La economía crece, pero seguimos atrapados en la mediocridad
Los números llegan con su habitual frialdad: 1.5 por ciento de crecimiento trimestral. Para muchos, es motivo de celebración. Los funcionarios públicos lo presentarán como evidencia de estabilidad. Los analistas de mercado lo citarán en sus reportes optimistas. Pero detrás de esa cifra hay una realidad incómoda que la mayoría prefiere ignorar: estamos creciendo como una economía que ha renunciado a sus ambiciones.
Cuando desagregamos ese crecimiento, la fotografía se vuelve aún más reveladora. Los servicios aportan casi el 60 por ciento de la expansión, la industria contribuye apenas una tercera parte, y la agricultura es prácticamente un espectador en su propio juego. Esta composición no es accidental; es el reflejo de décadas de decisiones políticas que han priorizado el consumo sobre la producción, la especulación sobre la inversión real, y el corto plazo sobre la transformación estructural.
América Latina lleva años atrapada en este patrón. Mientras países asiáticos construyeron cadenas de valor industrial complejas y economías africanas apuestan por manufactura avanzada, nosotros hemos permitido que nuestras economías se especializaran en servicios de bajo valor agregado y productos primarios. El resultado es predecible: crecimiento anémico, desempleo persistente, desigualdad enquistada.
Lo preocupante no es tanto que crezcamos poco, sino que hemos naturalizado crecer poco. Una economía sana en el siglo XXI debería aspirar a tasas de dos dígitos sostenidas, especialmente en regiones con tanto potencial humano y de recursos como la nuestra. En su lugar, celebramos 1.5 por ciento como si fuera un logro digno de mención.
Las señales que no queremos ver
La debilidad de la industria es particularmente sintomática. Solo 0.5 puntos porcentuales de contribución al crecimiento evidencian una manufactura sin dinamismo, sin capacidad de innovación, sin competitividad en mercados globales. Esto no sucede en el vacío: es consecuencia de inversiones insuficientes, educación técnica deficiente, incertidumbre regulatoria y, en muchos casos, gobiernos que hablan de desarrollo pero actúan como si tuvieran miedo de él.
El sector agropecuario, responsable de apenas 0.1 puntos porcentuales, cuenta una historia aún más dramática. Tenemos tierras fértiles, climas diversos, tradición agrícola milenaria, y sin embargo no logramos hacer de la agricultura un motor de crecimiento moderno e inclusivo. ¿Por qué? Porque hemos confundido productividad con latifundio, y sostenibilidad con abandono estatal.
El crecimiento de servicios, aunque positivo en apariencia, esconde complejidades que raramente discutimos. ¿Qué tipo de servicios crecen? ¿Servicios de alto valor para empresas o servicios de subsistencia informal? ¿Estamos generando empleos de calidad o multiplicando precariedad disfrazada de cifras macroeconómicas?
La pregunta incómoda
En un mundo donde la tecnología redefine el trabajo, donde la transición energética demanda nuevas industrias, donde la competencia global se intensifica, ¿podemos permitirnos seguir creciendo así? Otros países de nuestra región lo están entendiendo lentamente. Algunos invierten en educación STEM, otros en energías renovables, algunos en infraestructura digital. Pero la mayoría sigue en piloto automático, celebrando crecimientos templados como si fueran suficientes.
El verdadero reto no es que la economía crezca o no crezca. Es que crezca en las direcciones equivocadas, o que crezca tan lentamente que la desigualdad y la frustración social crecen más rápido aún. Un 1.5 por ciento trimestral no genera suficientes empleos de calidad, no financia educación de excelencia, no invierte en investigación, no transforma.
Necesitamos una conversación nacional diferente. No sobre si crecimos este trimestre, sino sobre por qué no estamos creciendo como deberíamos. Sobre qué está frenando nuestro potencial real. Sobre qué gobiernos, empresarios y ciudadanos estamos dispuestos a hacer para construir una economía que compita, que innove, que incluya.
Mientras tanto, seguiremos escuchando números que suenan mejor de lo que se sienten.
Información basada en reportes de: El Financiero