El tablero se mueve, pero ¿quién gana realmente?
Cuando dos jugadores poderosos entran en conflicto, los observadores de menor tamaño comienzan a calcular si pueden beneficiarse o si serán arrastrados por la onda expansiva. Esto es exactamente lo que ocurre en estos momentos en América Latina, mientras las tensiones comerciales entre Estados Unidos y Canadá sacuden los cimientos del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), el acuerdo comercial más importante de la región.
La pregunta que muchos se hacen en las capitales latinoamericanas es incómoda pero legítima: ¿hay ganancia en este caos, o solo riesgo? La respuesta, como casi siempre en geopolítica comercial, es más compleja de lo que las titulares sugieren.
Un acuerdo bajo presión
El T-MEC, que entró en vigor en 2020 como reemplazo del controvertido TLCAN, fue presentado como la modernización necesaria del comercio trilateral. Pero desde sus primeros años, ha enfrentado críticas, renegociaciones y presiones políticas de todos lados. Ahora, con tensiones bilaterales entre Washington y Ottawa que toquetean temas desde aranceles hasta seguridad fronteriza, el tratado que se suponía representaba estabilidad comienza a mostrar sus grietas.
Lo que importa entender es que este marco no es neutral. Tiene ganadores y perdedores incorporados. México, integrado en la cadena de valor norteamericana, tiene más dependencia de este acuerdo que Colombia o Perú. Pero incluso países que no son signatarios directos sienten el impacto: cuando se redefinen reglas comerciales en la región más grande, los efectos se propagan como ondas en un estanque.
Las ilusiones de oportunidad
Algunos analistas, con optimismo quizás ingenuo, argumentan que los conflictos entre Washington y Ottawa podrían abrir puertas. Si Estados Unidos desvía demanda desde Canadá, ¿no podrían otros países capturar esa cuota de mercado? Si las cadenas de suministro se reorganizan, ¿no hay espacio para que nuevos actores entren?
La lógica suena razonable en un aula de economía. En la práctica, las cosas funcionan diferente. Las corporaciones multinacionales que operan estas cadenas de valor responden a lógica de eficiencia y riesgo, no a sentimentalismo patriótico. Cambiar proveedores cuesta dinero, tiempo y requiere certidumbre. Un conflicto bilateral entre dos democracias occidentales establece precisamente lo opuesto: incertidumbre. Las empresas no reaccionan expandiendo en mercados inestables; contraen, esperan y cubren riesgos.
Los riesgos concretos
Donde el riesgo es más tangible es en la volatilidad. Cuando hay incertidumbre normativa, los inversionistas huyen. Cuando los gobiernos juegan al borde del proteccionismo, los mercados cierren. América Latina, especialmente países con economías más frágiles o dependientes de importaciones, sufre primero en estos escenarios.
Tomemos un ejemplo: si Estados Unidos decide utilizar aranceles como arma negociadora contra Canadá, podría afectar productos intermedios que América Latina importa para sus propias cadenas productivas. El costo se traspasa. Al mismo tiempo, si Washington busca reducir su dependencia de productos canadienses, podría presionar a socios latinoamericanos para que amplíen su capacidad de producción con rapidez, lo cual, sin inversión clara, es prácticamente imposible.
Más allá del T-MEC: Una lección sobre dependencia
Este episodio revela algo incómodo que América Latina prefiere no examinar demasiado de cerca: la región sigue estructuralmente dependiente de dinámicas que sus gobiernos no controlan. No porque hayan elegido mal, sino porque el tamaño económico relativo simplemente lo determina así.
Esto no significa resignación. Significa que la auténtica estrategia para América Latina no es esperar oportunidades en los conflictos ajenos, sino construir resiliencia estructural: diversificar mercados, fortalecer integraciones regionales reales (no apenas acuerdos de papel), e invertir en capacidades que permitan ser menos prescindibles.
Reflexión final
Cuando Washington y Ottawa riñen, América Latina no gana simplemente porque observa desde la orilla. Gana solo si tiene los recursos, la visión de largo plazo y la unidad política para convertir la inestabilidad ajena en fortaleza propia. Eso requiere algo más difícil que aprovechar una coyuntura: requiere pensamiento estratégico de verdad. Hasta ahora, la región ha mostrado más talento para reaccionar que para anticipar.
Información basada en reportes de: DW (English)