Las 34 horas que exhibieron la profunda fractura dentro de Morena
Hay decisiones políticas que perduran meses. Otras duran días. Y hay algunas que, por su torpeza o por sus consecuencias, duran apenas unas horas, pero son suficientes para exponer las fracturas más profundas del poder. Eso ocurrió en Sinaloa con Rubén Rocha Moya.
El gobernador regresó a su cargo después de 112 días de licencia. Lo hizo por decisión propia, sin que la presidenta Claudia Sheinbaum fuera consultada, según reconoció públicamente la propia mandataria. El episodio duró menos de 34 horas: ante la tormenta política que provocó su reincorporación, Rocha volvió a solicitar licencia, ahora por tiempo indefinido.
No fueron 34 horas de gobierno. Fueron 34 horas de una radiografía que evidenció la grave crisis en Morena.
Una crisis de autoridad política, no administrativa
El episodio dejó al descubierto algo que Morena difícilmente puede esconder detrás de comunicados y discursos de unidad: dentro del movimiento existen intereses, grupos y visiones distintas sobre quién conduce, quién decide y hasta dónde llega la autoridad presidencial.
La pregunta verdaderamente importante no es por qué Rocha decidió regresar. Es: ¿quién creyó que podía hacerlo sin consultar a la presidenta de México?
Claudia Sheinbaum fue clara al señalar que no había sido consultada. La Secretaría de Gobernación, el partido Morena y Omar García Harfuch hicieron deslindes rápidos de la decisión. Cuando una determinación de semejante magnitud recibe, en cuestión de horas, el deslinde de la Secretaría de Gobernación, del partido gobernante y de uno de los hombres más importantes del gabinete de seguridad, ya no estamos frente a una simple decisión personal. Estamos frente a una señal política.
¿Obrador contra Sheinbaum? La disputa por el poder real
Han circulado versiones que colocan detrás de la operación a grupos cercanos al expresidente Andrés Manuel López Obrador. El liderazgo fundador de Obrador sigue teniendo peso político y simbólico, pero el poder institucional está hoy en manos de Claudia Sheinbaum.
La rebeldía del ala más dura y radical de Morena, alineada en torno al expresidente, decidió ignorar a la doctora y orquestó la reinstalación del gobernador de Sinaloa. Provocó, en los hechos, una fractura interna que hoy divide al movimiento entre los que operan bajo las órdenes de López Obrador y los que respaldan a Sheinbaum.
El regreso fallido, anunciado estratégicamente un viernes para diluir el impacto en el fin de semana, fue un golpe certero a la 4T. El sainete de «cierre de filas» de los morenistas se desboronó ante la realidad: un gobernador no puede actuar sin consultar a la presidenta.
La construcción de un nuevo centro de poder
No se trata solamente de Rocha Moya. Tampoco únicamente de Sinaloa. Se trata de la definición de un nuevo centro de poder de Morena. Posiblemente estamos ante algo esperado por más de un año: que la presidenta ejerza plenamente las facultades que le otorgaron las urnas y construya su propio proyecto de gobierno, haciendo a un lado la influencia del expresidente López Obrador.
La presencia de Omar García Harfuch en espacios internacionales de cooperación contra el crimen organizado, como la Cumbre de la DEA en Argentina, representa una señal inequívoca de que el gobierno de Sheinbaum está construyendo su propia política de seguridad e interlocución internacional. Eso puede incomodar a políticos de Morena que históricamente han observado con desconfianza la cooperación estrecha con agencias estadounidenses.
El dilema de Sheinbaum: autoridad o fraccionamiento
Cada vez que un funcionario desafía públicamente la línea presidencial y después tiene que ser desautorizado, la oposición obtiene un argumento sencillo: la presidenta no controla a todos los actores de su propio movimiento.
Las próximas semanas serán cruciales. No solamente para saber qué ocurrirá con Rocha Moya, sino para observar qué hará Sheinbaum con los grupos que intenten desafiar su autoridad. Sheinbaum tiene ante sí una oportunidad histórica: demostrar que la Cuarta Transformación puede sobrevivir a su fundador sin convertirse en una disputa permanente entre facciones.
Si 34 horas bastaron para poner en evidencia una fractura, el verdadero desafío para Claudia Sheinbaum no está en Sinaloa. Está en demostrar que el poder presidencial no se comparte, no se delega en las sombras y no se disputa desde fuera de Palacio Nacional. Sheinbaum no puede gobernar mirando permanentemente hacia atrás.