El precio fiscal del fútbol y otras renuncias millonarias
Mientras en los estadios suena el silbato inicial, en las oficinas de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público se cierra una puerta que debería permanecer abierta: la de los ingresos tributarios. México ha decidido renunciar a más de 1.6 billones de pesos en recaudación durante este año, una cifra que representa el 4.37% del producto interno bruto nacional. No es un número cualquiera. Es casi el equivalente al presupuesto anual de educación en varios estados del país.
Detrás de esta decisión hay una historia que va más allá de los números fríos en una hoja de cálculo. Es la historia de cómo un país prioriza, de cómo distribuye sus recursos, de cómo entiende la responsabilidad fiscal en momentos donde la economía global se tambalea y las desigualdades internas siguen siendo abismales.
Los regímenes especiales: cuando el Estado abdica de sus ingresos
El gobierno mexicano no ha renunciado a esta recaudación de golpe ni por capricho. Se trata de diferentes regímenes especiales establecidos en la Ley de Ingresos, mecanismos que funcionan como válvulas de escape tributario para ciertos sectores, actividades o eventos. El Mundial de Fútbol Femenino 2026 es uno de los más visibles, pero está lejos de ser el único.
Estos regímenes especiales operan bajo una lógica conocida en América Latina: la promoción de ciertas actividades económicas a través de incentivos fiscales. La teoría dice que al exentar o reducir impuestos a sectores estratégicos, se genera inversión, empleos y crecimiento. La realidad, como siempre, es más compleja.
¿Inversión o pérdida? La vieja pregunta sobre los incentivos
En países como Brasil, Argentina y Colombia, gobiernos han intentado fórmulas similares con resultados mixtos. Los defensores de estos regímenes argumentan que el costo fiscal se compensa con la actividad económica generada, con los puestos de trabajo directos e indirectos, con la visibilidad internacional que trae un evento como un Mundial. Un atleta más, más turismo, más negocios alrededor del torneo.
Los críticos, en cambio, señalan que estamos ante una transferencia de recursos desde el erario público hacia actores privados, desde familias que pagan sus impuestos hasta corporaciones que logran esquivarlos. En un país donde 45% de la población vive en pobreza, según datos del CONEVAL, cada billón de pesos no recaudado es un billón que no financia escuelas, hospitales o infraestructura en comunidades vulnerables.
El timing político del sacrificio fiscal
La decisión no es ingenua respecto a su momento. Los gobiernos entienden que impulsar un evento deportivo de magnitud internacional genera narrativas positivas, patriotismo, sentido de unidad. México ya fue sede del Mundial en 1970 y 1986; tiene experiencia en cómo usar el fútbol como herramienta de comunicación política. Pero esta vez, con una elección presidencial cercana y una economía bajo presión, la pregunta legítima es: ¿a quién realmente le sirve esta renuncia fiscal?
El contexto latinoamericano
En el continente, otros países enfrentan dilemas similares. Uruguay, Paraguay, Chile; todos han negociado con inversores internacionales, todos han considerado renuncias fiscales. Lo que diferencia a unos de otros es la transparencia en cómo se toman estas decisiones y la claridad sobre qué se espera obtener a cambio.
El 4.37% del PIB que México deja de recaudar este año no desaparece simplemente. Ese dinero proviene de contribuyentes, de trabajadores formales e informales, de pequeños negocios que cumplen con sus obligaciones tributarias. La pregunta central que deberíamos hacer como sociedad no es solo si el Mundial vale esos recursos, sino si el proceso de decisión fue democrático, si fue debatido públicamente, si realmente representa lo que la mayoría de mexicanos desearía.
Más allá del marcador final
El fútbol femenino merece celebrarse, y México puede sentirse orgulloso de ser sede. Pero este orgullo no debería construirse sobre la renunciación de recursos que podrían transformar vidas en otros lugares del país. La verdadera victoria no será el resultado final de un partido, sino cómo un gobierno logra equilibrar la ambición de ser anfitrión de un evento global con la responsabilidad de garantizar que sus ciudadanos tengan acceso a servicios básicos de calidad.
Por ahora, el silbato suena en el campo. En Hacienda, simplemente han bajado el volumen de sus alarmas presupuestarias.
Información basada en reportes de: Jornada.com.mx