El espejo que nos miente
Durante años hemos escuchado la afirmación con tanta frecuencia que casi se ha convertido en verdad por repetición: México es una potencia cultural mundial. La frase suena bien, resuena en discursos oficiales, aparece en documentos de política exterior y se repite en columnas de opinión. Pero hay un problema fundamental que pocas veces enfrentamos directamente: cuando decimos esto, ¿realmente sabemos de qué estamos hablando?
La confusión comienza en las palabras. Cultura es un término tan amplio, tan poroso, tan susceptible de interpretaciones que casi cualquier cosa cabe dentro de él. Y ahí está el riesgo: en esa ambigüedad se esconden verdades incómodas que preferimos no mirar de frente.
El equívoco de las bellas artes
Es fácil apuntar a Frida Kahlo, a Diego Rivera, a los muralistas mexicanos, a nuestros cineastas contemporáneos y decir: «miren, eso es prueba de nuestra potencia». Y sí, México ha producido artistas de talla mundial, creadores cuyas obras resisten el tiempo y trascienden fronteras. Eso es innegable y valioso.
Pero aquí viene la pregunta incómoda: ¿es eso cultura o es arte? ¿Son lo mismo? Y más importante aún: ¿podemos permitirnos el lujo de confundirlos?
La cultura es lo que comemos, cómo nos relacionamos, qué valores transmitimos a nuestros hijos, cómo tratamos a nuestros ancianos, qué respetamos y qué despreciamos. El arte es una expresión refinada de esa cultura, pero no es su totalidad. Es posible tener grandes artistas en una sociedad con problemas culturales profundos. De hecho, la historia lo demuestra repetidamente.
Lo que el discurso oficial prefiere ignorar
Cuando celebramos la presencia de México en bienales internacionales, en galerías de Nueva York o en festivales europeos, estamos eligiendo qué ver y qué no ver. Estamos mirando hacia arriba, hacia esos espacios legitimados por Occidente, mientras miramos hacia otro lado respecto a preguntas más incómodas:
¿Cómo es posible ser potencia cultural si tenemos crisis de lectura? ¿Si los presupuestos para educación artística en escuelas públicas son cada vez más raquíticos? ¿Si el acceso a la cultura institucionalizada sigue siendo un privilegio de clase? ¿Si la violencia permea nuestras comunidades impidiendo que la creatividad florezca?
Estos cuestionamientos no son negativismo barato. Son preguntas que merecen respuestas honestas.
El contexto latinoamericano
No somos los únicos en esta trampa. Varios países de América Latina construyen narrativas sobre su potencia cultural como forma de compensar debilidades en otros ámbitos: económico, institucional, político. Colombia, Brasil, Argentina, Perú: todos tienen historias similares de artistas brillantes en contextos donde amplios sectores de la población no accede a servicios básicos ni a educación de calidad.
Esto no es culpa de los artistas. Es responsabilidad de quienes diseñan las políticas públicas y de quienes repetimos mantras sin examinarlos.
Hacia una verdad más útil
México tiene legítimas razones de orgullo cultural. Nuestra tradición prehispánica es vasta, nuestra tradición colonial es compleja, nuestro arte moderno es significativo. Eso está bien documentado y es real.
Pero afirmar que somos «potencia» implica una responsabilidad que hemos esquivado: la de preguntarnos qué significa realmente ejercer ese poder, a quién llega, a quién no, y por qué algunos mexicanos están completamente excluidos de esa supuesta potencia.
La verdadera potencia cultural no se mide solo por lo que exportamos o lo que otros países validan. Se mide por cómo la cultura permea a toda una sociedad, por cómo las comunidades más vulnerables pueden crear y expresarse, por cómo nuestros valores se traducen en convivencia real.
Quizás es momento de dejar de proclamar y empezar a construir. De dejar de celebrar lo que ya existe y preguntarnos qué tipo de cultura queremos para todos los mexicanos, no solo para quienes tienen acceso a las galerías internacionales.
Esa conversación es más incómoda. Pero también es más verdadera.
Información basada en reportes de: Jornada.com.mx