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Tierras en crisis: Latinoamérica entre el hambre de alimentos y la sed de soluciones

En la COP17 sobre desertificación, la región enfrenta la paradoja de expandir producción agrícola mientras sus suelos se degradan por sequías y prácticas extractivas.
Tierras en crisis: Latinoamérica entre el hambre de alimentos y la sed de soluciones

El dilema latinoamericano en la cumbre global de desertificación

Mientras el mundo se reúne para discutir la degradación de tierras, Latinoamérica llega a la mesa de negociaciones cargada de contradicciones. La región que alimenta a buena parte del planeta enfrenta una crisis silenciosa: sus suelos se desmoronan bajo presiones que parecen irreconciliables. De un lado, la demanda global por alimentos impulsa la expansión agrícola. Del otro, las sequías intensificadas por el cambio climático y prácticas de cultivo agotador amenazan la viabilidad de millones de hectáreas.

La desertificación no es un problema lejano ni abstracto para México y América Latina. Es una amenaza económica, social y política que afecta directamente el empleo rural, la seguridad alimentaria y la estabilidad de comunidades enteras. Cuando se habla de tierras degradadas, se habla de territorios donde miles de familias pierden sus medios de vida.

¿Cómo llegamos aquí?

Durante décadas, la región apostó por modelos de producción intensiva. Monocultivos de soja en Argentina y Paraguay, ganadería extensiva en Brasil y México, plantaciones de palma aceitera en Centroamérica: estas prácticas generaron riqueza a corto plazo pero comprometieron la salud de los ecosistemas. Los suelos, sometidos a ciclos continuos de labranza sin descanso, perdieron su capacidad de retención de agua y nutrientes.

México es particularmente vulnerable. Aproximadamente el 65% de su territorio muestra algún grado de degradación. En el norte, la desertificación avanza sobre tierras que históricamente fueron productivas. En el sur, la deforestación para ganadería acelera el proceso. Centroamérica, por su parte, ha visto cómo la expansión agrícola destruye bosques que regulan el clima regional y protegen contra inundaciones.

El factor climático: El Niño y la incertidumbre

La crisis climática añade una capa adicional de complejidad. Fenómenos como El Niño generan ciclos impredecibles de sequías e inundaciones que desestabilizan aún más las tierras ya frágiles. Los períodos de sequía prolongada secan los acuíferos, mientras que las lluvias torrenciales erosionan suelos sin cobertura vegetal. Es un círculo vicioso donde cada evento climático extremo agrava la degradación previa.

Para agricultores pequeños y medianos en México, Guatemala, Honduras y Nicaragua, esta realidad climática es devastadora. No tienen los recursos para invertir en sistemas de riego sofisticados o en rotación de cultivos complejos. Ven cómo sus tierras producen cada vez menos, incluso con mayor esfuerzo.

La trampa de la producción

Aquí radica la verdadera paradoja que enfrenta Latinoamérica en foros internacionales: el mundo exige más alimentos, más biocombustibles, más materias primas. Las políticas de exportación presionan a los gobiernos para maximizar la producción. Pero no se puede extraer indefinidamente sin reponer. Los suelos tienen límites biofísicos que la economía convencional ha ignorado durante demasiado tiempo.

Brasil, por ejemplo, genera el 20% de las exportaciones mundiales de alimentos. ¿A qué costo? La degradación de sus cerrados, la presión sobre el Amazonas, la competencia por agua. México, productor clave de aguacate, maíz y otros cultivos, enfrenta decisiones similares: ¿mantener la expansión agrícola o proteger los acuíferos que quedan?

¿Qué busca cambiar la COP17?

La cumbre mundial sobre desertificación intenta forjar compromisos para restaurar tierras degradadas. La propuesta es ambiciosa: restaurar mil millones de hectáreas para 2030. Para Latinoamérica, esto significaría inversión en prácticas regenerativas, protección de bosques nativos, diversificación agrícola y tecnologías de riego eficiente.

Pero los compromisos globales no se traducen automáticamente en cambio local. Requieren financiamiento, transferencia tecnológica, voluntad política y, crucialmente, que se priorice la viabilidad a largo plazo sobre ganancias inmediatas.

El costo de la inacción

Si Latinoamérica no actúa, los costos serán enormes. Migraciones rurales masivas hacia ciudades ya saturadas. Conflictos por agua. Reducción de capacidad productiva en las próximas décadas. Pérdida de biodiversidad que podría esconder soluciones a futuros desafíos sanitarios o agrícolas.

La región tiene experiencias valiosas en restauración: iniciativas de agroforestería en Mesoamérica, sistemas tradicionales de manejo de agua en Andina, prácticas indígenas de rotación que duran siglos. El desafío es escalar estas soluciones y hacerlas económicamente viables para el pequeño y mediano productor.

Mirada hacia adelante

Latinoamérica debe negociar en la COP17 desde una posición clara: no podemos seguir el mismo modelo. Necesitamos financiamiento para transitar hacia prácticas sostenibles, acceso a mercados que valoren productos producidos responsablemente, y políticas que protejan a los productores durante la transición.

La desertificación no es solo un problema ambiental. Es un desafío de justicia social, seguridad alimentaria y soberanía. Cómo responda la región en los próximos años definirá si las próximas generaciones tendrán tierras productivas o heredarán un continente empobrecido.

Información basada en reportes de: Elespectador.com

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