Cuando los números hablan, pero susurran
Hace apenas unos meses, el pesimismo económico envolvía los pronósticos para México. Las proyecciones de crecimiento se ajustaban a la baja, los inversionistas mostraban inquietud, y la incertidumbre política nublaba el horizonte fiscal. Ahora, el Banco de México ha decidido reajustar sus expectativas hacia arriba, elevando la previsión de expansión del producto interno bruto de 1.1 a 1.5 por ciento para 2026. Es un cambio que merece análisis profundo, porque en economía, los números nunca mienten completamente, pero tampoco cuentan toda la historia.
La mejora refleja datos reales: la actividad económica durante el segundo trimestre del año mostró mayor dinamismo del esperado inicialmente. Las cifras de empleo mantuvieron cierta resistencia, el consumo interno no se derrumbó, y algunos sectores exhibieron signos de fortaleza. Esto, en términos técnicos, es bienvenido. Pero aquí comienza el ejercicio crítico: ¿qué tan sustancial es realmente este repunte?
El contexto que importa
Para entender la magnitud de estas proyecciones, es necesario situarlas en perspectiva. Un crecimiento de 1.5 por ciento sigue siendo modesto por cualquier estándar. Comparado con el desempeño histórico de México—que durante décadas promedió crecimientos cercanos al 3 o 4 por ciento—estas cifras reflejan una economía que se mueve como un navegante contra la corriente. Más aún, cuando observamos el contexto latinoamericano, países como Panamá, Chile o Uruguay han experimentado expansiones significativamente mayores en ciclos recientes.
La pregunta incómoda es inevitable: ¿qué explica esta persistente atonía? Las respuestas son múltiples y complejas. La inseguridad mantiene deprimida la inversión privada, especialmente en regiones norte del país. La dependencia de los ciclos estadounidenses sigue siendo crítica, y cualquier desaceleración allá se refleja aquí con multiplicador negativo. Las reformas estructurales de años anteriores no han generado los dividendos de productividad esperados. Y las políticas recientes, aunque bien intencionadas en algunos aspectos redistributivos, han generado ambigüedad sobre el entorno de negocios.
La brecha entre ambiciones y realidades
Lo que hace particularmente relevante este ejercicio de revisión es la divergencia entre las proyecciones de la autoridad monetaria y las que mantiene la Secretaría de Hacienda. El gobierno federal ha sostenido escenarios más optimistas, con crecimientos superiores. Esta diferencia no es meramente técnica: expresa desacuerdos reales sobre las dinámicas que están operando en la economía. El Banco de México, institucionalización mediante, tiende a ser más conservador en sus pronósticos. Cuando su revisión aún sigue por debajo de los números oficiales, el mensaje implícito es claro: la realidad es tozuda.
Este tipo de divergencia entre instituciones genera fricciones útiles en una democracia que funciona. Obliga al escrutinio público, limita la capacidad de cualquier poder para imponer narrativas sin fundamento, y mantiene viva la conversación sobre qué está realmente ocurriendo con nuestros bolsillos.
Los riesgos no desaparecen
Lo que no ha mejorado sustancialmente son los factores de riesgo estructural. La inflación sigue siendo una preocupación, aunque ha cedido desde sus máximos. Las tasas de interés se mantienen elevadas, lo que encarece el crédito y desalienta la inversión. La deuda pública continúa su trayectoria ascendente. La violencia vinculada al crimen organizado sigue erosionando la confianza de inversionistas. Y las fracturas políticas internas, lejos de resolverse, parecen profundizarse.
Una revisión al alza de 0.4 puntos porcentuales, por lo tanto, debe interpretarse con lucidez: es una corrección de expectativas que refleja que las cosas no están tan mal como se temía hace meses, pero no inaugura una nueva era de prosperidad.
Lo que debería preocuparnos realmente
La verdadera inquietud no debería ser si crecemos 1.1 o 1.5 por ciento. Debería ser por qué una economía tan grande, con recursos naturales, población activa, y posición geográfica estratégica, se conforma con estos números. El crecimiento potencial de México—lo que podría lograr bajo condiciones óptimas—está claramente por encima de 2.5 o 3 por ciento. La brecha entre lo posible y lo realizado es un indicador de desperdicio de oportunidades.
Los formuladores de política pública, tanto en la Tesorería como en el Banco Central, enfrentan un dilema: ¿celebrar las señales positivas o reconocer que el paciente está convaleciente pero aún débil? La respuesta más honesta es ambas cosas simultáneamente.
Conclusión: La invitación a exigir más
México merece mejores números. No porque 1.5 por ciento sea insignificante, sino porque ese potencial infrautilizado tiene rostro: es el joven que no encuentra empleo, la pequeña empresa que no accede a crédito, la familia cuyo ingreso real se estanca año tras año.
La revisión del Banco de México es bienvenida como dato, pero debe funcionarnos como estímulo para una pregunta más profunda: ¿qué tendría que cambiar para que estos números sean el piso, no el techo?
Información basada en reportes de: Jornada.com.mx