Un monarca que navegó hacia la modernidad ecológica

El fallecimiento esta semana del Rey Harald V de Noruega marca el cierre de una era en la monarquía escandinava, pero también invita a reflexionar sobre un aspecto menos visible de su reinado: su rol como impulsor silencioso de políticas ambientales en Europa del Norte. A los 89 años, el monarca que durante décadas encarnó la imagen de una corona moderna se va, dejando tras de sí un modelo de gobernanza que América Latina debería estudiar con atención.

Aunque los medios han enfatizado su papel en la modernización institucional de Noruega, lo que verdaderamente distinguió al reinado de Harald V fue la alineación estratégica entre la monarquía, el Estado y una visión de desarrollo que priorizaba los ecosistemas. En momentos en que nuestro continente enfrenta la destrucción acelerada de la Amazonía, la contaminación de cuencas hídricas y el colapso de biodiversidad, el ejemplo noruego adquiere relevancia política inmediata.

Noruega: petróleo y paradoja ambiental

Aquí reside la ironía central que los periodistas ambientales no podemos ignorar: Noruega es una potencia petrolera. Su riqueza proviene precisamente del combustible fósil que accelera el calentamiento global. Sin embargo, el país construyó simultáneamente un sistema que captura rentas del petróleo para financiar transiciones energéticas. El fondo soberano noruego, alimentado por ingresos petroleros, invierte miles de millones en energías renovables, investigación climática y conservación de bosques en el sur global.

Para América Latina, esto presenta una pregunta incómoda: ¿por qué naciones productoras de petróleo como Venezuela, México o Colombia no han replicado este mecanismo? La respuesta combina corrupción sistémica, captura de instituciones y falta de visión de largo plazo. Noruega demostró que es posible extraer recursos hidrocarburos mientras se financia la transición post-carbono. No fue inevitable, fue política.

El rol de la monarquía como ancla institucional

El reinado de Harald V coincidió con la consolidación de Noruega como referente global en gobernanza ambiental. La monarquía, lejos de ser un vestigio medieval, funcionó como guardiana de valores de largo plazo que frecuentemente trascienden los ciclos electorales de cuatro o cinco años. En América Latina, donde las instituciones son frágiles y los cambios de gobierno generan rupturas de continuidad en agendas ambientales, este rol estabilizador resulta instructivo.

Harald V utilizó su posición simbólica para legitimar agendas de sostenibilidad sin ser un agitador político. Fue navegante toda su vida —deporte que lo mantenía conectado con ecosistemas marinos—, y esa identidad personal reforzaba su autoridad moral cuando se pronunciaba sobre conservación. Latinoamérica carece de símbolos institucionales análogos que tracen continuidad en compromisos ambientales más allá de presidentes individuales.

Lecciones para la región

El modelo nórdico, que Harald V personificó durante siete décadas, descansa en tres pilares: instituciones predecibles, inversión a largo plazo en tecnología verde, y legitimidad social. Noruega invierte más del 1% de su PIB en investigación ambiental. Sus universidades lideran estudios en ecología marina y energías renovables. Sus ciudadanos tienen acceso a agua potable garantizado constitucionalmente.

Mientras tanto, en Colombia, Ecuador, Perú y Brasil, gobiernos sucesivos desmantelan agencias ambientales, reducen presupuestos para monitoreo forestal, e ignoran tratados internacionales. La diferencia no es riqueza natural —América Latina posee mayor biodiversidad que Escandinavia—. Es construcción institucional deliberada.

El legado ambiental de Harald V no fue revolucionario en lo discursivo, pero fue efectivo en lo material. Noruega destina más recursos a protección ambiental per cápita que cualquier país latinoamericano. Sus emisiones per cápita cayeron mientras expandía su economía. Su deforestación es cercana a cero.

Mirando hacia adelante

Con el fallecimiento del Rey Harald y la transición a su hijo Felipe VI, Noruega enfrenta la pregunta de si su modelo de gobernanza ambiental sobrevivirá cambios políticos y presiones económicas. Para América Latina, la pregunta es diferente: ¿construiremos finalmente instituciones que trasciendan gobiernos individuales y protejan ecosistemas como patrimonio común?

El legado más valioso de una monarquía moderna no es la tradición, sino la capacidad de ser depositaria de compromisos que duran décadas. América Latina necesita exactamente eso: instituciones que sostengan agendas ambientales sin depender de la voluntad de un mandatario cada cuatro años. Harald V mostró que es posible. Ahora nos toca actuar.

Información basada en reportes de: Latercera.com