Estados Unidos presiona mientras la delincuencia se enquista en el poder
Estados Unidos no aflojará su presión contra México. No se trata solo de la lucha contra las drogas —un círculo vicioso que ha convenido a los vecinos del norte— sino de intereses económicos más profundos. La sociedad estadounidense, especialmente sus jóvenes, enfrenta una crisis de adicción sin precedentes, pero Washington tiene otro negocio igual de lucrativo: las armas que fluyen hacia México y financian a los grupos delincuenciales.
El fentanilo, una de las drogas más baratas pero devastadoras, se ha convertido en el símbolo de esta epidemia. Mientras tanto, las armas estadounidenses —desde pistolas hasta cohetes— alimentan una guerra sin fin. Estos dos negocios han impulsado un crecimiento exponencial de la delincuencia organizada y su capacidad operativa.
La corrupción que convirtió a criminales en actores del Estado
Hace décadas, Joaquín «El Chapo» Guzmán y otros capos ofrecieron a las autoridades mexicanas un trato tentador: dejarlos operar a cambio de resolver la deuda externa. Aunque suene grotesco, ilustra la magnitud del dinero que mueve el narcotráfico. Los gobiernos sucesivos no resistieron la tentación.
Durante años, la delincuencia funcionó como brazo operador del Estado: bajo control, generando ganancias que goteaban hacia funcionarios públicos. Pero algo cambió. La ambición política se desbordó. Los criminales se especializaron, se capacitaron y dejaron de conformarse con ser operadores. Ahora son parte del sistema de poder mismo. Es una fusión grave: el narcoestado ya no es una metáfora, es una realidad institucional.
El legado de la «Deformación de Cuarta»
Morena fue el pináculo de este sistema corrupto. Al llegar al poder, la administración anterior no solo asumió la estructura de colusión, sino que la expandió. Aunque la presidenta Claudia Sheinbaum ha intentado corregir el rumbo —alejándose de los «proyectos faraónicos»— los errores del pasado pesan como una losa.
La refinería Dos Bocas, el Tren Maya, el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles: todos heredaron sobrecostos y gastos extraordinarios que fueron intencionalmente ocultados. Los datos del gobierno anterior fueron encerrados bajo candado durante cinco años. Lo mismo ocurre ahora con los registros del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, lo que demuestra que la opacidad persiste.
Un negocio criminal que muta y crece
La mutación de la delincuencia organizada ha generado nuevas economías ilegales. El huachicoleo ya es el segundo negocio más lucrativo después del narcotráfico. A esto se suman: tráfico de personas, prostitución, casas de apuestas, prestamistas informales y negocios nocturnos. Todos operan bajo la complicidad gubernamental, con autoridades que apuestan al «equilibrio»: que no avancen los problemas, pero tampoco que haya cambios reales.
Estados Unidos comenzó a molestarse cuando sus ventas de drogas bajaron y se dio cuenta de que los dineros de la corrupción mexicana no llegaban a sus arcas. Washington juega su propia doble moral: predica contra la droga mientras vende armas, y lucha contra la corrupción mientras la tolera en casa.
¿Transparencia o simulación política?
La transparencia y la rendición de cuentas son casi imposibles en este contexto. Los promotores de la reforma son minoría; la mayoría morenista solo atiende lo que les beneficia políticamente. Para las elecciones intermedias del próximo año, partidos como el PVEM —que se fortaleció durante esta «Deformación de Cuarta»— exigirán cinco gubernaturas de las 17 en juego.
Mientras tanto, las pruebas que Estados Unidos ha solicitado existen. Si se destapan, podrían golpear duramente el sistema implantado por el mentor de Sheinbaum. Algunos actores políticos jugarán «a río revuelto» para obtener ganancias de pescadores en aguas turbias.
El equilibrio precario que persiste
La gestión actual apuesta a la sostenibilidad, a corregir sin revolucionar. Es un intento valiente, pero insuficiente. Los errores del pasado siguen pesando, y la ambición en sectores del gabinete sigue siendo cuestionada desde Washington. La presión externa crece mientras la interna se mantiene en un frágil equilibrio.
El futuro dependerá de si México puede realmente desmantelar la fusión narco-estatal o si simplemente la reorganizará. Por ahora, la respuesta gubernamental sigue siendo insuficiente frente a una crisis que ha penetrado profundamente las instituciones.
Para la reflexión: «En política, como en religión, hay devotos que manifiestan su veneración por un santo desaparecido convirtiendo su tumba en un santuario del crimen». —Thomas Macaulay