Cuando el refugio se convierte en trinchera: la violencia que acecha a las vagoneras
En las entrañas del Metro de la Ciudad de México, donde miles de personas transitan diariamente entre el ruido de trenes y la prisa cotidiana, existe una realidad paralela que pocas veces vemos: la de mujeres que han convertido los vagones en su espacio de trabajo y, muchas veces, en su único refugio.
Ellas son las vagoneras, vendedoras ambulantes que recorren los trenes ofreciendo dulces, chicles, pulseras o servicios como el trenzado de cabello. Pero detrás de cada una hay una historia de resistencia: algunas huyeron de hogares donde experimentaron violencia de pareja, otras enfrentan pobreza extrema que las obligó a abandonar sus casas, y todas buscaron en el Metro una forma de subsistencia cuando las puertas de oportunidades se cerraron.
Lo que descubrieron, sin embargo, fue que el espacio que les ofrecía un ingreso diario también les abría un nuevo frente de vulnerabilidad. Según denuncias documentadas, estas mujeres han sido objeto de agresiones, abuso de autoridad y violencia institucional por parte de elementos de seguridad del transporte público, quienes alegan que incumplen regulaciones. Pero la realidad es más compleja: para muchas de estas vagoneras, vender en el Metro no es una opción, sino una necesidad de supervivencia.
El surgimiento de Leonas en Manada: cuando la organización se convierte en escudo
Ante esta situación, surgió Leonas en Manada AC, una organización que reúne a estas mujeres y documenta sus experiencias de abuso. Patricia Martínez, presidenta de la colectiva, ha relatado cómo estas trabajadoras no solo enfrentan las carencias económicas que las llevaron al Metro, sino que además deben lidiar con un sistema de represión que no reconoce su dignidad ni sus derechos como seres humanos.
El nombre de la organización es en sí mismo un acto político: «leonas en manada» sugiere fuerza colectiva, protección mutua y la capacidad de defenderse juntas. Es la respuesta de mujeres que, desde los márgenes del sistema, han decidido que su vulnerabilidad no será un obstáculo para reclamar sus derechos.
Violencia institucional: un problema estructural
La violencia que denuncian estas mujeres no es nueva. En toda América Latina, las personas en situación de calle y pobreza extrema enfrentan constantemente abusos por parte de instituciones que deberían protegerlas. En México, estudios de organizaciones de derechos humanos han documentado cómo el sistema de seguridad pública frecuentemente estigmatiza y criminaliza la pobreza en lugar de atenderla como un problema social.
Lo particularmente grave es que estas agresiones afectan de manera desproporcionada a las mujeres. Ellas no solo cargan con la carga de ser pobres; también soportan la violencia de género que cruza toda la sociedad mexicana. Cuando una vagonera es golpeada por un agente de seguridad, no es un acto aislado: es la manifestación de un sistema que les niega valor, dignidad y derechos fundamentales.
El Metro como espacio de supervivencia y resistencia
Para comprender la situación de estas mujeres, es necesario reconocer que el Metro no es solo un sistema de transporte. Es un ecosistema urbano donde confluyen miles de realidades. En sus vagones viajan ejecutivos y desempleados, estudiantes y personas mayores sin pensión, y trabajadoras informales que subsisten vendiendo lo que pueden.
Las vagoneras han tejido redes de solidaridad, se cuidan entre sí, comparten estrategias para evitar redadas de autoridades y se apoyan en situaciones de crisis. Su presencia en el Metro, aunque criminalizada por algunos sectores, es también un testimonio vivo de cómo las personas encuentran formas de sobrevivir en una ciudad que las excluye.
Hacia un reconocimiento de derechos
La denuncia de Leonas en Manada AC es un llamado para que la sociedad mexicana reconozca lo que ocurre en las sombras del transporte público. No se trata solo de un problema de orden o regulación, sino de un asunto de derechos humanos.
Estas mujeres merecen espacios seguros, acceso a servicios básicos, y políticas públicas que atiendan las raíces de su pobreza en lugar de criminalizarlas. Merecen que sus voces sean escuchadas en los espacios de toma de decisiones, y que las instituciones que antes las agredieron ahora trabajen en reparar el daño.
La organización de estas leonas es un recordatorio de que la resistencia no siempre es espectacular. Muchas veces está en el Metro, en los vagones que conectan la ciudad, en las mujeres que se niegan a desaparecer y que insisten en existir con dignidad, a pesar de todo.
Información basada en reportes de: Jornada.com.mx