: cada nación tiene sus propias historias de cómo el Congreso se convierte en escudo protector en lugar de fiscalizador.

La trampa de la precisión legal

El argumento central de quienes promueven estos cambios es técnicamente sofisticado: dicen que necesitan objetividad, que las leyes vagas permiten persecución política. Y tienen un punto. El exceso de discrecionalidad judicial es, efectivamente, un problema. Pero aquí está la trampa: se usa la legítima demanda por claridad como justificación para debilitar sustancialmente el tipo penal.

Cuando una ley se redacta con elementos tan acotados que solo circunstancias muy específicas la activan, lo que ocurre es una despenalización de facto. No es que desaparezca del código; es que se vuelve prácticamente inaplicable. Es como crear un delito que solo existe si llueve hacia arriba.

En contextos donde ya de por sí existe una baja tasa de enjuiciamiento a funcionarios públicos, estas reformas terminan siendo, en la práctica, un regalo envuelto en lenguaje técnico.

La ausencia de contrapeso

Lo que preocupa profundamente es el patrón subyacente: la capacidad de quienes ocupan posiciones de poder para modificar las leyes que los regulan. Esto no ocurre en abstracto. Ocurre dentro de estructuras donde el Poder Ejecutivo generalmente tiene influencia considerable sobre el Legislativo, donde los gobiernos pueden presionar mediante partidas presupuestarias, apoyo a reelecciones o simplemente amenaza política.

América Latina ha avanzado significativamente en muchas áreas desde sus transiciones democráticas. Pero la independencia del Poder Judicial sigue siendo frágil en muchas jurisdicciones, y la capacidad de las legislaturas para resistir presión desde el Ejecutivo también. En este contexto desequilibrado, reformas como estas representan un triunfo más del poder sobre las instituciones de contrapeso.

Lo que debería ocurrir

Una democracia madura necesita leyes claras, ciertamente. Pero también necesita que esas leyes protejan efectivamente el principio fundamental: que nadie, incluyendo quienes gobiernan, está exento de responsabilidad. Las reformas legales deberían someterse a un escrutinio público riguroso. ¿A quién beneficia realmente esta precisión? ¿Cuáles serán las consecuencias prácticas?

Mientras tanto, el mensaje que se envía es claro para cualquiera que lea entre líneas: la piel del poder es más gruesa de lo que aparenta. Y nosotros, ciudadanos, deberíamos preguntarnos si eso es realmente el tipo de democracia que queremos heredar.

Información basada en reportes de: El Financiero