Una región entre la espada y la pared
Mientras el mundo atiende los reflectores sobre el cambio climático, existe una crisis silenciosa que avanza bajo nuestros pies: la desertificación. Para Latinoamérica, esta COP17 sobre degradación de tierras no es un evento más en el calendario ambiental internacional, sino una confrontación con realidades que definirán la viabilidad económica y alimentaria de millones de personas en los próximos años.
La región enfrenta un dilema sin soluciones fáciles. Por décadas, gobiernos y empresas han impulsado modelos agrícolas basados en la expansión territorial: grandes extensiones dedicadas a monocultivos de exportación o a la ganadería extensiva. Estos sistemas, rentables a corto plazo, han cobrado un precio cada vez más visible. Los suelos pierden fertilidad, la biodiversidad retrocede y la capacidad productiva del terreno se degrada progresivamente.
El fenómeno de El Niño acelera los procesos
Pero la degradación de tierras no es solo un problema de malas prácticas agrícolas. El contexto climático global complica el panorama de manera dramática. El Niño, ese patrón climático cíclico que calienta las aguas del Pacífico, está intensificando sequías en algunas zonas y lluvias torrenciales en otras. En México, Centroamérica y partes del Cono Sur, estos fenómenos extremos erosionan aún más los suelos ya frágiles, creando ciclos de desertificación que se autoalimentan.
Para un agricultor pequeño en Guatemala o Bolivia, estas no son estadísticas abstractas. Son cosechas perdidas, ingresos que se evaporan, y la amenaza constante del desplazamiento hacia las ciudades o la migración internacional. La degradación de tierras es, en última instancia, un generador de vulnerabilidad social.
La presión de alimentar al mundo
Aquí surge la paradoja central que Latinoamérica debe resolver en esta cumbre: la región sigue siendo un granero global. Brasil produce casi un tercio de la soja mundial. México, Guatemala y otros países centroamericanos son proveedores críticos de cacao, café, aguacate y otros productos. A nivel global hay hambre y malnutrición, y hay presión financiera y comercial para que Latinoamérica produzca más.
¿Cómo aumentar producción de alimentos si los suelos se degradan? ¿Cómo responder a compromisos de exportación mientras se restaura la salud de los ecosistemas? Esta es la pregunta que mantiene despiertos a ministros de agricultura, desarrollo y medio ambiente de toda la región.
Los antecedentes: décadas de advertencias ignoradas
La Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (UNCCD) fue adoptada en 1994, hace casi treinta años. Desde entonces, los reportes científicos han sido consistentes: el problema se agrava. Latinoamérica perdió millones de hectáreas de tierra productiva, gran parte de ella en zonas donde viven comunidades indígenas y campesinas que carecen de recursos para adaptarse.
Lo que diferencia esta COP17 es que la urgencia ya no es teórica. Las sequías en el Triángulo Norte centroamericano han forzado desplazamientos masivos. La degradación de tierras en el norte de México amplifica conflictividades rurales. En el Sahel africano, la desertificación ha contribuido a conflictos violentos por recursos escasos. La región latinoamericana observa estos precedentes con preocupación justificada.
Tecnología, restauración y dinero: los retos reales
La conversación en esta cumbre girará alrededor de soluciones: agricultura regenerativa, reforestación, manejo integrado del agua. Sobre papel, existen roadmaps. El reto es la implementación con financiamiento real. Los países latinoamericanos argumentan, con razón, que los principales contaminadores históricos deben contribuir recursos para que las naciones en desarrollo puedan transitar hacia modelos agrícolas más sostenibles.
Pero no se trata solo de dinero. Requiere cambios en cómo se valora la tierra, cómo se estructuran los incentivos para agricultores, cómo se negocia en mercados globales. Requiere que gobiernos locales no cedan ante presiones de actores poderosos que buscan mantener statu quo destructivo.
El peso de la decisión local
Para México y el resto de Latinoamérica, lo que ocurra en esta COP17 no definirá automáticamente el futuro. Las decisiones reales se tomarán en capitales nacionales, en municipios, en parcelas individuales. Pero esta cumbre puede ser catalizador: legitimando demandas por cambio, movilizando recursos, construyendo coaliciones entre gobiernos progresistas de la región.
La desertificación es lenta, casi invisible, pero inexorable. Es también reversible, si hay voluntad política y recursos. Latinoamérica llega a esta cumbre sabiendo que el tiempo para actionar es ahora mismo.
Información basada en reportes de: Elespectador.com