Suecia: cuando ganar no es suficiente

Los electores suecos acudieron a las urnas en una jornada electoral que parecía promover claridad política, pero en su lugar enfrentaron una realidad cada vez más frecuente en democracias occidentales: una victoria sin poder de mando. La coalición opositora superó por tres curules al bloque gobernante saliente, un margen que en teoría debería traducirse en cambio de administración. Sin embargo, los números revelan una fotografía política mucho más compleja, donde la matemática electoral no garantiza gobernanza efectiva.

Este escenario sueco no es anómalo en el contexto europeo actual, pero sus implicaciones trascienden las fronteras nórdicas. Para México y América Latina, donde gobiernos fragmentados y coaliciones inestables son cada vez más comunes, el caso sueco ofrece un espejo incómodo sobre los desafíos que enfrentan nuestras democracias.

El declive de la socialdemocracia tradicional

La debilitación del bloque socialdemócrata sueco marca un punto de quiebre en la política escandinava. Por décadas, los partidos de centroizquierda dominaron el paisaje político nórdico, construyendo el modelo de Estado de bienestar que identificamos con Suecia. Este retroceso no ocurre en aislamiento: refleja un fenómeno global donde los tradicionales guardianes del consenso político pierden relevancia frente a nuevas fuerzas.

En Latinoamérica, presenciamos un proceso similar pero con características propias. La izquierda progresista que dominó la región entre 2000 y 2015 enfrenta erosión electoral, mientras que fragmentación política incrementa. Argentina, con sus múltiples fuerzas políticas compitiendo sin coaliciones claras, o Chile, donde la convención constituyente reflejó la extrema dispersión de preferencias, ejemplifican esta realidad.

El ascenso de la extrema derecha como factor de veto

Suecia, como muchas naciones europeas, debe lidiar con el fortalecimiento de fuerzas de derecha radical que, aunque no logran gobernar directamente, actúan como actores bloqueadores. Estos partidos capturan inquietudes sobre inmigración, identidad nacional y cambio cultural, pero generan rechazo suficiente entre otros actores políticos como para imposibilitar coaliciones amplias.

Este fenómeno también resuena en América Latina. El crecimiento de candidatos antisistema, la polarización en torno a figuras presidenciales disruptivas y la dificultad para construir mayorías legislativas estables caracterizan a países como Perú, donde siete gobiernos en cinco años reflejan una ingobernabilidad estructural. El comparativo sueco sugiere que incluso democracias institucionales robustas enfrentan límites cuando la fragmentación política extrema prevalece.

La fragmentación parlamentaria como nuevo normal

El Parlamento sueco, como muchos legislativos europeos modernos, refleja una multiplicidad de fuerzas políticas que hace que formar gobiernos sea un ejercicio de equilibrismo. Necesidad de negociaciones amplias, compensaciones múltiples y coaliciones inestables caracterizan la gobernanza contemporánea.

En México, el Congreso electo en 2021 evidencia esta misma tendencia. Aunque una coalición mantiene mayoría, la dependencia de pequeños partidos reduce capacidad de maniobra legislativa. En Brasil, el fragmentacionismo llevó a que la cámara baja tuviera 30 partidos representados, creando un mercado de negociaciones donde todo se transa y la gobernanza se vuelve transaccional.

¿Qué nos enseña Suecia?

El impasse sueco muestra que la representatividad electoral y la capacidad de gobernar no siempre van de la mano. Un parlamento perfectamente representativo de preferencias ciudadanas puede ser funcional o disfuncional, dependiendo de factores institucionales, culturales y de disposición al compromiso.

Para nuestro continente, esto significa que más allá de los números electorales, la estabilidad política depende de capacidad de diálogo entre fuerzas antagónicas, instituciones que faciliten consensos y liderazgos dispuestos a la negociación. El modelo sueco de consenso político ha sido precisamente su fortaleza histórica. Cuando ese consenso se quiebra, ni siquiera instituciones robustas garantizan gobiernos estables.

Conclusión: aprendizajes para democracias en construcción

Suecia enfrentará meses de negociaciones complejas para formar gobierno. Sus instituciones absorberán este desafío mejor que las de muchas naciones en desarrollo, pero el mensaje es claro: la fragmentación política es un riesgo para toda democracia, independientemente de su solidez institucional.

Para México y América Latina, el caso sueco es recordatorio de que no basta con elecciones libres. Se requiere construcción deliberada de espacios de diálogo, fortalecimiento de instituciones legislativas que faciliten acuerdos, y una sociedad civil atenta a que sus líderes prioricen gobernanza sobre máxima captura electoral. Sin estos elementos, incluso victorias claras pueden resultar en parálisis política.

Información basada en reportes de: Latercera.com