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El Hospital de Guadalupe: 48 años de lucha para sanar a Tlalmanalco

Los frailes Bethlemitas tardaron casi cinco décadas en construir el primer hospital de la región. Su inauguración en 1770 fue resultado de donaciones, conflictos y fe.
El Hospital de Guadalupe: 48 años de lucha para sanar a Tlalmanalco

Un legado de caridad en el siglo XVIII

En el corazón del valle de México, entre Amecameca y Chalco, existía un vacío sanitario que nadie había podido llenar. Tlalmanalco carecía de un hospital donde indios y españoles pudieran recibir atención médica. Fue entonces cuando el presbítero Miguel Moral Sánchez, vecino de la comunidad, decidió transformar esa realidad con un acto de generosidad extraordinaria.

«Llevado por un gran celo, amor y caridad para los pobres», Moral Sánchez legó el tercio de su fortuna —20 mil pesos— para que se construyera un «hospital de curación y beneficio de todo el vecindario». Alrededor de 1722 comenzaron los primeros trámites, pero la historia real apenas estaba por empezar.

La orden Bethlemita llega a Tlalmanalco

En 1727, el Virrey Márquez de Casafuerte autorizó a los frailes de la Orden de Belém a tomar posesión del legado y comenzar la obra. Tres religiosos bethlemitas llegaron a la región con la misión de levantar no solo un hospital, sino un complejo que incluyera iglesia, convento y escuela.

Las autoridades indígenas locales, en coordinación con el virreinato, cedieron generosamente la mitad de la plaza pública. El terreno, construido a mano por los antiguos pobladores, contenía abundante piedra que facilitaría la construcción. Doña María de Acevedo, abuela del fundador, donó 3 mil pesos adicionales, mientras otros vecinos contribuyeron con lienzos de pintura y limosnas.

Los obstáculos que frenaron el sueño

Pero los recursos, aunque significativos, resultaron insuficientes. Los frailes levantaron una pequeña escuela de juventud que nunca funcionó por falta de maestros, construyeron vivienda para la comunidad religiosa, pero el hospital avanzaba lentamente. Los 20 mil pesos del fundador generaban apenas mil pesos anuales, cantidad magra para un proyecto de tal envergadura. Las limosnas de los pueblos cercanos eran mínimas y esporádicas.

Frustrados, los bethlemitas tomaron una decisión audaz: después de doce años, decidieron regresar a México, llevándose los cuadros donados y dejando administradores locales a cargo de las construcciones. Pero antes, realizaron un cálculo brillante. El capital legado se pondría a rédito hasta alcanzar los 60 mil pesos, que generarían los 3 mil pesos anuales necesarios para operar el hospital.

La rebelión del pueblo

Este cambio de planes generó descontento entre los originarios de Tlalmanalco. El cacique Lázaro de Galicia encabezó manifestaciones públicas contra lo que veían como abandono del proyecto. El conflicto escaló hasta la Real Audiencia, donde los frailes tuvieron que comparecer para justificar sus acciones.

Probaron que los 20 mil pesos no se habían perdido, sino que habían crecido a 25 mil pesos. La Real Audiencia, buscando calmar los ánimos, envió intérpretes para dialogar directamente con los pobladores de Tlalmanalco. Gradualmente, la tensión disminuyó y el proyecto continuó, aunque lentamente.

La inauguración después de 48 años

Largos años de construcción transcurrieron marcados por la pobreza material y la persistencia del espíritu comunitario. No fue un proceso rápido ni fácil. Pero el 1 de octubre de 1770, casi cinco décadas después de que el presbítero Moral Sánchez plantara la semilla de su legado, las puertas del Hospital de Nuestra Señora de Guadalupe se abrieron finalmente.

Lo que comenzó como un sueño de caridad en 1722 se convirtió en realidad en 1770. El hospital que serviría a indios y españoles, ricos y pobres, enfermos y desvalidos, era ya una parte permanente del paisaje sanitario del valle de México. Su construcción había costado más que dinero: había costado paciencia, fe y la voluntad colectiva de un pueblo que insistió en que su sueño de atención médica merecía ser realizado.

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