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La brecha salarial: un problema económico que la invisibilidad no resuelve

Mientras las mujeres ganan sistemáticamente menos que los hombres en trabajos equivalentes, algunos insisten en negarla. Aquí está por qué persiste y qué la perpetúa.
La brecha salarial: un problema económico que la invisibilidad no resuelve

La brecha salarial: un problema económico que la invisibilidad no resuelve

Hace poco vi un comentario en redes que decía: «la brecha salarial no existe, es solo que los hombres trabajan más». El argumento es antiguo, reiterativo y, lamentablemente, peligroso precisamente porque circula como verdad establecida. Pero los números dicen otra cosa. Y aquí no hablamos de impresiones, sino de datos que persisten en prácticamente todas las economías desarrolladas y en desarrollo, incluida la nuestra.

Comencemos por lo básico: cuando hablamos de brecha salarial, no nos referimos a que todas las mujeres ganen menos que todos los hombres de manera uniforme. Eso sería demasiado simple y, paradójicamente, más fácil de negar. La realidad es más sofisticada y, por eso mismo, más resistente al cambio. Estamos hablando de esa diferencia sistemática en los ingresos que persiste cuando comparamos a hombres y mujeres realizando funciones idénticas, con similar experiencia, en el mismo sector, en la misma empresa.

En América Latina, los datos del CEPAL y la OIT son consistentes: las mujeres ganan entre 15% y 25% menos que los hombres en posiciones equivalentes. En algunos países como Chile y Colombia, esa cifra trepa. No es marginal. No es anecdótico. Es un patrón que se repite generación tras generación, sector tras sector, incluso en profesiones donde las mujeres representan la mayoría de profesionales.

¿Por qué persiste si sabemos que existe?

Aquí viene la pregunta incómoda que muchos evitan: si este fenómeno es tan visible en los estudios, ¿por qué los empresarios no simplemente lo eliminan? No por altruismo, sino por eficiencia económica. Si pudieras pagar menos a alguien por hacer lo mismo, teóricamente deberías hacerlo. Pero entonces, ¿por qué no contratamos solo mujeres y nos ahorramos millones?

La respuesta revela estructuras profundas. Primero, está la segregación ocupacional: las mujeres tienden a concentrarse en sectores históricamente devaluados —cuidados, educación, servicios— donde los salarios base son más bajos para todo el mundo. Segundo, está lo que economistas llaman «penalidad por maternidad»: aún hoy, una mujer que toma licencia de maternidad enfrenta interrupciones en su carrera que sus colegas hombres raramente sufren, aunque ambos sean padres. Esas interrupciones se traducen en menos antigüedad, menos ascensos, menos ingresos acumulados.

Tercero, y quizás más revelador, está el sesgo en las negociaciones salariales. Estudios internacionales muestran que las mujeres solicitan aumentos con menos frecuencia y, cuando lo hacen, piden menos. ¿Es porque no lo merecen? No. Es porque vivimos en culturas donde la asertividad en mujeres se castiga socialmente de formas más severas que en hombres. Una mujer que negocia agresivamente es «difícil»; un hombre que hace lo mismo es «emprendedor».

El costo invisible de la invisibilidad

Lo pernicioso de la brecha salarial no es solo lo que cuesta a nivel individual —y cuesta: una mujer que gana 20% menos durante 40 años acumula un déficit de cientos de miles de dólares—, sino lo que perpetúa. Menores ingresos significan menos poder de negociación en el hogar, menor independencia económica, menos capacidad de ahorro y, finalmente, pensiones más bajas en la vejez. En América Latina, donde muchas mujeres aún dependen financieramente de sus parejas, esto refuerza dinámicas de poder preexistentes.

Algunos argumentan que esto se resolverá «naturalmente» con el tiempo, que las generaciones jóvenes son más igualitarias. Pero la historia económica no funciona por magia generacional. En países donde hace 50 años existían brechas salariales similares, algunas cerraron gracias a políticas específicas: transparencia salarial, auditorías de género, responsabilidad legal. Otros lugares, con legislación más laxa, mantienen brechas que apenas se han movido.

¿Qué hacer entonces?

La brecha salarial no desaparece sola porque no es accidental: es el resultado de decisiones de cómo valoramos diferentes tipos de trabajo, cómo distribuimos responsabilidades familiares y cómo toleramos que estructuras históricas persistan en nuestras organizaciones. Requiere intervención deliberada: desde la transparencia en salarios hasta políticas de flexibilidad laboral para ambos géneros, pasando por auditorías independientes en empresas grandes y campañas culturales que normalicen la negociación salarial para mujeres.

Lo interesante es que cerrando esta brecha no gana solo la equidad abstracta. Ganan las economías: más mujeres con poder adquisitivo fortalecen el mercado interno. Ganan las familias: menos estrés financiero, más independencia. Ganan hasta las empresas que lo implementan bien: retienen talento, mejoran su reputación, acceden a la mitad del capital humano disponible sin el sesgo que las hace mirar solo a la otra mitad.

La brecha salarial es un problema económico real, no una invención de activistas. Y los problemas reales requieren soluciones reales. La pregunta no es si existe. Ya sabemos que existe. La pregunta es cuándo dejamos de pretender que ignorarla es una estrategia viable.

Información basada en reportes de: Culturacolectiva.com

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