Cuando la arquitectura abraza el ecosistema: la lección de Juan O’Gorman en la UNAM
En el corazón de la Ciudad de México, la Biblioteca Central de la Universidad Nacional Autónoma de México alberga una de las obras más relevantes de la arquitectura moderna latinoamericana. Entre 1952 y 1956, el maestro mexicano Juan O’Gorman ejecutó lo que muchos consideran un acto de rebelión estética y ambiental: cubrir aproximadamente 4,000 metros cuadrados de muros con piedras naturales organizadas en intrincados mosaicos. No se trata simplemente de decoración. Este trabajo representa una filosofía constructiva que, en plena segunda mitad del siglo XX, se atrevió a priorizar los materiales del territorio sobre las tendencias internacionales del hormigón y el acero sin matices.
La decisión de O’Gorman de trabajar exclusivamente con piedra natural ensamblada —rechazando la pintura convencional— resulta particularmente significativa cuando la analizamos desde la perspectiva ambiental contemporánea. En una época en que América Latina buscaba modernizarse a toda costa, importando modelos arquitectónicos europeos y estadounidenses, este artista optó por un camino radicalmente diferente: dialogar con el paisaje local, usar materiales que no requerían procesos químicos contaminantes, y crear una obra que envejeciera con dignidad.
Materiales del territorio, no extractivismo desenfrenado
Aunque la escala del proyecto era monumental, la metodología de O’Gorman respetaba principios que hoy identificamos con la construcción sostenible. Las piedras utilizadas provenían del territorio mexicano, reduciendo así la huella de carbono del transporte. El ensamble en mosaico permitía que cada fragmento pétreo mantuviera su integridad estructural sin requerir adhesivos sintéticos que comprometieran su durabilidad o generaran impactos químicos en el suelo y agua cercanos.
Esta elección contrasta marcadamente con las tendencias constructivas que dominarían Latinoamérica en las décadas subsecuentes: edificios revestidos con materiales industrializados, frecuentemente importados, que generaban dependencia económica y ambiental. La UNAM, bajo la visión de O’Gorman, optó por afirmar la identidad geológica del territorio mexicano como parte integral de su identidad institucional.
Mosaico como metáfora de diversidad
La técnica del mosaico —fragmentos diversos que crean una imagen coherente— funciona también como poderosa metáfora sobre cómo abordar los desafíos ambientales latinoamericanos. Ningún país, ninguna comunidad, puede resolver por sí sola la crisis climática y de biodiversidad. Así como las piedras individuales del mural no significarían nada sin su ensamble cuidadoso, nuestros esfuerzos de conservación requieren integración regional, diálogo de saberes y coordinación estratégica.
El territorio mexicano, biodiverso y geológicamente complejo, se ve representado en esta obra no como un recurso a explotar sino como un conjunto de elementos con valor intrínseco que merecen ser celebrados y preservados. Las piedras que componen estos murales provienen de diferentes regiones de México, cada una con sus propias características cromáticas y texturales. Esta diversidad material refleja la riqueza ecosistémica que caracteriza a la nación.
Lecciones para la arquitectura contemporánea
A siete décadas de su creación, los murales de O’Gorman adquieren una relevancia renovada en contextos de crisis ambiental. Instituciones latinoamericanas que enfrentan presión para expandir infraestructura podrían encontrar en este proyecto referentes de cómo modernizar sin renunciar a responsabilidades ecológicas.
Las piedras naturales ensambladas requieren mantenimiento mínimo en comparación con revestimientos sintéticos que degradan bajo radiación UV y generan residuos al ser reemplazados. El mural, a diferencia de muchas obras pictóricas, mejora visualmente con la pátina del tiempo, permitiendo que generaciones futuras interactúen con la misma obra sin necesidad de intervenciones destructivas.
Patrimonio que respira con el territorio
Preservar los murales de la UNAM no es únicamente un acto de conservación cultural. Es reconocer que la arquitectura, cuando se diseña con coherencia ambiental, puede ser una herramienta de educación permanente. Cada estudiante que atraviesa esos pasillos absorbe, sin necesidad de discursos, la idea de que la modernidad y el respeto por los materiales del territorio no son antagónicos.
En un continente donde la extracción de recursos naturales sigue siendo predatoria, donde megaproyectos infraestructurales arrasan ecosistemas sin consideración, la propuesta silenciosa de O’Gorman permanece como provocación visual: es posible crear belleza, magnitud y funcionalidad utilizando lo que el territorio ofrece, honrando su naturaleza geológica y química.
Los 4,000 metros cuadrados de piedra en mosaico no son, entonces, solo un logro artístico o arquitectónico. Son un documento en tres dimensiones sobre cómo pudo haber sido —y aún podría serlo— el desarrollo urbano latinoamericano: ambicioso, hermoso, y reconciliado con sus raíces ecosistémicas.
Información basada en reportes de: Culturacolectiva.com