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Adiós a una pionera: la toxicología mexicana pierde a su maestra

Falleció la doctora Lilia América Albert, referente científico que transformó cómo México entiende los venenos y sus efectos en la salud pública.
Adiós a una pionera: la toxicología mexicana pierde a su maestra

Una voz que alertó sobre lo invisible

El pasado 28 de julio, México perdió a una de sus voces más autorizadas en temas que afectan directamente la vida cotidiana de millones de personas: los venenos. No los dramáticos de las películas, sino los invisibles, los que llegan en el aire que respiramos, en el agua que bebemos, en los productos que tocamos sin pensar. La doctora Lilia América Albert se fue dejando un vacío difícil de llenar en la toxicología latinoamericana.

Para quienes no están familiarizados con esta disciplina, la toxicología es la ciencia que estudia cómo las sustancias químicas afectan a los organismos vivos. Es la profesión de quienes nos advierten sobre qué es seguro y qué representa un riesgo real para nuestra salud. En un país como México, donde la contaminación ambiental, los pesticidas en la agricultura y los tóxicos industriales son realidades cotidianas que marcan diferencias de clase, la experiencia de Albert era invaluable.

Una carrera dedicada a entender lo que mata en silencio

A lo largo de décadas, Albert no solo investigó; formó generaciones de científicos que continuaron su legado. Como docente, su influencia trascendió las aulas universitarias. Sus estudiantes ahora trabajan en laboratorios, en dependencias de salud, en organismos ambientales. Cada uno de ellos representa una extensión de su compromiso con la comprensión rigurosa del envenenamiento cotidiano al que estamos expuestos.

La toxicología que Albert practicaba y enseñaba no era una ciencia ajena a la realidad social. En México, donde comunidades enteras viven cerca de plantas químicas, donde el agua contaminada es una tragedia normalizada, donde los trabajadores agrícolas manipulan pesticidas sin protección adecuada, la investigación toxicológica es un asunto de justicia ambiental y de derechos humanos.

Un legado que trasciende fronteras

Su reconocimiento en América Latina no era casual. En una región donde los estudios sobre contaminación y sus efectos en poblaciones vulnerables son frecuentemente ignorados o minimizados por intereses económicos, Albert representaba la voz de la evidencia científica, de la obstinación por la verdad documentada.

Los especialistas que formó hablan de su generosidad intelectual, de cómo ponía a disposición sus conocimientos para resolver problemas reales. No era la científica distante, encerrada en un laboratorio. Era una académica comprometida con que su saber sirviera para proteger a la gente, especialmente a aquellos sin acceso a información sobre los riesgos químicos que enfrentan diariamente.

Una ausencia que duele en tiempos de crisis ambiental

Su partida ocurre en un momento en el que México enfrenta desafíos ambientales crecientes. La crisis climática, la contaminación del aire en las grandes ciudades, los incidentes de derrames químicos, la presencia de microplásticos en organismos humanos. Todos estos problemas requieren la perspectiva que Albert ofrecía: científica, rigurosa, pero también profundamente humanista.

Los colegas que la conocieron destacan que su trabajo siempre estuvo motivado por una pregunta fundamental: ¿cómo podemos usar la ciencia para que menos gente enferme? Esa pregunta, aparentemente simple, es revolucionaria en contextos donde la ganancia económica frecuentemente se antepone a la salud colectiva.

Recordarla es seguir el camino

Aunque Lilia América Albert ya no esté, su herencia permanece en cada investigación que continúa, en cada estudiante que cuestiona la seguridad de un químico, en cada comunidad que ahora tiene información sobre los tóxicos que la rodean. Su manera de entender la ciencia como servicio, como responsabilidad social, sigue inspirando.

En tiempos donde la desinformación amenaza incluso la salud pública, donde intereses corporativos financian estudios cuestionables, la presencia de científicas como Albert —comprometidas con la verdad sin negociar— se vuelve aún más preciada. Su ausencia nos recuerda cuán necesitamos de voces autorizadas, independientes y humanistas que sigan alertándonos sobre lo que no vemos pero nos afecta profundamente.

Información basada en reportes de: Jornada.com.mx

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