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Ifigenia Martínez: cuando la academia se convierte en brújula de transformación

La trayectoria de una economista que desafió los límites de su época y dejó huella en la UNAM y el pensamiento latinoamericano.
Ifigenia Martínez: cuando la academia se convierte en brújula de transformación

La arquitecta invisible del pensamiento económico mexicano

Hay personajes cuya vida trasciende los curriculum vitae y las fechas en un acta de defunción. Ifigenia Martínez representa ese tipo de figura: alguien cuya existencia se convirtió en puente entre generaciones, en pregunta permanente sobre quiénes somos y hacia dónde vamos como sociedad. Su paso por la UNAM no fue meramente administrativo; fue la inscripción de una posibilidad en el imaginario colectivo.

Cuando esta economista se graduó de la entonces Escuela Nacional de Economía en 1946, México aún respiraba el aire de la posguerra. El país transitaba entre la herencia revolucionaria y las presiones de una modernización que apenas comenzaba. Elegir la economía en ese contexto no era elegir una carrera neutral: era tomar postura. Era reconocer que los números, las políticas y las teorías tienen rostro humano, que tras cada cifra de producción o desempleo hay decisiones sobre distribución del poder y justicia social.

Harvard y el diálogo entre mundos

Su paso por Harvard en 1949 marca un punto crucial que muchos historiadores pasan por alto. No se trataba simplemente de una mexicana yendo a estudiar al extranjero, como si fuera un acto de subordinación intelectual. Era lo contrario: era una profesional con formación mexicana, con perspectiva latinoamericana, que se sumergía en el corazón del pensamiento económico occidental para cuestionarlo, comprenderlo y, eventualmente, traducirlo a nuestros contextos específicos.

Esa tensión creativa—entre lo aprendido en la UNAM y lo experimentado en una de las universidades más influyentes del mundo—es lo que permitió a Martínez desarrollar una voz propia. No fue seguidora ciega de teorías importadas, ni tampoco romántica que rechazaba toda influencia externa. Fue, en cambio, lo que necesitaba ser: una mediadora crítica.

El símbolo que no es solo símbolo

Cuando hoy la llamamos «símbolo de la UNAM y las nuevas generaciones», corre el riesgo de que esa palabra, «símbolo», la reduzca a monumento. A algo bonito de mencionar en actos oficiales. Pero Martínez fue mucho más que eso. Fue evidencia viviente de que una mujer podía navegar espacios de poder intelectual en una época donde eso no era lo esperado. Fue demostración de que la excelencia académica mexicana no necesitaba pedir permiso para existir ni disculparse por sus orígenes.

Lo que su trayectoria sugiere, especialmente a las nuevas generaciones, es algo más profundo que inspiración genérica. Sugiere que la transformación social requiere rigor intelectual. Que soñar con otro México no es contraposición a estudiar economía, sino su complemento necesario. Que estar en las mejores universidades del mundo no implica abandonar las preguntas que nos hacen mexicanos, latinoamericanos, con historias particulares.

Una pregunta vigente

Hoy, cuando enfrentamos desigualdad extrema, decisiones económicas que parecen ajenas a la realidad de la mayoría, y una UNAM que continúa siendo faro de pensamiento crítico, la pregunta que Martínez planteó con su vida sigue siendo urgente: ¿para qué estudiamos economía? ¿Para gestionar el sistema tal como es, o para imaginarlo de otras formas?

Su legado no está tanto en los libros que escribió o las posiciones que ocupó, sino en haber demostrado que es posible transitar entre la excelencia académica internacional y el compromiso con las preguntas que importan aquí, en casa. En haber sido económista sin dejar de ser mexicana, en haber sido intelectual sin renunciar a la política, en su sentido más profundo.

Las nuevas generaciones que ingresan a la UNAM heredan una institución transformada, pero con preguntas idénticas. Y si algo dejó Ifigenia Martínez, es la certeza de que esas preguntas merecen respuestas rigurosas, pensadas desde aquí, con perspectiva de allá, y siempre con brújula moral.

Información basada en reportes de: El Financiero

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