El cinismo del poder: reflexiones tras la sentencia del ‘Mayo’ Zambada
Ismael «El Mayo» Zambada fue finalmente sentenciado por la justicia estadounidense a cadena perpetua y al pago de 15 mil millones de dólares por cuatro décadas de operaciones criminales que contaminaron ambos lados de la frontera. La condena, aunque ejemplar en el sistema judicial norteamericano, plantea una pregunta incómoda: ¿por qué en México no existe la misma justicia?
La brecha entre la justicia extranjera y la nacional
Lo más difícil de digerir es constatar que la justicia funciona en otro país, pero no en el nuestro. Muchos argumentarían que la sentencia debería haber sido muerte, considerando el daño generacional que Zambada causó al desarrollar toda una industria delictiva que eventualmente capturó estructuras enteras del Estado. El problema no es solo la sentencia, sino reconocer que el daño fue igual en ambos lados de la frontera: allá afectó a los consumidores; acá, a todo un sistema de gobierno.
La complicidad abierta del narcogobierno
Lo más preocupante es la ambición desenfrenada y la complicidad clara que permea el Estado mexicano. Esta corrupción será extraordinariamente difícil de erradicar porque está tejida en el ADN de las instituciones. Aunque no lleve el mote oficial, existe un narcogobierno en México que seguirá operando desde el poder porque posee todos los recursos: control de la justicia, dinero suficiente para financiar elecciones y capacidad operativa para ejecutar cualquier plan.
Morena, el partido en el poder, tiene recursos económicos garantizados para sostenerse en próximas elecciones intermedias. Conforme avanzan los días, la sociedad se percata de promesas incumplidas, pero el cinismo y la desvergüenza de sus acciones persisten sin consecuencias visibles.
El mensaje de paz de El Mayo: ¿sinceridad o teatro?
En su carta de despedida, Zambada sorprendió con un llamado a la paz, afirmando que la violencia debe terminar donde nació: en México. Este gesto resulta irónico viniendo de quien enriqueció imperios criminales con sangre ajena. La paz que pregona es la de quien ya tiene resuelta su vida financiera, lejos de la sangre que derramó.
Este mismo tipo de cinismo lo hemos visto en otros líderes mundiales. Donald Trump, por ejemplo, lanzó mensajes de paz durante el medio tiempo del Super Bowl mientras bombardeaba instalaciones iraníes y levantaba barreras migratorias. Su moral de paz es rechazada por millones que entienden el teatro detrás de tales actos, similar al del Michael Corleone en El Padrino: sonríe mientras ordena muertes en la sombra.
Dictaduras disfrazadas de progreso
El cinismo no es exclusivo de México. En Nicaragua, Daniel Ortega anunció el fin de las elecciones para evitar que «derechistas» tomen el poder, instalando una dictadura abierta. Aunque algunos argumenten que el control social autoritario podría impulsar desarrollo interno, la historia demuestra que ninguna dictadura prospera realmente.
El PRI implementó una ideología autoritaria que construyó instituciones con promesas incumplidas; la sociedad se cansó y votó por Morena, que ahora replica el mismo modelo: control mediante desaparición de instituciones y brazo del terror ejercido por la delincuencia. Sin embargo, incluso teniendo todas las «canicas» de su lado, este gobierno no ha demostrado diferencia alguna en corto tiempo.
La maniobra de distracción política
Mientras tanto, el gobierno destaca acusaciones contra opositores como Ruffo Apel, acusándolo de huachicol, buscando desviar reflectores de sus propios escándalos: la gobernadora de Baja California que continúa generando controversia, la corrupción que flota en todos lados y los abusos de poder de sus figuras principales. Pero la mancha ya no se quita y, con el cinismo que los caracteriza, tampoco lo demás.
Reflexión final
Como señaló el periodista Diego Enrique Osorno: «El crimen organizado en México es que se origina, sostiene y nutre desde las estructuras del Estado, en particular de aquellas que teóricamente existen para combatir, precisamente, a la delincuencia». Esta verdad incómoda explica por qué la sentencia de Zambada en EE.UU. resulta tan lejana para México, donde el sistema sigue funcionando al servicio del crimen organizado.