¿Potencia cultural o espejismo retórico? Lo que México confunde sobre sí mismo
Durante años hemos escuchado una afirmación que se ha convertido casi en mantra oficial: México es una potencia cultural. Se repite en conferencias de prensa, en discursos públicos, en paneles internacionales. La frase tiene el tono de una verdad indiscutible, como si fuera un hecho establecido que no requiere pruebas. Pero cuando alguien finalmente se atreve a cuestionarla, emerge una confusión reveladora sobre qué entendemos realmente por cultura.
El problema no está en la aspiración. México tiene razones legítimas para hablar de su patrimonio: murales de Orozco y Rivera, literatura de Rulfo y Fuentes, cine de Guillermo del Toro, música de todas las latitudes imaginables. Tenemos tradiciones prehispánicas que el mundo reconoce, gastronomía que trasciende fronteras, festividades que son patrimonio inmaterial de la humanidad. Los números están ahí: somos destino turístico, generamos contenido audiovisual, nuestros creadores ganamos premios internacionales.
Sin embargo, existe una trampa semántica peligrosa en esta narrativa: confundir las bellas artes con cultura integral. Cuando un gobierno o un sector reducen la potencia cultural a la cantidad de museos, exposiciones o películas premiadas, están dejando fuera algo fundamental. La cultura no es solo lo que se exhibe en galerías. Es también cómo vivimos, cómo resolvemos conflictos, cómo nos relacionamos con el conocimiento, cómo educamos a nuestros hijos, cómo tratamos a nuestros migrantes, cómo protegemos a nuestras mujeres.
Aquí está la verdadera complejidad: mientras presumimos de potencia cultural artística, enfrentamos crisis profundas en educación. Nuestro sistema escolar se debate entre la memorización y la falta de recursos. Las humanidades se erosionan en las universidades. La lectura de libros cae año tras año. La brecha digital y educativa crece entre zonas urbanas y rurales. Eso también es cultura, o mejor dicho, su ausencia.
En América Latina vemos el mismo patrón en otros países. Brasil destaca su samba y su literatura mientras lidia con desigualdades brutales. Argentina se enorgullece de su tradición intelectual mientras enfrenta crisis económicas recurrentes. Colombia celebra su narrativa mientras lucha contra la violencia. La pregunta que deberíamos hacernos es incómoda: ¿puede un país ser verdaderamente una potencia cultural cuando no garantiza los derechos básicos para que la cultura florezca en la mayoría de su población?
No se trata de negar nuestros logros artísticos ni de caer en el pesimismo. Se trata de ser honestos. Una potencia cultural genuina requiere cimientos más amplios: acceso democrático al conocimiento, espacios seguros para la expresión, instituciones que protejan la libertad creativa, sistemas educativos que cultiven el pensamiento crítico. Requiere que la cultura no sea un bien de lujo para las élites urbanas, sino algo vivo en comunidades indígenas, en barrios populares, en escuelas públicas.
Cuando se critican estas afirmaciones grandilocuentes, a veces se interpreta como antipatriotismo. No lo es. Es lo contrario: es exigir que cumplamos realmente con el potencial que decimos tener. Es pedir que la potencia cultural no sea solo un eslogan de marketing para atraer turismo y reconocimiento internacional, sino un proyecto genuino de transformación que llegue a todos.
México tiene ingredientes extraordinarios para serlo. Pero mientras confundamos las vitrinas con la realidad, mientras celebremos lo que se ve en las galerías y ignoremos lo que ocurre en las aulas, seguiremos siendo un país que habla de cultura sin asumirla completamente como responsabilidad colectiva. La verdadera potencia cultural no es lo que producimos para admiración del mundo exterior. Es lo que cultivamos para nosotros mismos, en nuestras comunidades, en nuestras familias, en nuestra forma de estar juntos. Eso aún está por verse.
Información basada en reportes de: Jornada.com.mx