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Ocampo: el economista que se atreve a cuestionar el optimismo fácil sobre Colombia

El exministro de Hacienda advierte sobre vulnerabilidades estructurales mientras reconoce capacidades latentes. Una lectura incómoda pero necesaria sobre dónde está realmente la economía colombiana.
Ocampo: el economista que se atreve a cuestionar el optimismo fácil sobre Colombia

Cuando la experiencia se atreve a contradecir la narrativa oficial

En un contexto donde los gobiernos suelen celebrar cifras de crecimiento como victorias definitivas, surge una voz que prefiere el incómodo equilibrio: José Antonio Ocampo, economista con un currículum que pocas figuras en la región pueden igualar, plantea una diagnosis que desafía tanto el pesimismo destructivo como el optimismo ingenuo que circula en las salas de decisión económica.

Lo interesante no es que Ocampo critique. Lo relevante es el tipo de crítica que articula: la de alguien que ha estado adentro, que conoce cómo funcionan realmente las palancas del poder económico, y que probablemente ha visto más fallos en las grandes estrategias de lo que cualquier analista externo podría documentar.

Las sombras que nadie quiere ver

Cuando un economista de su talla menciona que «hay más sombras que luces», no está siendo dramático. Está reconociendo una realidad que los reportes trimestrales de crecimiento tienden a ocultar: que detrás de los porcentajes de expansión del PIB existen fracturas estructurales que ningún trimestre bueno resuelve mágicamente.

Colombia, como muchas economías latinoamericanas, enfrenta problemas que trascienden los ciclos cortos. La dependencia de commodities, la concentración de oportunidades en centros urbanos, la informalidad laboral que persiste incluso en períodos de bonanza, y la volatilidad del comercio internacional son enemigos silenciosos que los titulares de prensa rara vez mencionan hasta que generan crisis.

Desde su paso como ministro de Hacienda bajo diferentes administraciones, pasando por su rol en la CEPAL —el órgano que históricamente ha cuestionado el pensamiento económico hegemónico en la región—, Ocampo ha tenido vista privilegiada de cómo las decisiones se toman bajo presión política, lejos del mundo académico de las soluciones perfectas.

Las fortalezas que el país olvida que tiene

Pero aquí está el giro que importa: Ocampo no es de esos críticos que destruyen sin construir. Al reconocer «fortalezas importantes», está señalando activos que colombianos y extranjeros frecuentemente subestiman.

Colombia tiene una base productiva diversificada en comparación con otras economías andinas. Tiene instituciones que, pese a todo, funcionan con cierta consistencia. Tiene capital humano en sectores de tecnología y servicios que crece visiblemente. Tiene mercado interno relativamente robusto. Y tiene, algo que no es menor, experiencia acumulada en lidiar con ciclos económicos complejos.

El dilema, entonces, no es si Colombia está bien o mal. El dilema real es si existe voluntad política y capacidad institucional para transformar esas fortalezas en estrategias de largo plazo que efectivamente reduzcan vulnerabilidades.

¿Por qué importa esta voz en este momento?

Vivimos en una era donde los economistas tienden a polarizarse: están los que promueven un capitalismo de libre mercado sin matices, y están los que abogan por intervenciones estatales que tampoco siempre funcionan. Ocampo representa una tradición que busca síntesis, que reconoce que los mercados tienen límites y que el Estado tiene un rol, pero que ese rol debe ser inteligente, no arbitrario.

En un continente donde el péndulo económico oscila constantemente entre esperanzas incumplidas y desilusiones, una lectura que mantiene la tensión entre reconocer lo malo sin perder la perspectiva de lo posible es exactamente lo que falta en los espacios de decisión.

La pregunta final no es si Ocampo tiene razón. Es si alguien en posiciones de poder está dispuesto a escucharlo.

Información basada en reportes de: Elespectador.com

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