El juego de tronos en Morena: quién lidera la carrera hacia 2030
En política, los números son espejo del poder. Y en México, cuando una encuesta muestra un repunte en la aprobación presidencial, lo que realmente está ocurriendo es un reordenamiento de fuerzas en las sombras. Los datos que El Financiero publicó recientemente sobre la evaluación del Gobierno de Claudia Sheinbaum no son simplemente un reflejo de gestión: son el primer acto de una larga obra teatral cuyo desenlace determinará quién gobernará México en 2030.
La mejora en los números de aprobación de la presidenta entre agosto y septiembre es significativa, pero no porque indique que México haya resuelto mágicamente sus problemas estructurales en treinta días. Es significativa porque marca un punto de inflexión político. Cuando un gobierno mejora en popularidad, lo que sucede invariablemente es que ciertas figuras dentro de su administración comienzan a brillar con luz propia. Y ese es precisamente el territorio donde se libran las batallas que importan realmente.
La dinámica no dicha del poder
En toda administración presidencial existe una tensión inherente: el mandatario actual nunca puede ser completamente neutral respecto a su sucesión. O favorece disimuladamente a sus posibles sucesores, o los sabotea con igual discreción. Sheinbaum, siendo producto de una transición que rompió con décadas de dedazo presidencial, enfrenta una paradoja. Propuso cambios democráticos en la selección de candidatos, pero eso no significa que las preferencias personales desaparezcan. Apenas se disfrazan mejor.
Los secretarios de Estado que hoy reciben evaluaciones positivas de los ciudadanos no se encuentran en esa posición por accidente. Han sido colocados estratégicamente en carteras que generan visibilidad, que tocan directamente la vida cotidiana de los mexicanos. Educación, economía, interior, seguridad: estos son los ministerios desde los cuales se construye reputación electoral.
El contexto que nos falta contar
Latinoamérica nos ha enseñado lecciones dolorosas sobre transiciones de poder. Desde Brasil hasta Argentina, hemos visto cómo gobiernos progresistas que parecían consolidados se fragmentaron cuando llegó el momento de elegir sucesor. La competencia interna devora legitimidad. En Perú, los conflictos dentro de la coalición gobernante generaron tanta turbulencia que prácticamente inutilizaron la administración en su última fase.
México tiene una ventaja: una institución partidaria más robusta en Morena que la que existía en movimientos previos. Pero también tiene una debilidad: la dependencia de figuras carismáticas individuales. Cuando Andrés Manuel López Obrador gobernaba, era claro quién ejercía el poder. Con Sheinbaum, que proviene de una estructura técnica más que de un movimiento social tradicional, la dispersión del poder es mayor. Y esa dispersión es tierra fértil para ambiciones.
Quién es quién en el tablero
Identificar al funcionario mejor evaluado es menos importante que entender por qué esa evaluación existe. ¿Ha tomado decisiones políticamente arriesgadas que benefician a sectores importantes? ¿Comunica efectivamente? ¿Tiene capacidad de construcción política independiente? Estas son las variables reales.
Lo que vemos es un gobierno que entra en su tercera fase: superada la luna de miel inicial, evitados los desastres de la segunda mitad del primer año, ahora comienza la fase de construcción de legados. Y legados tiene un precio: preparan candidaturas.
La pregunta que debería importarnos
En lugar de preguntarnos quién es el mejor evaluado, deberíamos preguntarnos si cualquiera de estos posibles sucesores puede mantener la coalición que llevó a Morena al poder. Porque esa es la verdadera prueba de fuego. En 2030, no votaremos por un personaje aislado, sino por lo que representa de una continuidad o ruptura con lo que hemos vivido.
Las encuestas mejoran, los secretarios brillan, y en los pasillos de Los Pinos se tejen alianzas. Es el ritmo normal de la política mexicana. Pero mientras tanto, hay crisis de agua, educación deficiente, y seguridad que sigue siendo una pesadilla. Que los números suban es bueno. Que no nos olvidemos de por qué suben es mejor.
Información basada en reportes de: El Financiero


