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Cuando la política pierde el piso: el síntoma Noroña

Las pugnas por cargos legislativos revelan una crisis más profunda en la calidad del debate público y la capacidad institucional de México.
Cuando la política pierde el piso: el síntoma Noroña

Cuando la política pierde el piso: el síntoma Noroña

No se trata únicamente de un desacuerdo entre legisladores sobre quién debe ocupar una posición directiva. Lo que sucede en el Senado mexicano es el reflejo visible de una enfermedad política mucho más grave: la reducción de la competencia democrática a una lucha por espacios de poder sin contenido ideológico o programático que la justifique.

Cuando los coordinadores de bancadas dedican energía a cuestionar la idoneidad de un colega para presidir la Mesa Directiva, estamos presenciando el síntoma de que las instituciones legislativas han dejado de ser espacios para deliberar sobre asuntos que importan a la ciudadanía. En su lugar, se han convertido en tableros de ajedrez donde lo que importa es la posición, no la propuesta.

La repetición como fracaso

Que una misma figura vuelva a disputar una presidencia legislativa después de anteriores controversias sugiere algo inquietante sobre nuestro sistema político: la ausencia de renovación real. Latinoamérica conoce bien este fenómeno. Hemos visto cómo en distintos países, la falta de instituciones sólidas genera ciclos donde los mismos actores resurgen, los mismos conflictos se repiten, y la sociedad permanece atrapada en disputas que no avanzan.

Colombia, Perú, Argentina y otros países vecinos han experimentado degradación similar cuando sus poderes legislativos se convirtieron más en escenarios de luchas por supervivencia política que en genuinos espacios de representación. El patrón es predecible: primero, los conflictos personales eclipsan los proyectos legislativos; luego, la población pierde confianza en las instituciones; finalmente, se abre espacio para formas de autoritarismo disfrazadas de orden.

¿Qué debería importar realmente?

Un parlamento funcional no debate obsesivamente sobre quién preside sus órganos internos. Esa es energía que debería invertirse en discutir reformas estructurales, políticas públicas, presupuestos para ciencia y educación, infraestructura, o la creciente violencia que atraviesa al país. El hecho de que las reservas hacia un legislador se expresen como impedimento para asumir una dirección, en lugar de materializarse en debates substantivos sobre su trayectoria política, revela que el Senado está operando con criterios de corto plazo y supervivencia inmediata.

La pregunta que deberíamos formular no es si tal o cual persona merece un cargo administrativo en la cámara. La pregunta debería ser: ¿por qué estas disputas ocupan el centro del debate público? ¿Por qué no escuchamos sobre los proyectos legislativos que ambas bancadas pretenden impulsar? ¿Cuál es la visión de país que estos conflictos oscurecen?

El debilitamiento institucional como elección

Esto no es inevitabilidad. Es resultado de decisiones. Cuando los líderes políticos eligen invertir capital político en guerras por cargos en lugar de construir consensos sobre problemas comunes, están eligiendo el debilitamiento institucional. Y ese debilitamiento siempre tiene costo para quienes menos pueden pagar: la ciudadanía que requiere servicios públicos efectivos, seguridad, justicia, oportunidades.

En contextos donde las instituciones funcionan —Alemania, Canadá, Uruguay—, no es porque los políticos sean mejores personas. Es porque existen reglas claras, renovación de liderazgos, límites a la permanencia en cargos, y una cultura donde la disputa programática importa más que la disputa por territorios de poder. Esos mecanismos impiden precisamente los ciclos de degradación que observamos aquí.

La responsabilidad de la renovación

Ambas bancadas tienen responsabilidad aquí. No es un problema de izquierda o derecha, sino de una clase política que ha olvidado que los legisladores son empleados públicos con una sola obligación: servir al interés colectivo. Si los conflictos internos del Senado ocupan titulares, es porque existe un déficit profundo de liderazgo capaz de pensar en términos de proyecto nacional en lugar de proyecto personal.

México necesita urgentemente políticos que demuestren que la democracia legislativa puede ser productiva, deliberativa y enfocada en resultados. Mientras eso no ocurra, cada conflicto como este ratifica la sospecha ciudadana de que la política no sirve para resolver problemas, sino únicamente para reproducir el poder de quienes ya lo tienen.

Ese es el verdadero síntoma preocupante, mucho más allá de quién presida la Mesa Directiva.

Información basada en reportes de: El Financiero

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